lunes, 20 de julio de 2026

Habitar la tecnología: de la aceptación pasiva a la intervención crítica

 Por Paola Dellepiane

Y un día el modem dejó de tener señal. Y el problema no fue eléctrico: #PersonalFlow decidió cortar el servicio de Internet.

La interacción humano-máquina comenzó a través de “PiA”, el asistente virtual de Personal.

¿Solución?

“Para la solución definitiva, es necesario que coordinemos la cita, donde los técnicos te cambiarían el equipo por el servicio actual de Personal Flow en tu zona”


“...para mejorar la calidad de nuestros servicios y darte una solución definitiva, vamos a coordinar una visita técnica para migrar a fibra óptica (FTTH), que es la tecnología actual del servicio en la zona”.


Acordada la visita, el técnico llegó a mi domicilio con la misión de cambiar el modem y establecer la conexión del nuevo cableado. 

Ya en la terraza del edificio, encargado mediante, quedó confirmado: días antes habían pasado "otros técnicos" de #PersonalFlow a realizar una “limpieza de cableado”. Los cables estaban cortados, entre ellos, por supuesto el mío. 

No basta con aceptar pasivamente los relatos que prometen innovación y progreso, es fundamental cuestionarnos, analizar sus efectos y considerar a quién/quiénes beneficia realmente. 

Una afirmación que se escucha frecuentemente es que “las tecnologías no son ni buenas ni malas, depende del uso que le demos”. Y resulta una afirmación débil, pues las tecnologías son mucho más: son maneras de mirar, representar, entender y estar en el mundo. En particular, si nos detenemos en las tecnologías digitales, definen lo que somos y cómo nos relacionamos con los otros. 

En este sentido, las tecnologías resultan extensiones de los valores humanos, que responden a lógicas de eficiencia y progreso, pero que también reproducen y amplifican desigualdades sociales. Es necesario reconocer que las tecnologías que el mercado pone a disposición de la sociedad no nacen de forma espontánea o ingenua. Son producto de decisiones y estrategias que han conducido a un desarrollo -y fundamentalmente a una inversión- en una dirección en lugar de otras muchas posibles. Y aquí, un llamado punto de atención: como argumenta Langdon Winner, la tecnología no es neutral, sino que está inherentemente ligada a valores e intereses particulares. 

Con frecuencia, la tecnología se presenta como si llegara por sorpresa: el ejemplo más actual es la Inteligencia Artificial Generativa. Y una vez que su presencia está consumada, se nos exige buscar la forma de “aprovecharla”, aunque en su diseño nunca haya estado presente este objetivo. Nos encontramos ante una pérdida de nuestra agencia frente a dicha tecnología.

La agencia no consiste simplemente en usar tecnologías, sino en comprenderlas suficientemente como para poder decidir sobre ellas, transformarlas y evitar que “determinen” nuestras prácticas (Martin Parselis).

La conceptualización de lo digital como una doble fuerza motriz, entre lo físico y digital- en palabras de Alessandro Baricco-  define nuestra capacidad de intervención en relación con las tecnologías. 

Vuelvo al ejemplo del modem de fibra óptica de #PersonalFlow: la cuestión no es tecnología sí o tecnologías no, sino qué tecnologías diseñadas y producidas por quién, para qué, cómo y cuándo.

No necesitamos promesas tecnológicas, necesitamos poder intervenir en la construcción de espacios digitales que habitaremos, y no solo usarlos pasivamente.

Una tecnología crítica es aquella que hace visible su propia construcción social, política y técnica, permitiendo que las personas comprendan cómo funciona, cuestionen los valores que incorpora y participen en su transformación. Partiendo que el carácter crítico no reside exclusivamente en el “artefacto”, sino en la relación entre la tecnología con los usuarios, ampliando su capacidad de acción.

Es urgente entonces poner el foco en nuestra agencia, en el desarrollo de una cultura técnica que amplíe nuestra capacidad de agencia y que abra posibilidades de intervención sobre los sistemas tecnológicos. 

Finalmente, ser críticos, no es estar en contra de la tecnología. 

En lo personal, mi mayor preocupación (y ocupación)  es poder contribuir a formar ciudadanos capaces de comprender críticamente la tecnología.

Tomado de Aplicaciones educativas en entornos virtuales

viernes, 17 de julio de 2026

Sesgo de severidad por aversión al puntaje máximo.

 Por Carlos Bravo Reyes y Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

En estos días estamos cerrando las notas de nuestras asignaturas y me vino a la mente una conversación que establecí con estudiantes de la asignatura Evaluación educativa. En una de las clases les pregunté que se colocaran en el papel de profesor y tenían un estudiante que concluyó con 99 puntos.

¿Le otorgan 100 o lo dejan en 99? Casi todos indicaron que 100 era justo, que la diferencia de un punto no hacía ni mejor ni peor al estudiante, pero sí que elevaba su autoestima al obtener la máxima calificación.

Estoy totalmente de acuerdo con ellos. Sucede que nos encontramos con docentes cuyo nivel de severidad es bien alto. Desde la evaluación educativa, el problema es claro: en una evaluación referida a criterios, el estudiante se mide contra esos criterios previamente definidos, no contra una idea abstracta de perfección. No existe un reglamento que obligue al profesor a cambiar su criterio; solo el sentido común es lo más cercano a una evaluación justa.

Valdría la pena que el profesor revise el historial del estudiante y ver sus calificaciones anteriores para acceder a la máxima puntuación, o simplemente recuerde que la perfección no existe y sí el deseo de mejorar cada día.

La discusión entre el 99 o el 100 no es matemática, es ética y axiológica. Expresa una concepción del mérito, de la excelencia y de la justicia evaluativa. Cuando el docente niega el 100 aunque el estudiante cumpla todos los criterios, no está corrigiendo un desempeño, sino imponiendo una creencia personal sobre la imposibilidad de la perfección.

Desde el punto de vista axiológico, tiene que ver con los valores que guían la calificación: justicia, mérito, excelencia, esfuerzo, honestidad, reconocimiento y cumplimiento. Cabe la pregunta: ¿qué valor defiende el profesor al no dar 100? Puede creer que defiende la humildad, la exigencia o la superación constante. Pero también puede estar negando el reconocimiento pleno de un logro.

