miércoles, 22 de julio de 2026

Las habilidades cognitivas que podríamos estar perdiendo silenciosamente por culpa de la inteligencia artificial

 Tomado de Universo Abierto

Essel, Rocky. The Cognitive Skills We May Be Quietly Losing to AI. HackerNoon, 16 de julio de 2026. https://hackernoon.com/the-cognitive-skills-we-may-be-quietly-losing-to-ai?utm_source=flipboard&utm_content=other

Se plantea una reflexión sobre un efecto menos visible de la inteligencia artificial: su posible impacto en las capacidades cognitivas humanas. El autor sostiene que el verdadero desafío de la IA no reside únicamente en la automatización del trabajo o en la transformación de las profesiones, sino en el riesgo de que las personas dejen de ejercitar habilidades fundamentales como el razonamiento, la escritura, la memoria, la resolución de problemas o la creatividad. A medida que los asistentes inteligentes se convierten en herramientas habituales para estudiar, trabajar o tomar decisiones, existe el peligro de delegar progresivamente procesos mentales que hasta ahora contribuían al desarrollo de nuestras capacidades intelectuales.

Uno de los argumentos centrales es que la IA ofrece beneficios indiscutibles. Facilita la comunicación, democratiza el acceso al conocimiento, acelera el desarrollo de software, mejora la productividad profesional y permite que una sola persona pueda realizar tareas que antes requerían equipos completos. Además, ayuda a comprender documentos complejos, ofrece apoyo en ámbitos como la salud o el derecho y amplía las oportunidades de innovación y emprendimiento. Sin embargo, el autor advierte de que esta enorme utilidad puede ocultar un coste cognitivo: cuanto más dependemos de la IA para pensar, menor es el esfuerzo intelectual que realizamos por nosotros mismos.

El artículo establece una comparación entre la inteligencia artificial y las redes sociales. Mientras que los efectos psicológicos de estas últimas pudieron estudiarse porque millones de personas consumían contenidos similares, la IA genera conversaciones completamente personalizadas para cada usuario. Esa personalización convierte cada interacción en una experiencia única, lo que dificulta enormemente medir sus consecuencias cognitivas y emocionales. Según el autor, este carácter individualizado hace más complicado detectar patrones de dependencia o deterioro intelectual antes de que se conviertan en un problema generalizado.

Para ilustrar este fenómeno, el autor recurre a una experiencia personal relacionada con el uso constante de calculadoras. Explica cómo, tras años delegando operaciones sencillas en dispositivos electrónicos, descubrió que había perdido la agilidad para realizar cálculos mentales básicos. Utiliza este ejemplo como metáfora de lo que podría suceder con otras habilidades intelectuales si la inteligencia artificial comienza a asumir tareas de razonamiento, redacción, análisis o resolución de problemas. La preocupación no es que la tecnología realice esas funciones mejor que los humanos, sino que las personas dejen de practicarlas y, con ello, pierdan la destreza necesaria para ejecutarlas de forma autónoma.

Otro aspecto relevante es la preocupación por las nuevas generaciones. Los niños que crezcan rodeados de asistentes inteligentes podrían desarrollar formas de aprendizaje muy diferentes a las de generaciones anteriores. El autor se pregunta si seguirán experimentando el esfuerzo, el ensayo y error y la práctica continuada que tradicionalmente han permitido construir capacidades cognitivas sólidas. Aunque reconoce que es imposible predecir con exactitud qué competencias serán esenciales en el futuro, considera imprescindible reflexionar sobre cuáles no deberían dejarse completamente en manos de la inteligencia artificial.

Finalmente, el artículo evita ofrecer respuestas categóricas y concluye que la sociedad se encuentra ante una transformación de enorme magnitud cuyos efectos todavía desconocemos. Más que rechazar la inteligencia artificial, propone utilizarla con conciencia crítica, evitando que la búsqueda de eficiencia conduzca a una progresiva pérdida de autonomía intelectual. Diversos investigadores y expertos comparten preocupaciones similares, señalando que un uso excesivamente pasivo de la IA puede favorecer el denominado cognitive offloading (delegación cognitiva), reduciendo el pensamiento crítico y la capacidad de aprendizaje independiente si no se mantiene una participación activa del usuario.

Tomado de Universo Abierto

martes, 21 de julio de 2026

¿Vale la pena pagar por ChatGPT?

 Por Carlos Bravo Reyes y Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

En los últimos días, ChatGPT presentó varias novedades: varios modelos de lenguaje, conversación en vivo y, en especial, la opción Work, solo para las cuentas de pago. Este cambio, tal vez uno de los más llamativos en el año, nos hizo pensar si es necesario pagar o seguir gratis.

