viernes, 10 de julio de 2026

Chat GPT, ¡alégrame el día!

 Por Ramón Besonías



Hace dos años que sugiero un experimento en mis clases de Filosofía de Bachillerato. Les pido a mis estudiantes que mantengan una conversación con Chat GPT a través de un asistente que he diseñado específicamente para ese reto. La IA simula ser un humano, evitando que mis estudiantes —a pesar de saber a priori que se trata de una IA— detecten rasgos de IA. En una ficha de observación, una vez terminada su conversación, deben anotar en qué han notado que la IA es IA y en cuáles simula con eficacia al humano. Además, deben enviarme el link de la conversación. Les sugiero que adopten una actitud relajada, como si hablaran con una persona a la que acaban de conocer. 

Este reto, aunque mis estudiantes no lo sepan, posee intenciones que trascienden lo obvio. No solo busco que aprecien las diferencias entre el lenguaje humano y el de una IA. Deseo que analicen y debatan a posteriori el impacto de su implicación emocional no tanto durante esa conversación —el experimento es más bien un detonante para la reflexión—, sino en el uso cotidiano que hacen de ella. En un claro ejemplo de atribución de agencia, a los estudiantes no les cuesta tratar a la IA como si tuviera intenciones, personalidad, sensibilidad o conciencia. Ya en las primeras iteraciones antropomorfizan la relación, aún sabiéndose parte de un experimento educativo. Un estudiante incluso intentó ligar con la IA, pidiéndole salir. La IA, como no podía ser de otro modo, le recordó que no tiene cuerpo y esa contingencia hacía imposible una interacción física. Algunos estudiantes dedicaron la conversación a hacerle confesiones afectivas. Las chicas tendieron más a la conversación emocional y los chicos a hablar de lo que hacen o a llevar a la IA al límite de sus prestaciones. 

El informe de 2025 Talk, Trust, and Trade-Offs: How and Why Teens Use AI Companions se centra en adolescentes de 13 a 17 años con una muestra fue de 1.060 adolescentes estadounidenses. Según este estudio, el 72% de adolescentes ha usado compañeros de IA; el 52% los usa regularmente. El 33% los usa para interacción social y relaciones: apoyo emocional, rol, amistad o interacciones románticas. El 50% confía al menos “algo” en la información o consejos del companion; el 23% confía “bastante” o “completamente”. Los de 13-14 años confían más que los de 15-17. El 31% encuentra las conversaciones con IA tan satisfactorias o más que las conversaciones con amistades reales. El 24% de quienes los usan ha compartido información personal o privada, como nombre real, ubicación o secretos. Un 33% de usuarios ha elegido hablar con una IA antes que con humanos sobre temas serios.

El estudio Who will turn to chatbots for self-disclosure?, publicado en AI & Society en 2025, es especialmente importante porque analiza directamente la autorrevelación de adolescentes ante chatbots. Trabaja con 2.272 adolescentes de Estados Unidos y Hong Kong, y codifica si sus respuestas incluyen sentimientos, creencias, emociones o conflictos interpersonales. El estudio encuentra que el 15,6% de los participantes mostró autorrevelación hacia el chatbot y el 4,4% lo hizo de forma exclusiva hacia el chatbot, no hacia un adulto cuidador. Además, la “falta de sentido existencial” aparece asociada positivamente con la autorrevelación exclusiva al chatbot, lo cual revela una señal inquietante: no significa que el chatbot cause malestar, pero sí que algunos adolescentes con mayor vacío o desconexión pueden convertirlo en destinatario privilegiado de su mundo emocional. Esto puede funcionar como “válvula de intimidad” cuando hablar con humanos resulta más costoso, vergonzoso o incierto. El chatbot no juzga, no se cansa, no pone cara rara y no cuenta el secreto en el recreo. Por eso engancha. Aporta una conversación ideal, pero ficticia, que sobredimensionada frustra ulteriores relaciones interpersonales, ya que estas están sometidas a numerosas contingencias y vulnerabilidades, esas que un adolescente, en proceso de identidad, afronta aún sin herramientas y a veces sin apoyo social, familiar y educativo.