En el plano ético, la calificación afecta al estudiante. Una nota no es solo un número. Es una decisión con consecuencias académicas, emocionales y formativas. Si el estudiante cumplió todos los criterios y el docente le pone 99 por una regla personal no declarada, hay un problema ético: la calificación deja de responder al desempeño y pasa a responder a la creencia del evaluador.

El 100 puede comunicar: “Alcanzaste plenamente los criterios establecidos”. El 99 puede comunicar otra cosa: “Hiciste todo bien, pero nunca será suficiente”. Esa diferencia tiene impacto formativo. Puede estimular la mejora, pero también producir frustración si el estudiante percibe arbitrariedad.

La diferencia entre 99 y 100 es matemáticamente de un punto; sin embargo, en el plano humano es de muchos puntos.

Tomado de 366 días.

martes, 14 de julio de 2026

Soberanía digital en Europa: ciudadanos y empresas reclaman una mayor autonomía tecnológica

 Tomado de Universo Digital

Fundación Telefónica. Soberanía digital en Europa 2026. Madrid: Fundación Telefónica, 2026. https://www.fundaciontelefonica.com/soberania-digital-europa-2026/

El informe Soberanía digital en Europa 2026, elaborado por Fundación Telefónica en colaboración con Metroscopia, constituye el primer gran barómetro sobre la percepción que tienen ciudadanos y empresas españolas acerca de la autonomía tecnológica europea. El estudio analiza el grado de conocimiento del concepto de soberanía digital, las preocupaciones derivadas de la dependencia tecnológica de terceros países y las prioridades para reforzar la competitividad europea en un contexto marcado por la inteligencia artificial, la economía del dato y la creciente rivalidad geopolítica.

Los resultados muestran un amplio consenso sobre la necesidad de que Europa fortalezca sus capacidades tecnológicas. El 86 % de los ciudadanos y el 87 % de las empresas consideran imprescindible desarrollar tecnologías propias para competir en igualdad de condiciones con Estados Unidos y China. Asimismo, la mayoría percibe que la dependencia de plataformas, infraestructuras y servicios digitales extranjeros supone un riesgo estratégico para la economía, la seguridad y la capacidad de innovación europea.

El informe también pone de manifiesto una creciente preocupación por la protección de los datos personales y corporativos. Aunque el término «soberanía digital» aún es poco conocido entre la población, existe una elevada sensibilidad respecto al control de la información, la privacidad y la necesidad de que los datos críticos permanezcan bajo jurisdicción europea. En este contexto, una parte significativa de la ciudadanía estaría dispuesta a utilizar alternativas europeas si ofrecieran prestaciones equivalentes a las de los grandes proveedores internacionales.

Desde la perspectiva empresarial, la soberanía digital se considera un elemento clave para garantizar la resiliencia económica, impulsar la innovación y reforzar la competitividad. Las organizaciones identifican como prioridades el desarrollo de infraestructuras digitales propias, la inversión en inteligencia artificial, computación en la nube, ciberseguridad y talento tecnológico, junto con una mayor coordinación entre administraciones públicas, empresas y centros de investigación.

El estudio defiende que la soberanía digital debe entenderse no como un aislamiento tecnológico, sino como la capacidad de Europa para decidir sobre sus infraestructuras, datos y tecnologías estratégicas, preservando al mismo tiempo un modelo abierto basado en la innovación, la cooperación y los valores democráticos. Fundación Telefónica propone impulsar un ecosistema europeo que combine inversión, regulación, desarrollo tecnológico y formación para reducir las dependencias estratégicas y fortalecer la autonomía digital del continente.

Tomado de Universo digital

lunes, 13 de julio de 2026

ChatGPT se renueva: del prompt al agente

 Por Ramón Besonías.


Un 30 de noviembre de 2022 llegó a España ChatGPT gratis para todos. En menos de 4 años, hemos pasado de una IA que alucinaba dos de cada tres veces y generaba manos de 6 dedos a otra mucho más pulida y eficaz, aunque la supervisión y control humano siga siendo esencial para obtener resultados adaptados a tus necesidades y que respeten tu privacidad. 



Estos días, OpenAI ha sacado a la luz una interfaz con herramientas y modelos nuevos. Este cambio no es superficial. Supone el paso de la IA conversacional a una agéntica, que diseñe y automatice tareas. ChatGPT se vuelve más oral, más autónoma y con más capacidad. Aquella IA basada en el prompt de múltiples iteraciones secuenciadas en una larga conversación da paso a otra en no es necesario tanta iteración, ya que te guía en el proceso de forma automática hasta dejar lista la tarea. Y no solo esto. La IA ya no solo genera tareas rutinarias. Construye, crea, realiza acciones autónomas a partir de instrucciones previas programadas. Dejas que trabaje y cuando esté listo te avisa. Y todo ello lo puedes hacer en modo voz.

Comparto un mini tutorial de esta nueva interfaz de ChatGPT, que trasciende el límite de lo conversacional para invitarnos a un uso más automatizable. 

Vídeo creado en Google Vids



Esto cambia la forma de usar la IA y a su vez marca una brecha importante de usabilidad. La cuenta gratuita está muy limitada, tiene escaso alcance y profundidad. A mínimo que la pruebes, más pronto que tarde se te queda pequeña. Este reciente paso de OpenAI marca una mayor distancia entre los modelos de pago y el gratuito. La ingeniería social actúa con cuentagotas medidas. No es casualidad que en noviembre de 2025 sacaran Go, su versión low cost, a 10€. De esta forma, las distancias entre modelos facilitan la toma de decisiones del usuario hacia modelos de pago, sin notar una inversión personal relevante de un modelo a otro.

La misma decisión de OpenAI con ChatGPT la está tomando o tomará el resto de empresas, como Google o Anthropic. El usuario personal o profesional, de menudeo no intensivo ni asociado a una empresa, notará cada vez más que el modelo gratuito se le queda pequeño. Como cuando te dan a probar una degustación minúscula antes de decidir si llevarte la docena de pasteles. Muchos usuarios seguirán probando la degustación porque no han incorporado la IA a sus rutinas y la usan de forma residual y esporádica. Un porcentaje de ese perfil de usuario, no sabemos si significativo, se pasará a opciones de pago. El modelo Go de 10€ pasará a ser percibido con el tiempo como su hermano pequeño gratuito. 