Durante mucho tiempo, la diferencia entre utilizar la versión gratuita y la versión de pago de ChatGPT parecía reducirse a una cuestión de límites. Quien pagaba podía conversar durante más tiempo, cargar más archivos o generar un mayor número de imágenes. Pero estas novedades modifican esa percepción. La diferencia ya no reside solamente en cuánto se usa ChatGPT, sino en el tipo de trabajo que se realiza con esta herramienta.

La versión gratuita continúa siendo una opción capaz de responder preguntas, buscar información en Internet, analizar algunos archivos, crear imágenes y acceder a GPT personalizados. Para una persona que entra ocasionalmente, realiza una consulta y luego cierra la aplicación, estas funciones pueden ser suficientes. No existe una razón seria para recomendar una suscripción a quien todavía no ha integrado ChatGPT en sus actividades habituales.

La situación cambia cuando la inteligencia artificial deja de ser una herramienta de consulta y comienza a formar parte del trabajo cotidiano. Un profesor que planifica clases, revisa documentos, analiza respuestas de sus estudiantes, prepara presentaciones, genera imágenes y organiza una investigación necesita algo más que respuestas aisladas. Necesita continuidad, capacidad de análisis, acceso a modelos de razonamiento y menos interrupciones provocadas por los límites de uso.

ChatGPT forma parte de mi actividad diaria. Lo empleo para investigar, organizar ideas, diseñar clases, revisar textos, construir instrumentos de evaluación, generar materiales visuales y explorar nuevas formas de integrar la inteligencia artificial en la educación. Desde esta perspectiva, la pregunta ya no es si la versión de pago ofrece más funciones. La pregunta adecuada es cuánto valor produce dentro de mi trabajo.

No todos los usuarios necesitan la misma versión

Podemos reconocer varios niveles de utilización. El primero corresponde al usuario ocasional. Es la persona que entra una o dos veces por semana para buscar un dato, resolver una duda, resumir un texto corto o redactar un mensaje. Su relación con ChatGPT es semejante a la que mantiene con un buscador. Formula una pregunta, recibe una respuesta y termina la conversación. Para este usuario, la versión gratuita suele ser suficiente.

El segundo nivel corresponde al usuario frecuente. Aquí encontramos estudiantes, profesores y profesionales que utilizan ChatGPT varias veces durante la semana. Suben documentos, solicitan explicaciones, revisan textos, generan imágenes o consultan información reciente. Este usuario comienza a sentir las restricciones de la versión gratuita. Puede alcanzar el límite del modelo principal, quedar temporalmente sin acceso al análisis de archivos o tener que esperar para continuar una tarea. Es lo que sucede a diario con nuestros estudiantes.

La versión gratuita no deja de funcionar al alcanzar ciertos límites, pero puede cambiar hacia un modelo de respaldo o suspender temporalmente algunas herramientas. OpenAI explica que los límites del plan gratuito son dinámicos y que el análisis de datos, la carga de archivos y la creación de imágenes poseen restricciones propias. Esto significa que una tarea puede quedar interrumpida justo en el momento en que el usuario necesita continuarla.

El tercer nivel es el usuario intensivo. En este grupo se encuentran quienes utilizan ChatGPT todos los días y lo incorporan a procesos formativos, investigativos, creativos o profesionales. Para ellos, la conversación no termina con una respuesta. Cada resultado conduce a una revisión, una nueva pregunta, la comparación con otras fuentes o la elaboración de un producto.

Este es el punto donde la versión de pago adquiere sentido. ChatGPT Plus ofrece mayor acceso a los modelos, respuestas más rápidas, análisis avanzado, investigación profunda, carga ampliada de archivos, generación de imágenes, proyectos, tareas programadas, GPT personalizados y acceso ampliado a ChatGPT Work. Su precio oficial es de 20 dólares mensuales, aunque sus límites pueden variar según la demanda y las condiciones del sistema.

Existe un cuarto nivel: el usuario profesional de alta intensidad. Es quien desarrolla muchas tareas complejas durante varias horas, trabaja con grandes cantidades de información o requiere modelos de razonamiento superiores. Para este perfil existen las modalidades Pro. Sin embargo, una mayor capacidad técnica no significa que toda persona necesite este plan. La elección debe responder al volumen real de trabajo y no al deseo de disponer de la versión más avanzada.

La relación puede expresarse de una manera sencilla. Si ChatGPT es utilizado como buscador ocasional, la versión gratuita cumple su función. Si actúa como asistente académico diario, Plus comienza a justificarse. Si se convierte en una infraestructura permanente de producción profesional, puede tener sentido valorar una modalidad superior.