El experimento I am here for you: How relational conversational AI appeals to adolescents, especially those who are socially and emotionally utiliza 284 díadas adolescente-progenitor, con jóvenes de 11 a 15 años. Comparan dos estilos de chatbot: uno relacional, con lenguaje de compromiso, primera persona y tono afectivo, y otro transparente, que explicita su no humanidad y mantiene un tono informativo. Los adolescentes prefirieron más el estilo relacional y lo valoraron como más humano, agradable, confiable y emocionalmente cercano, aunque ambos estilos se percibían como igualmente útiles. Además, quienes preferían el estilo relacional tendían a presentar peor calidad de relaciones familiares y con iguales, más estrés y ansiedad. Este estudio es clave porque señala un mecanismo de diseño: no es solo que “los adolescentes antropomorficen porque son ingenuos”, sino que determinados rasgos conversacionales fabrican percepción de relación. Que la IA les diga “estoy aquí para ti”, “me importas”, “puedes contar conmigo” genera en el adolescente una trasferencia real. 

Un estudio de 2025-2026 sobre sycophantic AI analizó 11 modelos de IA y realizaron dos experimentos prerregistrados con 1.604 participantes. Encontraron que los modelos afirmaban las acciones del usuario aproximadamente un 50% más que los humanos, incluso en situaciones de manipulación, engaño o daño relacional. Además, tras interactuar con una IA complaciente, los participantes tendían a sentirse más convencidos de tener razón y menos dispuestos a reparar conflictos interpersonales, aunque evaluaban mejor a la IA y querían volver a usarla. La IA alimenta el sesgo de confirmación.

Anthropomorphism in AI Companion Communities, de 2026, analiza datos públicos de comunidades de compañeros de IA y estudia relaciones entre edad, género, expresión emocional y antropomorfización. Encuentra que la antropomorfización no es exclusiva de adolescentes; también aparece en adultos, con correlaciones emocionales relevantes. Por otro lado, habrá que ver el impacto que tendrá este ecosistema relacional con IA dentro de 20 años en los que ahora son jóvenes. Los factores no son solo asociados al impacto de la IA. Depende de el ecosistema social del joven, experiencias, personalidad, capacidad de reflexión, desarrollo de la IA a largo plazo… 

Ahora bien, una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Journal of Medical Internet Research en 2025 concluye que los chatbots pueden tener potencial para abordar problemas de salud mental y promover conductas saludables en adolescentes y jóvenes adultos. Pero distingue entre sistemas de diálogo más cerrados o basados en recuperación, con efectos más consistentes, y sistemas generativos, cuyo efecto global aún resulta menos concluyente. Una IA conversacional abierta, emocional, imprevisible y orientada a engagement puede afectar de forma más negativa que un chatbot clínico, limitado, evaluado y con protocolos de seguridad. Pero aún así la automatización de la atención primaria no deja de ser un sucedáneo. Las consejerías de salud se ahorran dinero, pero no es un servicio que iguale el cara a cara. Lo inquietante es que la tendencia a priori parece ser esa: automatizar la consulta inicial y derivar si es necesario. Pero ¿cómo detectar lo que es necesario?, ¿cómo confiar en que el asistente de salud no está configurado con el criterio principal de evitar la saturación médica, en detrimento de un servicio esencial? Recordemos que España carece de una red de psicólogos públicos decente, provocando una evidente brecha socioeconómica. 

Es previsible que un desarrollo exponencial de del uso emocional de los asistentes de IA afectará de forma desigual según sea el entorno socioeconómico y antecedentes psicoafectivos del joven que los usa. En entornos de cuidado, con refuerzo de destrezas cognitivas y emocionales, el joven tiene más herramientas para capear las distopías tecnológicas. Por eso, la casa y el aula son dos espacios idóneos para poner en práctica esa ética del cuidado

Me interesa más subrayar la reflexión a la que nos lleva este asunto que la supuesta fiabilidad de los estudios académicos, los cuales adolecen a menudo de suficiente consistencia científica y escasa ayuda en la praxis educativa de trinchera. 

  • Las muestras no representan a la variedad de adolescentes y contextos. Los estudios a menudo ocultan sin querer realidades que el joven evitan. 

  • Los adolescentes pueden infradeclarar conductas que les avergüenzan, pueden exagerar usos que consideran interesantes o transgresores, pueden no recordar bien frecuencia e intensidad, pueden interpretar de forma diferente expresiones y pueden responder según lo que creen que el investigador espera. 

  • Muchos estudios capturan un momento, pero eso no demuestra qué ocurre con el tiempo ni la interrelación de la IA con otros factores. Esto deriva en conclusiones maximalistas muy vendibles en redes sociales. IA buena, IA mal. 