Un proceso de aclimatación tecnológica similar tuvo lugar con los móviles. De ser herramientas para adultos específicos viajantes y camioneros pasó a ser un objeto esencial para adultos y jóvenes. Móviles e IA comparten una característica similar: se incorporan a rutinas de comunicación y trabajo, haciéndose gestionables, pero imprescindibles. Quizá con la IA aún no veamos esa inmersión intrusiva porque estamos en una fase embrionaria, pero la linde marca el camino. La inserción en procesos de gestión y producción será la puntilla. Solo falta que sean seguros. 2026 y 2027 serán los años de la seguridad agéntica. Es cuestión de tiempo que nos pase lo que sucedió con los cajeros automáticos. Confiar en el dinero de plástico no fue rápido ni fácil, y hoy las nuevas generaciones pagan con sus relojes y móviles. Cuando esa aclimatación se asiente en las costumbres cotidianas, la IA pasará a ser una herramienta más de uso generalizado. Con sanas resistencias y controles, pero inevitable.

Existen modelos de IA con capacidades muy variadas en función de su potencial uso o contexto. Entre otros muchos perfiles podríamos diferenciar estos más relevantes: 
  • El ciudadano que recurre a la IA para consultas puntuales, dudas prácticas o necesidades muy personales. Su interacción suele limitarse al prompt de menudeo: preguntar, resumir, traducir, buscar ideas o resolver pequeñas tareas. Habitualmente utiliza una cuenta gratuita.
  • La persona que emplea la IA en su trabajo, pero de forma esporádica y vinculada a objetivos concretos: redactar un documento, preparar una presentación, crear una tarea, resumir información o generar materiales. Este perfil suele dar el primer salto desde la cuenta gratuita hacia un plan básico de pago. 
  • El usuario que quiere comprender mejor la herramienta, experimentar con ella y adaptarla a necesidades más complejas. No se limita a pedir resultados: diseña flujos de trabajo, crea asistentes, combina herramientas y busca mayor profundidad. Suele recurrir a planes como ChatGPT Plus, Gemini Pro u otras opciones equivalentes.
  • El autónomo o la pequeña organización que incorpora una cuenta profesional de IA generativa para reducir carga administrativa y centralizar parte de su gestión: documentación, presupuestos, seguimiento de clientes, comunicación, análisis, planificación o burocracia interna.
  • La empresa que contrata a una startup o proveedor especializado para implantar un sistema interno de automatización. Estos servicios conectan agentes de IA con procesos concretos como facturación, atención al cliente, recursos humanos, gestión documental, ventas, informes o soporte interno.
  • Las grandes organizaciones que trabajan con modelos de frontera y los someten a exigencias extremas de rendimiento, seguridad, integración y escala. Aquí la diferencia no está solo en el modelo, sino en la ingeniería fina que permite adaptarlo a sistemas complejos, datos internos y procesos críticos.
  • Equipos públicos y privados que utilizan modelos de frontera para acelerar descubrimientos, explorar hipótesis, analizar grandes volúmenes de datos, diseñar experimentos o resolver problemas científicos y técnicos de alta complejidad. En algunos casos, estos usos contribuyen a avances significativos.
  • Gobiernos, fuerzas armadas y empresas del sector de defensa que aplican la IA a inteligencia, simulación, logística, vigilancia, ciberseguridad, disuasión y planificación estratégica. En estos contextos, la tecnología puede utilizarse tanto para la defensa como para aumentar la capacidad de intervención o agresión en conflictos. 
Comparando unas con otras, la IA gratuita es un tirachinas con agujeros. Lo es incluso para quienes pagamos por un uso individual. Y aún así, a mínimo que la uses la IA generativa con frecuencia y la pongas a prueba, apreciarás mejoras sustanciales que la separan de sus primeras versiones. La primera frontera significativa de uso se aprecia cuando pasas de usarla como chatbot conversacional a diseñar tareas y proyectos adaptados, cada vez más complejos. La segunda, cuando te animas a aprender a usarla como agente que automatice ciertas tareas o rutinas. 

El perfil medio de docente que usa IA está aún dentro de la primera frontera. ChatGPT gratuito y uso rudimentario. A menudo se da el caso que la IA de su centro educativo es de mejor calidad que en su vida privada. ¿Usos? Consultas, tareas sencillas de aula y gestión documental. Este uso limitado provoca una sensación de que la IA puede hacer menos de lo que creemos, que se sigue equivocando y es enemiga del aprendizaje, ya que esperamos que haga lo que queremos por ciencia infusa, sin las directrices previas y detalladas del usuario y con un modelo gratuito limitado. Se nota mucho cuando en las redes sociales un usuario critica a la IA desde el desconocimiento o un uso muy rudimentario y limitado, a diferencia de quien se forma, la usa con cabeza y percibe las posibilidades y limitaciones a partir de la práctica y no de las expectativas o el ruido mediático.

Este último mes, las empresas más importantes de IA generativa están desplegando modelos que empiezan a establecer una fina, pero importante frontera de uso y capacidad entre la conversación y la automatización, el prompt y el agente. Este paso se está dando más en el ámbito empresarial que en el privado y educativo. La aclimatación es más lenta en la vida cotidiana porque las necesidades son primarias y suficientes. 

En el ámbito educativo, el despliegue de agentes de IA avanza con más lentitud porque exige niveles elevados de seguridad, privacidad, trazabilidad y control institucional. Sin embargo, la barrera ya no es principalmente técnica. Hoy es posible implantar en cada centro educativo —o en una infraestructura compartida por varios centros— un entorno privado y seguro, con acceso restringido, datos protegidos, modelos alojados o conectados bajo control institucional y guardarraíles adaptados al contexto educativo. 

Ese tipo de infraestructura podría automatizar una parte importante de la burocracia y de la gestión administrativa: elaboración de informes, organización documental, atención de consultas internas, seguimiento de incidencias, generación de comunicaciones, análisis de datos, apoyo a la planificación o tramitación de procedimientos repetitivos. 

La lentitud de muchas administraciones educativas no se explica solo por limitaciones tecnológicas. También intervienen una comprensión incompleta de las posibilidades reales, el temor a incumplir la normativa, la falta de formación técnica y estratégica de quienes toman decisiones, la ausencia de perfiles intermedios capaces de traducir las necesidades educativas en soluciones tecnológicas y una cultura administrativa orientada más a evitar riesgos que a diseñar entornos seguros de experimentación. 