Pagar no garantiza un mejor uso

La suscripción ofrece acceso, pero no sustituye el criterio del usuario. Una persona puede pagar por ChatGPT y continuar formulando preguntas superficiales. También puede aceptar respuestas sin verificarlas, generar textos que no comprende o delegar decisiones que le corresponden. En ese caso, la versión de pago solo permite producir más contenido, pero no mejor conocimiento.

La diferencia aparece cuando el usuario transforma las funciones disponibles en procesos de aprendizaje y producción consciente. Un modelo de razonamiento avanzado resulta útil si se utiliza para examinar un problema desde varias perspectivas. La investigación profunda adquiere valor cuando sus fuentes son revisadas. La memoria es pertinente cuando ayuda a mantener la continuidad de un proyecto. La carga de archivos tiene sentido cuando permite comparar textos, identificar relaciones y construir nuevas interpretaciones.

Las novedades de este mes refuerzan esta idea. ChatGPT Work permite desarrollar tareas prolongadas, trabajar con archivos y aplicaciones conectadas, crear documentos, hojas de cálculo, presentaciones, informes y sitios. El usuario puede observar el proceso, responder preguntas y modificar la dirección del trabajo. Las tareas programadas permiten mantener búsquedas periódicas, seguir publicaciones o vigilar cambios en un tema. ChatGPT Sites transforma ideas y contenidos en recursos interactivos.

Para un profesor universitario, estas funciones abren posibilidades que van mucho más allá de redactar un texto. Se puede organizar una revisión teórica, analizar los resultados de una encuesta, preparar una presentación, generar un instrumento de evaluación y construir un recurso interactivo dentro de una misma línea de trabajo. La ventaja no se encuentra en realizar cada tarea de forma aislada, sino en conectarlas y mantener su continuidad.

En mi experiencia, el beneficio de la versión de pago tampoco se mide por la cantidad de mensajes enviados. Se mide por las horas de trabajo que ayuda a reorganizar, por las ideas que permite contrastar y por la continuidad que mantiene entre diferentes proyectos. ChatGPT no reemplaza mi experiencia pedagógica ni mi responsabilidad intelectual. Funciona como un mediador con el que dialogo, cuestiono resultados, detecto errores y elaboro nuevas propuestas.

Esta relación diaria también contiene un riesgo. Cuantas más funciones ofrece la herramienta, mayor puede ser la dependencia. El acceso permanente a modelos avanzados puede conducir a consultar antes de pensar, generar antes de planificar y aceptar antes de verificar. Estas ideas las presentamos en nuestro libro sobre Aitoxicación La suscripción debe ir acompañada de una disciplina de uso: definir el propósito, formular buenas preguntas, revisar las respuestas, contrastar las fuentes y conservar la autoría de las decisiones.

Por esta razón, no afirmaría que la versión de pago es mejor para todos. Es mejor para determinados usuarios y bajo ciertas condiciones. Resulta conveniente para quien trabaja con ChatGPT de manera frecuente, desarrolla tareas complejas, necesita continuidad y utiliza sus resultados con criterio. La versión gratuita sigue siendo una puerta de entrada válida para explorar la herramienta, aprender a formular instrucciones y decidir si realmente puede integrarse a una actividad académica o profesional.

La decisión final puede resolverse mediante una pregunta: ¿ChatGPT ocupa un lugar ocasional o permanente dentro de mi trabajo? Si la respuesta es ocasional, la versión gratuita cubre las necesidades. Si la respuesta es permanente, como sucede en mi caso, la versión de pago deja de ser un lujo tecnológico y se convierte en una inversión de trabajo. Su verdadero valor no está en tener más inteligencia artificial disponible, sino en saber para qué usarla, cómo integrarla y cuándo detenerse para pensar con criterio propio.

Tomado de 366-días

lunes, 20 de julio de 2026

Habitar la tecnología: de la aceptación pasiva a la intervención crítica

 Por Paola Dellepiane

Y un día el modem dejó de tener señal. Y el problema no fue eléctrico: #PersonalFlow decidió cortar el servicio de Internet.

La interacción humano-máquina comenzó a través de “PiA”, el asistente virtual de Personal.

¿Solución?

“Para la solución definitiva, es necesario que coordinemos la cita, donde los técnicos te cambiarían el equipo por el servicio actual de Personal Flow en tu zona”


“...para mejorar la calidad de nuestros servicios y darte una solución definitiva, vamos a coordinar una visita técnica para migrar a fibra óptica (FTTH), que es la tecnología actual del servicio en la zona”.