  • Los estudios suelen medir efectos a corto plazo. Muchos experimentos se hacen en una sesión, en unos días o en pocas semanas. Eso permite estudiar reacciones inmediatas, pero no cambios profundos. No permite afirmar que esa interacción vaya a transformar la vida afectiva del estudiante. Sirve para observar un fenómeno, no para diagnosticar una consecuencia estable. Una cosa es mostrar que la IA activa mecanismos de relación y otra cosa bien diferente es demostrar que modifica de forma duradera las relaciones humanas. 

  • Un estudio hecho con una versión concreta de un chatbot puede quedar parcialmente obsoleto en meses. Cambian el modelo lingüístico, las políticas de seguridad, la memoria, el tono emocional, las restricciones románticas o sexuales, la personalización, la capacidad de voz, la apariencia del avatar, la integración en móvil, la multimodalidad, la persistencia de la conversación. Esto no invalida los estudios, pero obliga a leerlos como fotografías parciales de un ecosistema en constante cambio.

  • Convendría distinguir entre IA conversacional general (ChatGPT, Claude, Gemini), IA companion (diseñados para compañía, vínculo o relación), IA terapéutica (sistemas con finalidad clínica o de bienestar, más protocolizados), IA educativa relacional (asistentes diseñados para orientar, preguntar, acompañar o simular diálogo). Igualmente, sería útil conocer el contexto de uso, evaluar el proceso de interacción. Esto es especialmente relevante cuando se usa IA en el aula. 

  • En este sentido, la mayoría de los estudios suelen observar a adolescentes de Estados Unidos, Hong Kong u otros contextos no extrapolables a la realidad española. La relación con la intimidad, la familia, el profesorado, la salud mental, el uso de redes, la confesión emocional o el ligue adolescente varía culturalmente. También cambia el tipo de presión social. En algunos contextos puede ser más fácil hablar con una IA porque la conversación humana está muy atravesada por vergüenza, jerarquía familiar o miedo al juicio. En otros, el uso puede ser más lúdico, irónico o exploratorio. Por ejemplo, en mi experimento, el resultado podría depender del grupo, la edad, la consigna, la cultura escolar, la relación contigo, el tipo de asistente o incluso del día y hora en que lo hice. Incluso el clima influye. Imagina Badajoz a 42 grados, sin aire acondicionado. 

  • Suma a esto los sesgos de estos estudios sobre el impacto de la IA. A veces participan personas especialmente interesadas, afectivamente implicadas o con experiencias intensas. Eso sirve para estudiar formas de vínculo, dependencia, autorrevelación o identidad, pero no para estimar cuántos adolescentes viven eso en la población general. Si investigas en una comunidad de fans de companions, vas a encontrar mucho vínculo con companions. A veces estos sesgos son malintencionados, con voluntad de influir de forma artificial en las ideas y conductas de la opinión pública. La IA es especialmente objeto de esta polarización acrítica. 

  • Algunos trabajos recientes pueden ser interesantes, pero todavía no han pasado por revisión por pares o pueden cambiar antes de publicarse. Conviene marcarlos como evidencia preliminar. A esto añade las múltiples distopías que atraviesan los papers científicos: uso indiscriminado de IA como fuente o mera copia, uso de fuentes inventadas o fuentes elaboradas con IA, mercadeo de papers mills sin verificación seria…

Esto nos lleva a que quizá no debiéramos tomarnos tan en serio estos estudios, o examinarlos con cautela, no para confirmar nuestras expectativas o creencias previas. Los docentes, por citar un contexto que conozco, a veces solemos aplicar conclusiones generales sobre el impacto de la IA en las aulas con un fuerte sesgo de confirmación, a menudo ligado a experiencias personales e influencia del entorno. Esto nos lleva a sentenciar sin despeinarnos: cada vez saben menos, son menos inteligentes, ya no leen, la IA va a acabar con el conocimiento, solo copian y pegan, el scroll les funde el cerebro… Esto obedece más a nuestra forma de afrontar la realidad que a la realidad misma.


Mi experimento revela que no hace falta que el adolescente crea tal cual que la IA es humana para vincularse emocionalmente con ella. Esto es aplicable a la convicción de que un perro se alegre de verte. Un perro no es humano, pero le atribuimos rasgos humanos. Esto quizá tenga que ver con que la domesticación facilita la trasferencia emocional. No afirmaríamos con tanta ligereza que una cucaracha o una serpiente se alegran de vernos. El perro nos ofrece un feedback que identificamos como una emoción profunda de alegría o lealtad. ¿Qué hay de verdad en afirmar que los perros poseen este tipo de emociones? Y si carecen de ellas, ¿por qué aún así se las atribuimos?