La incorporación de la IA a la educación no sigue un proceso común. Avanza a tres velocidades distintas, cada una con sus propios ritmos, riesgos y lógicas, y con muy poca conexión entre ellas.
  • La de uso cotidiano de estudiantes y familias. La IA entra en casa y en los dispositivos personales con enorme rapidez, pero a menudo sin pautas claras, sin formación crítica, sin acompañamiento adulto, sin control parental suficiente y sin criterios compartidos sobre privacidad, veracidad o dependencia. Es el espacio más veloz, pero también el más desregulado.
  • La de docentes que intentan incorporar la IA a su práctica profesional. Con frecuencia, este avance depende de iniciativas individuales, formación autodidacta y experimentación personal. Paradoja: muchos profesores ya exploran usos complejos de la IA, pero trabajan en centros donde esta sigue siendo casi inexistente como recurso didáctico, organizativo o institucional. Es una velocidad intermedia, fragmentada y sostenida más por el compromiso personal que por una estrategia de centro.
  • La de las administraciones educativas. Su respuesta suele ser lenta, defensiva y condicionada por el miedo al riesgo, la incertidumbre jurídica y la falta de conocimiento técnico. En lugar de construir entornos seguros de experimentación, muchas instituciones optan por esperar, restringir o aplazar decisiones. El resultado es que la regulación llega después de los usos y la formación llega después de los problemas. Es la velocidad más lenta, aunque debería ser la que organizara y conectara las otras dos.
El problema no es solo que cada ámbito avance a un ritmo diferente, sino que lo haga sin coordinación. La IA privada crece sin orientación. La innovación docente crece sin respaldo. La respuesta institucional llega tarde y, a menudo, en forma de cautela o prohibición. La tormenta perfecta. 

Por otro lado, tampoco existe una reflexión compartida que determine el papel de la IA generativa en el ámbito educativo, y cómo afecta y debe insertarse en los procesos de enseñanza y aprendizaje. Por ahora, las administraciones regulan a partir de papers nacionales, y estos adaptando la normativa europea. Mero papeleo, sin sustrato práctico en la realidad del aula. Mientras tanto, los estudiantes van modelando su propia cultura de uso de la IA ajenos a lo que ven en los centros educativos y el ámbito profesional va poco a poco transformando procesos de trabajo donde la IA tiene un progresivo e importante papel. Por otro lado, en los espacios educativos va ganando terreno una percepción negativa de la IA generativa, con defensa de estrategias defensivas en vez de proactivas. En redes sociales, ganan por goleada quienes vaticinan el apocalipsis frente aquellos que comparten las posibilidades de uso. 

Tiene su sentido: es más fácil y cómodo quejarse desde una atalaya pasiva que probar y descubrir los límites y ventajas, los peligros y posibilidades de uso. Esta percepción negativa cala en las familias, quienes por otro lado se encuentran entre dos frentes contradictorios: por un lado, están invadidas por los vaticinios milenaristas, y por otro, sus hijos y ellos mismos usan la IA a destajo. Hay que volver al libro en papel, la hoja en blanco y el bolígrafo, proclama el pandemónium mediático. Pero después, en casa y en la calle, los adolescentes pasan 8 horas o más delante de una pantalla, sin diversificar las fuentes de su ocio e intereses. 

Estas contradicciones no son patrimonio del ámbito privado. También atraviesan la esfera de lo educativo, donde la percepción negativa de la IA convive con la inevitable necesidad de enfrentarse a un escenario que impele a formarse y actuar. 

La IA agéntica aún tardará en integrarse en los dispositivos móviles y ordenadores. Los estándares de privacidad y seguridad europeos son prudentes y garantistas. Pero cuando lo haga supondrá un salto relevante en los hábitos cotidianos de los estudiantes. Oralidad y automatización de tareas protagonizarán las costumbres más allá del aula, influyendo en la cultura de trabajo y percepción de la educación. Las instituciones educativas, y con ellas el docente, no podemos vivir de espaldas a esto. Hay que dialogar, formarse y reformular la evaluación. 

Tomado de IA educativa

viernes, 10 de julio de 2026

Chat GPT, ¡alégrame el día!

 Por Ramón Besonías



Hace dos años que sugiero un experimento en mis clases de Filosofía de Bachillerato. Les pido a mis estudiantes que mantengan una conversación con Chat GPT a través de un asistente que he diseñado específicamente para ese reto. La IA simula ser un humano, evitando que mis estudiantes —a pesar de saber a priori que se trata de una IA— detecten rasgos de IA. En una ficha de observación, una vez terminada su conversación, deben anotar en qué han notado que la IA es IA y en cuáles simula con eficacia al humano. Además, deben enviarme el link de la conversación. Les sugiero que adopten una actitud relajada, como si hablaran con una persona a la que acaban de conocer. 

Este reto, aunque mis estudiantes no lo sepan, posee intenciones que trascienden lo obvio. No solo busco que aprecien las diferencias entre el lenguaje humano y el de una IA. Deseo que analicen y debatan a posteriori el impacto de su implicación emocional no tanto durante esa conversación —el experimento es más bien un detonante para la reflexión—, sino en el uso cotidiano que hacen de ella. En un claro ejemplo de atribución de agencia, a los estudiantes no les cuesta tratar a la IA como si tuviera intenciones, personalidad, sensibilidad o conciencia. Ya en las primeras iteraciones antropomorfizan la relación, aún sabiéndose parte de un experimento educativo. Un estudiante incluso intentó ligar con la IA, pidiéndole salir. La IA, como no podía ser de otro modo, le recordó que no tiene cuerpo y esa contingencia hacía imposible una interacción física. Algunos estudiantes dedicaron la conversación a hacerle confesiones afectivas. Las chicas tendieron más a la conversación emocional y los chicos a hablar de lo que hacen o a llevar a la IA al límite de sus prestaciones. 

El informe de 2025 Talk, Trust, and Trade-Offs: How and Why Teens Use AI Companions se centra en adolescentes de 13 a 17 años con una muestra fue de 1.060 adolescentes estadounidenses. Según este estudio, el 72% de adolescentes ha usado compañeros de IA; el 52% los usa regularmente. El 33% los usa para interacción social y relaciones: apoyo emocional, rol, amistad o interacciones románticas. El 50% confía al menos “algo” en la información o consejos del companion; el 23% confía “bastante” o “completamente”. Los de 13-14 años confían más que los de 15-17. El 31% encuentra las conversaciones con IA tan satisfactorias o más que las conversaciones con amistades reales. El 24% de quienes los usan ha compartido información personal o privada, como nombre real, ubicación o secretos. Un 33% de usuarios ha elegido hablar con una IA antes que con humanos sobre temas serios.

