miércoles, 29 de abril de 2026

¿Y si el alumnado no quiere que innoves?

 Por Angel Fidalgo

Cuando hacemos una innovación puntual dentro de nuestra asignatura, al alumnado le suele gustar. Y si además es de tipo “lúdico-festiva” (gamificación, actividades fuera del aula, pequeños retos…), realmente les entusiasma.

Sin embargo, cuando la innovación se mantiene durante toda la asignatura, la cosa cambia bastante. El alumnado tiene que cambiar hábitos, rutinas y formas de trabajar. Muchas veces tiene que dejar atrás el individualismo para implicarse en tareas de aprendizaje más activas, compartidas y colaborativas.

Todo ese esfuerzo suele traducirse en un aprendizaje más profundo y, en consecuencia, en una mejor nota.

Pero aparece una pregunta incómoda:

¿Le merece la pena ese esfuerzo para mejorar la nota que obtiene?

Mi experiencia es que, a medida que la innovación perdura durante toda la asignatura, la implicación del alumnado va bajando progresivamente. Y esto se debe principalmente a varios factores:

• Rendimiento. Si antes bastaba con estudiar unos días antes del examen y ahora tienen que hacerlo de forma continua, no siempre les compensa ese esfuerzo extra.

• Adaptación progresiva. Si la adaptación a la innovación solo se produce en una asignatura, pero en el resto mantienen otros hábitos, ritmos y procesos de estudio, no es una adaptación global. El alumnado se ve obligado a convivir con dos modelos de aprendizaje: uno particular para esa asignatura y otro para el resto.

• Desenganche y recuperación. Si un alumno no asiste a clase (o está despistado) durante un periodo de tiempo, le cuesta mucho recuperar lo trabajado mediante innovación. En cambio, en otras asignaturas suele bastar con conseguir los apuntes.

• Percepción de aprendizaje. Aunque el aprendizaje suele ser más profundo, el alumnado muchas veces siente que aprende menos, porque el proceso es más exigente y menos predecible que en metodologías tradicionales.

• Incertidumbre y rol activo. Al alumnado cada vez le cuesta más trabajar con la incertidumbre, el error o la participación en el proceso de aprendizaje. Prefieren saber exactamente qué tienen que hacer, disponer de apuntes estructurados y tener sensación de control. Están más acostumbrados a un rol pasivo.

• Carga de trabajo fuera del aula. Si la innovación exige tareas fuera del horario de clase (por ejemplo, en el aula invertida), les cuesta dedicar ese tiempo extra de forma constante.

• Competencia entre asignaturas. Si en otras asignaturas tienen entregas, exámenes u otras actividades evaluables, priorizan esas tareas frente a procesos de aprendizaje que perciben como recuperables más adelante.

Todo esto me recuerda a algo que escribí hace ya bastante tiempo: la innovación educativa “a los postres”. Esa innovación puntual, atractiva, incluso divertida, que no cambia realmente la forma de aprender, pero que gusta mucho al alumnado. Porque, al igual que los postres son lo más llamativo y lo que mejor entra por los ojos, este tipo de innovación también resulta especialmente atractiva, aunque no sea la que más aporta al aprendizaje

Tomado de Investigación e Innovación educativa

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