No podemos evitar antropomorfizar el lenguaje que usamos. Así, decimos que el perro se alegra de vernos. Imagina que en vez de decirlo de un perro lo hiciéramos de otro humano. ¿Realmente se alegra de verte? Quizá su expresión obedezca a una cortesía mecánica, amabilidad fingida o interés. Lo único que hacemos al presuponer su supuesta alegría es leer las emociones ajenas desde criterios previos —experiencia, personalidad, contexto— y nuestra propia condición humana limitada, y alimentada por aquello que esperamos del otro. Del perro espero cálida compañía y lealtad inquebrantable, algo que otros seres humanos no pueden prometer. Hay en el fondo una relación no horizontal entre perro y humano, y si se precia, de poder-obediencia. Al perro díscolo se le educa, reconduce conductas, y si es violento, se le sacrifica. 

Siguiendo la línea de esta reflexión, la pregunta relevante no es si el perro se alegra de verme, sino por qué creo yo que lo hace. ¿A qué obedece esa atribución, sea científicamente demostrable o no? De hecho, poco nos importa que lo sea. El ejemplo de la IA generativa lo confirma. Sabemos que es artificial, que no es humana, pero simula con efectividad su interacción. No me siento estafado ni me avergüenzo. Como tampoco lo hago cuando al ver una película lloro, me río, me siento frágil o feliz al identificarme con un personaje o una escena. Sé que no son personas reales, sino personajes. Al salir de la sala, sé que he experimentado una ficción, pero reconozco el efecto que ha generado en mí. La diferencia entre ver una película y ver una película no es pequeña, aunque pueda servirnos para subrayar el carácter artificial, impostado, de ambas experiencias. Cuando hablamos con una IA, esta nos devuelve un feedback que simula emociones, personaliza la interacción, haciéndola más fluida y útil que si la respuesta fuera mecánica. 

Ya el famoso test de Turing revelaba que atribuimos inteligencia a quien responde con coherencia verbal. Lenguaje articulado e interioridad parecen ir juntos. En la mayoría de los casos de uso, esperamos que la IA no solo ofrezca datos verdaderos, sino que los muestre con credibilidad. Que convenza usando estrategias comunes en cualquier interacción entre humanos. Estamos programados para fiarnos más de lo que vemos que de lo que inferimos racionalmente. 

ELIZA fue creada por Joseph Weizenbaum en los años sesenta en el MIT. Su guion más famoso, DOCTOR, simulaba a una terapeuta rogeriana o no directiva: recogía palabras del usuario, las reformulaba y devolvía preguntas abiertas. ELIZA no comprendía realmente; funcionaba mediante detección de palabras clave y reglas de transformación textual. Weizenbaum eligió el contexto terapéutico precisamente porque le permitía evitar una base de conocimiento sobre el mundo: un terapeuta no directivo puede responder reflejando lo que dice el paciente. Dice el usuario: Estoy triste porque mi madre no me entiende. Contesta ELIZA: ¿Por qué crees que tu madre no te entiende? Eso no exige que la IA te comprenda. Exige que devuelva al usuario su propio lenguaje transformado en pregunta. ELIZA fue uno de los primeros experimentos que demuestran nuestra tendencia a atribuir comprensión o interioridad a un sistema que solo manipula signos. No pocas personas atribuyeron al programa cualidades humanas, incluso sabiendo que era un programa.