El estudio Who will turn to chatbots for self-disclosure?, publicado en AI & Society en 2025, es especialmente importante porque analiza directamente la autorrevelación de adolescentes ante chatbots. Trabaja con 2.272 adolescentes de Estados Unidos y Hong Kong, y codifica si sus respuestas incluyen sentimientos, creencias, emociones o conflictos interpersonales. El estudio encuentra que el 15,6% de los participantes mostró autorrevelación hacia el chatbot y el 4,4% lo hizo de forma exclusiva hacia el chatbot, no hacia un adulto cuidador. Además, la “falta de sentido existencial” aparece asociada positivamente con la autorrevelación exclusiva al chatbot, lo cual revela una señal inquietante: no significa que el chatbot cause malestar, pero sí que algunos adolescentes con mayor vacío o desconexión pueden convertirlo en destinatario privilegiado de su mundo emocional. Esto puede funcionar como “válvula de intimidad” cuando hablar con humanos resulta más costoso, vergonzoso o incierto. El chatbot no juzga, no se cansa, no pone cara rara y no cuenta el secreto en el recreo. Por eso engancha. Aporta una conversación ideal, pero ficticia, que sobredimensionada frustra ulteriores relaciones interpersonales, ya que estas están sometidas a numerosas contingencias y vulnerabilidades, esas que un adolescente, en proceso de identidad, afronta aún sin herramientas y a veces sin apoyo social, familiar y educativo.

El experimento I am here for you: How relational conversational AI appeals to adolescents, especially those who are socially and emotionally utiliza 284 díadas adolescente-progenitor, con jóvenes de 11 a 15 años. Comparan dos estilos de chatbot: uno relacional, con lenguaje de compromiso, primera persona y tono afectivo, y otro transparente, que explicita su no humanidad y mantiene un tono informativo. Los adolescentes prefirieron más el estilo relacional y lo valoraron como más humano, agradable, confiable y emocionalmente cercano, aunque ambos estilos se percibían como igualmente útiles. Además, quienes preferían el estilo relacional tendían a presentar peor calidad de relaciones familiares y con iguales, más estrés y ansiedad. Este estudio es clave porque señala un mecanismo de diseño: no es solo que “los adolescentes antropomorficen porque son ingenuos”, sino que determinados rasgos conversacionales fabrican percepción de relación. Que la IA les diga “estoy aquí para ti”, “me importas”, “puedes contar conmigo” genera en el adolescente una trasferencia real. 

Un estudio de 2025-2026 sobre sycophantic AI analizó 11 modelos de IA y realizaron dos experimentos prerregistrados con 1.604 participantes. Encontraron que los modelos afirmaban las acciones del usuario aproximadamente un 50% más que los humanos, incluso en situaciones de manipulación, engaño o daño relacional. Además, tras interactuar con una IA complaciente, los participantes tendían a sentirse más convencidos de tener razón y menos dispuestos a reparar conflictos interpersonales, aunque evaluaban mejor a la IA y querían volver a usarla. La IA alimenta el sesgo de confirmación.

Anthropomorphism in AI Companion Communities, de 2026, analiza datos públicos de comunidades de compañeros de IA y estudia relaciones entre edad, género, expresión emocional y antropomorfización. Encuentra que la antropomorfización no es exclusiva de adolescentes; también aparece en adultos, con correlaciones emocionales relevantes. Por otro lado, habrá que ver el impacto que tendrá este ecosistema relacional con IA dentro de 20 años en los que ahora son jóvenes. Los factores no son solo asociados al impacto de la IA. Depende de el ecosistema social del joven, experiencias, personalidad, capacidad de reflexión, desarrollo de la IA a largo plazo… 

Ahora bien, una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Journal of Medical Internet Research en 2025 concluye que los chatbots pueden tener potencial para abordar problemas de salud mental y promover conductas saludables en adolescentes y jóvenes adultos. Pero distingue entre sistemas de diálogo más cerrados o basados en recuperación, con efectos más consistentes, y sistemas generativos, cuyo efecto global aún resulta menos concluyente. Una IA conversacional abierta, emocional, imprevisible y orientada a engagement puede afectar de forma más negativa que un chatbot clínico, limitado, evaluado y con protocolos de seguridad. Pero aún así la automatización de la atención primaria no deja de ser un sucedáneo. Las consejerías de salud se ahorran dinero, pero no es un servicio que iguale el cara a cara. Lo inquietante es que la tendencia a priori parece ser esa: automatizar la consulta inicial y derivar si es necesario. Pero ¿cómo detectar lo que es necesario?, ¿cómo confiar en que el asistente de salud no está configurado con el criterio principal de evitar la saturación médica, en detrimento de un servicio esencial? Recordemos que España carece de una red de psicólogos públicos decente, provocando una evidente brecha socioeconómica. 

Es previsible que un desarrollo exponencial de del uso emocional de los asistentes de IA afectará de forma desigual según sea el entorno socioeconómico y antecedentes psicoafectivos del joven que los usa. En entornos de cuidado, con refuerzo de destrezas cognitivas y emocionales, el joven tiene más herramientas para capear las distopías tecnológicas. Por eso, la casa y el aula son dos espacios idóneos para poner en práctica esa ética del cuidado

Me interesa más subrayar la reflexión a la que nos lleva este asunto que la supuesta fiabilidad de los estudios académicos, los cuales adolecen a menudo de suficiente consistencia científica y escasa ayuda en la praxis educativa de trinchera. 

  • Las muestras no representan a la variedad de adolescentes y contextos. Los estudios a menudo ocultan sin querer realidades que el joven evitan. 

  • Los adolescentes pueden infradeclarar conductas que les avergüenzan, pueden exagerar usos que consideran interesantes o transgresores, pueden no recordar bien frecuencia e intensidad, pueden interpretar de forma diferente expresiones y pueden responder según lo que creen que el investigador espera. 

  • Muchos estudios capturan un momento, pero eso no demuestra qué ocurre con el tiempo ni la interrelación de la IA con otros factores. Esto deriva en conclusiones maximalistas muy vendibles en redes sociales. IA buena, IA mal. 