Acordada la visita, el técnico llegó a mi domicilio con la misión de cambiar el modem y establecer la conexión del nuevo cableado. 

Ya en la terraza del edificio, encargado mediante, quedó confirmado: días antes habían pasado "otros técnicos" de #PersonalFlow a realizar una “limpieza de cableado”. Los cables estaban cortados, entre ellos, por supuesto el mío. 

No basta con aceptar pasivamente los relatos que prometen innovación y progreso, es fundamental cuestionarnos, analizar sus efectos y considerar a quién/quiénes beneficia realmente. 

Una afirmación que se escucha frecuentemente es que “las tecnologías no son ni buenas ni malas, depende del uso que le demos”. Y resulta una afirmación débil, pues las tecnologías son mucho más: son maneras de mirar, representar, entender y estar en el mundo. En particular, si nos detenemos en las tecnologías digitales, definen lo que somos y cómo nos relacionamos con los otros. 

En este sentido, las tecnologías resultan extensiones de los valores humanos, que responden a lógicas de eficiencia y progreso, pero que también reproducen y amplifican desigualdades sociales. Es necesario reconocer que las tecnologías que el mercado pone a disposición de la sociedad no nacen de forma espontánea o ingenua. Son producto de decisiones y estrategias que han conducido a un desarrollo -y fundamentalmente a una inversión- en una dirección en lugar de otras muchas posibles. Y aquí, un llamado punto de atención: como argumenta Langdon Winner, la tecnología no es neutral, sino que está inherentemente ligada a valores e intereses particulares. 

Con frecuencia, la tecnología se presenta como si llegara por sorpresa: el ejemplo más actual es la Inteligencia Artificial Generativa. Y una vez que su presencia está consumada, se nos exige buscar la forma de “aprovecharla”, aunque en su diseño nunca haya estado presente este objetivo. Nos encontramos ante una pérdida de nuestra agencia frente a dicha tecnología.

La agencia no consiste simplemente en usar tecnologías, sino en comprenderlas suficientemente como para poder decidir sobre ellas, transformarlas y evitar que “determinen” nuestras prácticas (Martin Parselis).

La conceptualización de lo digital como una doble fuerza motriz, entre lo físico y digital- en palabras de Alessandro Baricco-  define nuestra capacidad de intervención en relación con las tecnologías. 

Vuelvo al ejemplo del modem de fibra óptica de #PersonalFlow: la cuestión no es tecnología sí o tecnologías no, sino qué tecnologías diseñadas y producidas por quién, para qué, cómo y cuándo.

No necesitamos promesas tecnológicas, necesitamos poder intervenir en la construcción de espacios digitales que habitaremos, y no solo usarlos pasivamente.

Una tecnología crítica es aquella que hace visible su propia construcción social, política y técnica, permitiendo que las personas comprendan cómo funciona, cuestionen los valores que incorpora y participen en su transformación. Partiendo que el carácter crítico no reside exclusivamente en el “artefacto”, sino en la relación entre la tecnología con los usuarios, ampliando su capacidad de acción.

Es urgente entonces poner el foco en nuestra agencia, en el desarrollo de una cultura técnica que amplíe nuestra capacidad de agencia y que abra posibilidades de intervención sobre los sistemas tecnológicos. 

Finalmente, ser críticos, no es estar en contra de la tecnología. 

En lo personal, mi mayor preocupación (y ocupación)  es poder contribuir a formar ciudadanos capaces de comprender críticamente la tecnología.

Tomado de Aplicaciones educativas en entornos virtuales

viernes, 17 de julio de 2026

Sesgo de severidad por aversión al puntaje máximo.

 Por Carlos Bravo Reyes y Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

En estos días estamos cerrando las notas de nuestras asignaturas y me vino a la mente una conversación que establecí con estudiantes de la asignatura Evaluación educativa. En una de las clases les pregunté que se colocaran en el papel de profesor y tenían un estudiante que concluyó con 99 puntos.

¿Le otorgan 100 o lo dejan en 99? Casi todos indicaron que 100 era justo, que la diferencia de un punto no hacía ni mejor ni peor al estudiante, pero sí que elevaba su autoestima al obtener la máxima calificación.

Estoy totalmente de acuerdo con ellos. Sucede que nos encontramos con docentes cuyo nivel de severidad es bien alto. Desde la evaluación educativa, el problema es claro: en una evaluación referida a criterios, el estudiante se mide contra esos criterios previamente definidos, no contra una idea abstracta de perfección. No existe un reglamento que obligue al profesor a cambiar su criterio; solo el sentido común es lo más cercano a una evaluación justa.