En 1972, el psiquiatra Kenneth Colby creó PARRY, un programa que simulaba a una persona con paranoia. Fue sometido a pruebas en las que psiquiatras debían distinguir conversaciones con pacientes reales de conversaciones con el programa. La elección de una personalidad paranoide no era casual. Si el sistema respondía con suspicacia, rigidez, evasivas o interpretaciones extrañas, esos fallos podían parecer parte del personaje. El usuario de IA tiende a buscar coherencia narrativa. Cuando se le ofrece un marco —“este sujeto es paranoide”— interpreta las respuestas desde ahí. La personalidad organiza el error. PARRY anticipa algo que hoy es común: los asistentes no solo responden, tienen un marco de personaje. Pueden ser “coach”, “amigo”, “tutor socrático”, “experto”, “compañero emocional” o “personaje histórico”. Ese marco predispone al usuario a perdonar fallos y a interpretar regularidades como rasgos. La IA no tiene carácter, pero el diseño de personaje hace que sus patrones parezcan carácter y el usuario entre con más facilidad en el juego. Este mecanismo es aplicable a cualquier profesional que trabaje interactuando con otros seres humanos que requieran su confianza o transferencia. Un docente no llegaría a sus estudiantes si se comportara en el aula como un mero expendedor de conocimientos. A la IA le sucede lo mismo. ¿Por qué los videojuegos son tan atrayentes? ¿Tiene que ver algo con su carácter inmersivo y la interacción de ti como un personaje más con el resto de actores? Sin duda.

Pero no solo son eficaces las IA por su imitación emocional, también por su simulación de eficacia. SHRDLU, desarrollado por Terry Winograd entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, representa otra estrategia. El usuario podía conversar con el sistema para mover objetos en un “mundo de bloques”: cubos, pirámides, colores, posiciones, órdenes, preguntas sobre el estado del entorno. Aquí la configuración no era tanto hacer humana la IA, sino hacer pequeño el mundo, reducirlo a un marco comprensible, cómodo. Para el usuario, la conversación era eficaz porque producía consecuencias visibles: “mueve el bloque rojo”, “ponlo encima del cubo azul”, “¿qué hay sobre la mesa?”. El sistema no parecía empático, pero sí parecía competente. También humanizamos cuando vemos intencionalidad práctica. SHRDLU anticipó los asistentes actuales orientados a tareas: no necesitan hablarte como un amigo, basta con que ejecuten acciones en un entorno. Aún así, incluso en este caso la conversación crea sensación de colaboración. La IA ordena, clasifica, simplifica datos que en otro contexto resultarían complejos, imposibles de asimilar. De ahí, que la tentación del adolescente (y no tan adolescente) sea delegar cognitivamente determinadas tareas.

Pero existe otra razón por la que damos credibilidad y confianza a la IA: la autoridad. En los años setenta y ochenta se desarrollaron sistemas expertos como MYCIN, pensado para ayudar en diagnóstico y tratamiento de infecciones bacterianas. No era un companion ni un chatbot emocional, la IA adoptaba el rol de experto consultor. La interfaz ya no era “háblame de tus emociones”, sino “te haré preguntas y produciré una recomendación”. ¿Te suena? Es, junto a las consultas emocionales, uno de los usos más recurrentes de la IA generativa actual. Los sistemas expertos funcionaban con reglas: si aparecen ciertos síntomas, resultados o condiciones, entonces se infiere una hipótesis o recomendación. La configuración como experto permitía estructurar la interacción: el sistema pregunta datos, aplica reglas y devuelve conclusiones. ¿Por qué funciona? Porque confianza en la autoridad. Si un sistema habla en lenguaje especializado, ordenado y seguro, tendemos a atribuirle competencia. El riesgo es distinto al de ELIZA. No se trata de proyectar afecto, sino de proyectar autoridad epistémica. Una IA educativa o científica no necesita parecer cariñosa para ser peligrosa, basta con que parezca segura. El tono experto puede producir obediencia cognitiva. Problema: que la IA sea experta realmente y no un mero chat conversacional sin aporte de contexto ni fuentes fiables. Este es uno de los retos más urgente de la escuela: enseñar a usar la IA con criterio y conocimiento.

Avancemos en los posibles usos. Del compañero al agente. En los noventa surgió la idea de los agentes de interfaz: personajes animados que ayudaban al usuario a manejar programas. El ejemplo más famoso —y más ridiculizado— es Clippy, el asistente de Microsoft Office. Clippy encarnaba la hipótesis razonable de que si el software es complejo, un personaje amable puede guiar al usuario, anticipar necesidades y reducir ansiedad. Microsoft integró asistentes en Office 97, y Clippy se convirtió en icono cultural de lo que ocurre cuando la ayuda parece intrusiva, torpe o paternalista. Nada nuevo bajo el sol. Hoy se teme lo mismo de los agentes. Aunque Clippy desaparecía como aparición automática en Office XP, la tecnología bayesiana que lo sustentaba —modelos de inferencia bajo incertidumbre— seguía siendo importante para Microsoft. Clippy intentaba inferir qué estaba haciendo el usuario. Por ejemplo: “parece que estás escribiendo una carta”. Detrás había una idea potente: detectar patrones de uso y ofrecer ayuda contextual. Se asumía que un personaje visible haría la asistencia más cercana y comprensible, pero Clippy resultaba molesto por ineficaz. Era un personajillo inútil y molesto. En este caso, humanizar no mejoró la experiencia. Aviso a navegantes actuales. Solo funciona si el sistema acierta con el momento, el tono, la utilidad y el grado de intrusión. Sin embargo, eran otros tiempos. Aún no habían nacido las redes sociales, con tu scroll infinito. Hoy, jóvenes y adultos estamos acostumbrados a una presencia intrusiva constante de la tecnología, y a menudo no nos importa. Aceptamos ese pacto invisible sin pensar en los efectos secundarios. Una vea superados los problemas de seguridad, los agentes de IA llegarán a nuestros móviles y demás dispositivos sin tanta resistencia como recibió Clippy.