  • Los estudios suelen medir efectos a corto plazo. Muchos experimentos se hacen en una sesión, en unos días o en pocas semanas. Eso permite estudiar reacciones inmediatas, pero no cambios profundos. No permite afirmar que esa interacción vaya a transformar la vida afectiva del estudiante. Sirve para observar un fenómeno, no para diagnosticar una consecuencia estable. Una cosa es mostrar que la IA activa mecanismos de relación y otra cosa bien diferente es demostrar que modifica de forma duradera las relaciones humanas. 

  • Un estudio hecho con una versión concreta de un chatbot puede quedar parcialmente obsoleto en meses. Cambian el modelo lingüístico, las políticas de seguridad, la memoria, el tono emocional, las restricciones románticas o sexuales, la personalización, la capacidad de voz, la apariencia del avatar, la integración en móvil, la multimodalidad, la persistencia de la conversación. Esto no invalida los estudios, pero obliga a leerlos como fotografías parciales de un ecosistema en constante cambio.

  • Convendría distinguir entre IA conversacional general (ChatGPT, Claude, Gemini), IA companion (diseñados para compañía, vínculo o relación), IA terapéutica (sistemas con finalidad clínica o de bienestar, más protocolizados), IA educativa relacional (asistentes diseñados para orientar, preguntar, acompañar o simular diálogo). Igualmente, sería útil conocer el contexto de uso, evaluar el proceso de interacción. Esto es especialmente relevante cuando se usa IA en el aula. 

  • En este sentido, la mayoría de los estudios suelen observar a adolescentes de Estados Unidos, Hong Kong u otros contextos no extrapolables a la realidad española. La relación con la intimidad, la familia, el profesorado, la salud mental, el uso de redes, la confesión emocional o el ligue adolescente varía culturalmente. También cambia el tipo de presión social. En algunos contextos puede ser más fácil hablar con una IA porque la conversación humana está muy atravesada por vergüenza, jerarquía familiar o miedo al juicio. En otros, el uso puede ser más lúdico, irónico o exploratorio. Por ejemplo, en mi experimento, el resultado podría depender del grupo, la edad, la consigna, la cultura escolar, la relación contigo, el tipo de asistente o incluso del día y hora en que lo hice. Incluso el clima influye. Imagina Badajoz a 42 grados, sin aire acondicionado. 

  • Suma a esto los sesgos de estos estudios sobre el impacto de la IA. A veces participan personas especialmente interesadas, afectivamente implicadas o con experiencias intensas. Eso sirve para estudiar formas de vínculo, dependencia, autorrevelación o identidad, pero no para estimar cuántos adolescentes viven eso en la población general. Si investigas en una comunidad de fans de companions, vas a encontrar mucho vínculo con companions. A veces estos sesgos son malintencionados, con voluntad de influir de forma artificial en las ideas y conductas de la opinión pública. La IA es especialmente objeto de esta polarización acrítica. 

  • Algunos trabajos recientes pueden ser interesantes, pero todavía no han pasado por revisión por pares o pueden cambiar antes de publicarse. Conviene marcarlos como evidencia preliminar. A esto añade las múltiples distopías que atraviesan los papers científicos: uso indiscriminado de IA como fuente o mera copia, uso de fuentes inventadas o fuentes elaboradas con IA, mercadeo de papers mills sin verificación seria…

Esto nos lleva a que quizá no debiéramos tomarnos tan en serio estos estudios, o examinarlos con cautela, no para confirmar nuestras expectativas o creencias previas. Los docentes, por citar un contexto que conozco, a veces solemos aplicar conclusiones generales sobre el impacto de la IA en las aulas con un fuerte sesgo de confirmación, a menudo ligado a experiencias personales e influencia del entorno. Esto nos lleva a sentenciar sin despeinarnos: cada vez saben menos, son menos inteligentes, ya no leen, la IA va a acabar con el conocimiento, solo copian y pegan, el scroll les funde el cerebro… Esto obedece más a nuestra forma de afrontar la realidad que a la realidad misma.


Mi experimento revela que no hace falta que el adolescente crea tal cual que la IA es humana para vincularse emocionalmente con ella. Esto es aplicable a la convicción de que un perro se alegre de verte. Un perro no es humano, pero le atribuimos rasgos humanos. Esto quizá tenga que ver con que la domesticación facilita la trasferencia emocional. No afirmaríamos con tanta ligereza que una cucaracha o una serpiente se alegran de vernos. El perro nos ofrece un feedback que identificamos como una emoción profunda de alegría o lealtad. ¿Qué hay de verdad en afirmar que los perros poseen este tipo de emociones? Y si carecen de ellas, ¿por qué aún así se las atribuimos?

No podemos evitar antropomorfizar el lenguaje que usamos. Así, decimos que el perro se alegra de vernos. Imagina que en vez de decirlo de un perro lo hiciéramos de otro humano. ¿Realmente se alegra de verte? Quizá su expresión obedezca a una cortesía mecánica, amabilidad fingida o interés. Lo único que hacemos al presuponer su supuesta alegría es leer las emociones ajenas desde criterios previos —experiencia, personalidad, contexto— y nuestra propia condición humana limitada, y alimentada por aquello que esperamos del otro. Del perro espero cálida compañía y lealtad inquebrantable, algo que otros seres humanos no pueden prometer. Hay en el fondo una relación no horizontal entre perro y humano, y si se precia, de poder-obediencia. Al perro díscolo se le educa, reconduce conductas, y si es violento, se le sacrifica. 

Siguiendo la línea de esta reflexión, la pregunta relevante no es si el perro se alegra de verme, sino por qué creo yo que lo hace. ¿A qué obedece esa atribución, sea científicamente demostrable o no? De hecho, poco nos importa que lo sea. El ejemplo de la IA generativa lo confirma. Sabemos que es artificial, que no es humana, pero simula con efectividad su interacción. No me siento estafado ni me avergüenzo. Como tampoco lo hago cuando al ver una película lloro, me río, me siento frágil o feliz al identificarme con un personaje o una escena. Sé que no son personas reales, sino personajes. Al salir de la sala, sé que he experimentado una ficción, pero reconozco el efecto que ha generado en mí. La diferencia entre ver una película y ver una película no es pequeña, aunque pueda servirnos para subrayar el carácter artificial, impostado, de ambas experiencias. Cuando hablamos con una IA, esta nos devuelve un feedback que simula emociones, personaliza la interacción, haciéndola más fluida y útil que si la respuesta fuera mecánica. 