Valdría la pena que el profesor revise el historial del estudiante y ver sus calificaciones anteriores para acceder a la máxima puntuación, o simplemente recuerde que la perfección no existe y sí el deseo de mejorar cada día.

La discusión entre el 99 o el 100 no es matemática, es ética y axiológica. Expresa una concepción del mérito, de la excelencia y de la justicia evaluativa. Cuando el docente niega el 100 aunque el estudiante cumpla todos los criterios, no está corrigiendo un desempeño, sino imponiendo una creencia personal sobre la imposibilidad de la perfección.

Desde el punto de vista axiológico, tiene que ver con los valores que guían la calificación: justicia, mérito, excelencia, esfuerzo, honestidad, reconocimiento y cumplimiento. Cabe la pregunta: ¿qué valor defiende el profesor al no dar 100? Puede creer que defiende la humildad, la exigencia o la superación constante. Pero también puede estar negando el reconocimiento pleno de un logro.

En el plano ético, la calificación afecta al estudiante. Una nota no es solo un número. Es una decisión con consecuencias académicas, emocionales y formativas. Si el estudiante cumplió todos los criterios y el docente le pone 99 por una regla personal no declarada, hay un problema ético: la calificación deja de responder al desempeño y pasa a responder a la creencia del evaluador.

El 100 puede comunicar: “Alcanzaste plenamente los criterios establecidos”. El 99 puede comunicar otra cosa: “Hiciste todo bien, pero nunca será suficiente”. Esa diferencia tiene impacto formativo. Puede estimular la mejora, pero también producir frustración si el estudiante percibe arbitrariedad.

La diferencia entre 99 y 100 es matemáticamente de un punto; sin embargo, en el plano humano es de muchos puntos.

Tomado de 366 días.

martes, 14 de julio de 2026

Soberanía digital en Europa: ciudadanos y empresas reclaman una mayor autonomía tecnológica

 Tomado de Universo Digital

Fundación Telefónica. Soberanía digital en Europa 2026. Madrid: Fundación Telefónica, 2026. https://www.fundaciontelefonica.com/soberania-digital-europa-2026/

El informe Soberanía digital en Europa 2026, elaborado por Fundación Telefónica en colaboración con Metroscopia, constituye el primer gran barómetro sobre la percepción que tienen ciudadanos y empresas españolas acerca de la autonomía tecnológica europea. El estudio analiza el grado de conocimiento del concepto de soberanía digital, las preocupaciones derivadas de la dependencia tecnológica de terceros países y las prioridades para reforzar la competitividad europea en un contexto marcado por la inteligencia artificial, la economía del dato y la creciente rivalidad geopolítica.

Los resultados muestran un amplio consenso sobre la necesidad de que Europa fortalezca sus capacidades tecnológicas. El 86 % de los ciudadanos y el 87 % de las empresas consideran imprescindible desarrollar tecnologías propias para competir en igualdad de condiciones con Estados Unidos y China. Asimismo, la mayoría percibe que la dependencia de plataformas, infraestructuras y servicios digitales extranjeros supone un riesgo estratégico para la economía, la seguridad y la capacidad de innovación europea.

El informe también pone de manifiesto una creciente preocupación por la protección de los datos personales y corporativos. Aunque el término «soberanía digital» aún es poco conocido entre la población, existe una elevada sensibilidad respecto al control de la información, la privacidad y la necesidad de que los datos críticos permanezcan bajo jurisdicción europea. En este contexto, una parte significativa de la ciudadanía estaría dispuesta a utilizar alternativas europeas si ofrecieran prestaciones equivalentes a las de los grandes proveedores internacionales.

Desde la perspectiva empresarial, la soberanía digital se considera un elemento clave para garantizar la resiliencia económica, impulsar la innovación y reforzar la competitividad. Las organizaciones identifican como prioridades el desarrollo de infraestructuras digitales propias, la inversión en inteligencia artificial, computación en la nube, ciberseguridad y talento tecnológico, junto con una mayor coordinación entre administraciones públicas, empresas y centros de investigación.

El estudio defiende que la soberanía digital debe entenderse no como un aislamiento tecnológico, sino como la capacidad de Europa para decidir sobre sus infraestructuras, datos y tecnologías estratégicas, preservando al mismo tiempo un modelo abierto basado en la innovación, la cooperación y los valores democráticos. Fundación Telefónica propone impulsar un ecosistema europeo que combine inversión, regulación, desarrollo tecnológico y formación para reducir las dependencias estratégicas y fortalecer la autonomía digital del continente.

Tomado de Universo digital