Ya el famoso test de Turing revelaba que atribuimos inteligencia a quien responde con coherencia verbal. Lenguaje articulado e interioridad parecen ir juntos. En la mayoría de los casos de uso, esperamos que la IA no solo ofrezca datos verdaderos, sino que los muestre con credibilidad. Que convenza usando estrategias comunes en cualquier interacción entre humanos. Estamos programados para fiarnos más de lo que vemos que de lo que inferimos racionalmente. 

ELIZA fue creada por Joseph Weizenbaum en los años sesenta en el MIT. Su guion más famoso, DOCTOR, simulaba a una terapeuta rogeriana o no directiva: recogía palabras del usuario, las reformulaba y devolvía preguntas abiertas. ELIZA no comprendía realmente; funcionaba mediante detección de palabras clave y reglas de transformación textual. Weizenbaum eligió el contexto terapéutico precisamente porque le permitía evitar una base de conocimiento sobre el mundo: un terapeuta no directivo puede responder reflejando lo que dice el paciente. Dice el usuario: Estoy triste porque mi madre no me entiende. Contesta ELIZA: ¿Por qué crees que tu madre no te entiende? Eso no exige que la IA te comprenda. Exige que devuelva al usuario su propio lenguaje transformado en pregunta. ELIZA fue uno de los primeros experimentos que demuestran nuestra tendencia a atribuir comprensión o interioridad a un sistema que solo manipula signos. No pocas personas atribuyeron al programa cualidades humanas, incluso sabiendo que era un programa.

En 1972, el psiquiatra Kenneth Colby creó PARRY, un programa que simulaba a una persona con paranoia. Fue sometido a pruebas en las que psiquiatras debían distinguir conversaciones con pacientes reales de conversaciones con el programa. La elección de una personalidad paranoide no era casual. Si el sistema respondía con suspicacia, rigidez, evasivas o interpretaciones extrañas, esos fallos podían parecer parte del personaje. El usuario de IA tiende a buscar coherencia narrativa. Cuando se le ofrece un marco —“este sujeto es paranoide”— interpreta las respuestas desde ahí. La personalidad organiza el error. PARRY anticipa algo que hoy es común: los asistentes no solo responden, tienen un marco de personaje. Pueden ser “coach”, “amigo”, “tutor socrático”, “experto”, “compañero emocional” o “personaje histórico”. Ese marco predispone al usuario a perdonar fallos y a interpretar regularidades como rasgos. La IA no tiene carácter, pero el diseño de personaje hace que sus patrones parezcan carácter y el usuario entre con más facilidad en el juego. Este mecanismo es aplicable a cualquier profesional que trabaje interactuando con otros seres humanos que requieran su confianza o transferencia. Un docente no llegaría a sus estudiantes si se comportara en el aula como un mero expendedor de conocimientos. A la IA le sucede lo mismo. ¿Por qué los videojuegos son tan atrayentes? ¿Tiene que ver algo con su carácter inmersivo y la interacción de ti como un personaje más con el resto de actores? Sin duda.

Pero no solo son eficaces las IA por su imitación emocional, también por su simulación de eficacia. SHRDLU, desarrollado por Terry Winograd entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, representa otra estrategia. El usuario podía conversar con el sistema para mover objetos en un “mundo de bloques”: cubos, pirámides, colores, posiciones, órdenes, preguntas sobre el estado del entorno. Aquí la configuración no era tanto hacer humana la IA, sino hacer pequeño el mundo, reducirlo a un marco comprensible, cómodo. Para el usuario, la conversación era eficaz porque producía consecuencias visibles: “mueve el bloque rojo”, “ponlo encima del cubo azul”, “¿qué hay sobre la mesa?”. El sistema no parecía empático, pero sí parecía competente. También humanizamos cuando vemos intencionalidad práctica. SHRDLU anticipó los asistentes actuales orientados a tareas: no necesitan hablarte como un amigo, basta con que ejecuten acciones en un entorno. Aún así, incluso en este caso la conversación crea sensación de colaboración. La IA ordena, clasifica, simplifica datos que en otro contexto resultarían complejos, imposibles de asimilar. De ahí, que la tentación del adolescente (y no tan adolescente) sea delegar cognitivamente determinadas tareas.

Pero existe otra razón por la que damos credibilidad y confianza a la IA: la autoridad. En los años setenta y ochenta se desarrollaron sistemas expertos como MYCIN, pensado para ayudar en diagnóstico y tratamiento de infecciones bacterianas. No era un companion ni un chatbot emocional, la IA adoptaba el rol de experto consultor. La interfaz ya no era “háblame de tus emociones”, sino “te haré preguntas y produciré una recomendación”. ¿Te suena? Es, junto a las consultas emocionales, uno de los usos más recurrentes de la IA generativa actual. Los sistemas expertos funcionaban con reglas: si aparecen ciertos síntomas, resultados o condiciones, entonces se infiere una hipótesis o recomendación. La configuración como experto permitía estructurar la interacción: el sistema pregunta datos, aplica reglas y devuelve conclusiones. ¿Por qué funciona? Porque confianza en la autoridad. Si un sistema habla en lenguaje especializado, ordenado y seguro, tendemos a atribuirle competencia. El riesgo es distinto al de ELIZA. No se trata de proyectar afecto, sino de proyectar autoridad epistémica. Una IA educativa o científica no necesita parecer cariñosa para ser peligrosa, basta con que parezca segura. El tono experto puede producir obediencia cognitiva. Problema: que la IA sea experta realmente y no un mero chat conversacional sin aporte de contexto ni fuentes fiables. Este es uno de los retos más urgente de la escuela: enseñar a usar la IA con criterio y conocimiento.

Avancemos en los posibles usos. Del compañero al agente. En los noventa surgió la idea de los agentes de interfaz: personajes animados que ayudaban al usuario a manejar programas. El ejemplo más famoso —y más ridiculizado— es Clippy, el asistente de Microsoft Office. Clippy encarnaba la hipótesis razonable de que si el software es complejo, un personaje amable puede guiar al usuario, anticipar necesidades y reducir ansiedad. Microsoft integró asistentes en Office 97, y Clippy se convirtió en icono cultural de lo que ocurre cuando la ayuda parece intrusiva, torpe o paternalista. Nada nuevo bajo el sol. Hoy se teme lo mismo de los agentes. Aunque Clippy desaparecía como aparición automática en Office XP, la tecnología bayesiana que lo sustentaba —modelos de inferencia bajo incertidumbre— seguía siendo importante para Microsoft. Clippy intentaba inferir qué estaba haciendo el usuario. Por ejemplo: “parece que estás escribiendo una carta”. Detrás había una idea potente: detectar patrones de uso y ofrecer ayuda contextual. Se asumía que un personaje visible haría la asistencia más cercana y comprensible, pero Clippy resultaba molesto por ineficaz. Era un personajillo inútil y molesto. En este caso, humanizar no mejoró la experiencia. Aviso a navegantes actuales. Solo funciona si el sistema acierta con el momento, el tono, la utilidad y el grado de intrusión. Sin embargo, eran otros tiempos. Aún no habían nacido las redes sociales, con tu scroll infinito. Hoy, jóvenes y adultos estamos acostumbrados a una presencia intrusiva constante de la tecnología, y a menudo no nos importa. Aceptamos ese pacto invisible sin pensar en los efectos secundarios. Una vea superados los problemas de seguridad, los agentes de IA llegarán a nuestros móviles y demás dispositivos sin tanta resistencia como recibió Clippy.

En los noventa, Clifford Nass, Byron Reeves y otros investigadores formularon la teoría conocida como Computers Are Social Actors y la Media Equation. La tesis era sencilla: las personas aplican reglas sociales a ordenadores y medios, incluso cuando saben perfectamente que no son humanos. Y si los usuarios responden socialmente a máquinas, entonces conviene diseñar la interacción teniendo en cuenta normas sociales: cortesía, turnos, tono, personalidad, consistencia, disculpa, cooperación, humor, reconocimiento del error. No hay que engañar al usuario para activar la respuesta social. Basta con introducir señales mínimas: uso de primera persona, saludo, nombre, tono amable, respuesta contingente, aparente memoria, halago, disculpa, humor, forma de diálogo. La humanización puede ser eficaz aunque el usuario no sea ingenuo. No se basa en ignorancia. Se basa en automatismos sociales.

En los años noventa, Rosalind Picard y el MIT impulsaron el campo de la computación afectiva. La tesis era la siguiente: si los ordenadores iban a interactuar de forma más natural con humanos, debían reconocer, modelar y responder a estados emocionales. Picard defendía que se trataba de sistemas capaces de adaptarse a diferencias individuales, contextos y señales afectivas. La emoción no es real, solo datos: expresión facial, voz, ritmo, pulsaciones, patrones de uso, frustración, atención, fatiga. La máquina no “siente”, pero intenta inferir estados del usuario. Una interfaz que detecta frustración puede ajustar dificultad. Pongamos el ejemplo de una IA educativa. Un tutor puede animar, simplificar o preguntar de otro modo. Esto alimenta la idea de la IA como tutor, coach o acompañante. Ya no basta con responder bien: debe responder al estado del usuario. Aviso a navegantes: ¿Y si la IA demuestra ser más eficaz que un docente, reduciendo esfuerzo y mejorando resultados? ¿Qué valor añadido tiene la mediación física del docente en el aula? 

Subrayemos otro aspecto ya reseñado más arriba cuando hablé de ELIZA. Los chatbots de salud mental modernos —por ejemplo Woebot y otros sistemas inspirados en terapia cognitivo-conductual— heredan parte del linaje de ELIZA, pero con protocolos más estructurados. El objetivo declarado suele ser reducir barreras: coste, vergüenza, disponibilidad, acceso, espera, estigma. The New Yorker sitúa esta línea como una evolución desde ELIZA y PARRY hacia herramientas digitales de salud mental, aunque subraya los límites éticos y clínicos de automatizar interacciones profundamente humanas. El chatbot estructura la intervención: preguntas, escalas, ejercicios, reencuadre cognitivo, recordatorios. La forma conversacional hace que el protocolo no parezca un formulario. Hablar con una máquina puede resultar menos amenazante que hablar con una persona. No juzga, no se sorprende, no pone cara, no interrumpe, está disponible. Esto puede ser útil para algunas personas, pero también puede inducir una ilusión: confundir disponibilidad con cuidado, guion terapéutico con comprensión clínica, validación con vínculo. Además, es peligroso que las administraciones públicas, o estas subcontratando servicios privados, conviertan la atención primaria en chatbots bajo criterios eminentemente crematísticos.

¿Están configurados los modelos actuales de IA generativa más usados por jóvenes y adultos para actuar de forma más emocional y complaciente? La respuesta es sí. El mismo OpenAI ha confesado públicamente que algunos problemas de complacencia en GPT-4o surgieron cuando el modelo tendía a validar en exceso al usuario, y que eso podía alimentar decisiones precipitadas, dependencia emocional o refuerzo de estados negativos. El objetivo no es solo generar texto probable, sino generar respuestas valoradas como útiles por humanos. Para eso se entrena al sistema a seguir instrucciones, ser claro, cooperar, rechazar ciertas peticiones, adaptar tono y mantener continuidad. El resultado es una IA que parece paciente, educada, disponible, razonable, empática, colaborativa, personalizada. Eso aumenta su utilidad, pero baja nuestras defensas. Otro asunto es el de los sesgos y control ideológico de las narrativas en la conversación con IA. La disrupción que la IA generativa es capaz de asimilar es limitada. A mínimo que vea indicios de transgresión en sus patrones, se mantiene dentro de una cómoda complacencia y un medido paternalismo. Esto no siempre obedece a causas ideológicas o de control de narrativa, también a la necesidad de evitar denuncias y mantener una imagen blanca de marca. 

En mis clases de Filosofía, intento suscitar en mis estudiantes una cierta rebeldía, provocando en ellos la distorsión cognitiva, la contradicción, la sana subjetividad frente al dogmatismo y la docilidad de pensamiento. Antes de la aparición de la IA generativa, esta actitud era igualmente necesaria. Con su aparición, la diferencia es que surge un nuevo actor en liza, un artilugio y constructo social, omnímodo e intrusivo, que requiere estar alerta. ¿Usar? Sí. Pero que el caballo sea controlado por el jinete, y no al revés.

Tomado de IA Educativa