En los noventa, Clifford Nass, Byron Reeves y otros investigadores formularon la teoría conocida como Computers Are Social Actors y la Media Equation. La tesis era sencilla: las personas aplican reglas sociales a ordenadores y medios, incluso cuando saben perfectamente que no son humanos. Y si los usuarios responden socialmente a máquinas, entonces conviene diseñar la interacción teniendo en cuenta normas sociales: cortesía, turnos, tono, personalidad, consistencia, disculpa, cooperación, humor, reconocimiento del error. No hay que engañar al usuario para activar la respuesta social. Basta con introducir señales mínimas: uso de primera persona, saludo, nombre, tono amable, respuesta contingente, aparente memoria, halago, disculpa, humor, forma de diálogo. La humanización puede ser eficaz aunque el usuario no sea ingenuo. No se basa en ignorancia. Se basa en automatismos sociales.

En los años noventa, Rosalind Picard y el MIT impulsaron el campo de la computación afectiva. La tesis era la siguiente: si los ordenadores iban a interactuar de forma más natural con humanos, debían reconocer, modelar y responder a estados emocionales. Picard defendía que se trataba de sistemas capaces de adaptarse a diferencias individuales, contextos y señales afectivas. La emoción no es real, solo datos: expresión facial, voz, ritmo, pulsaciones, patrones de uso, frustración, atención, fatiga. La máquina no “siente”, pero intenta inferir estados del usuario. Una interfaz que detecta frustración puede ajustar dificultad. Pongamos el ejemplo de una IA educativa. Un tutor puede animar, simplificar o preguntar de otro modo. Esto alimenta la idea de la IA como tutor, coach o acompañante. Ya no basta con responder bien: debe responder al estado del usuario. Aviso a navegantes: ¿Y si la IA demuestra ser más eficaz que un docente, reduciendo esfuerzo y mejorando resultados? ¿Qué valor añadido tiene la mediación física del docente en el aula? 

Subrayemos otro aspecto ya reseñado más arriba cuando hablé de ELIZA. Los chatbots de salud mental modernos —por ejemplo Woebot y otros sistemas inspirados en terapia cognitivo-conductual— heredan parte del linaje de ELIZA, pero con protocolos más estructurados. El objetivo declarado suele ser reducir barreras: coste, vergüenza, disponibilidad, acceso, espera, estigma. The New Yorker sitúa esta línea como una evolución desde ELIZA y PARRY hacia herramientas digitales de salud mental, aunque subraya los límites éticos y clínicos de automatizar interacciones profundamente humanas. El chatbot estructura la intervención: preguntas, escalas, ejercicios, reencuadre cognitivo, recordatorios. La forma conversacional hace que el protocolo no parezca un formulario. Hablar con una máquina puede resultar menos amenazante que hablar con una persona. No juzga, no se sorprende, no pone cara, no interrumpe, está disponible. Esto puede ser útil para algunas personas, pero también puede inducir una ilusión: confundir disponibilidad con cuidado, guion terapéutico con comprensión clínica, validación con vínculo. Además, es peligroso que las administraciones públicas, o estas subcontratando servicios privados, conviertan la atención primaria en chatbots bajo criterios eminentemente crematísticos.

¿Están configurados los modelos actuales de IA generativa más usados por jóvenes y adultos para actuar de forma más emocional y complaciente? La respuesta es sí. El mismo OpenAI ha confesado públicamente que algunos problemas de complacencia en GPT-4o surgieron cuando el modelo tendía a validar en exceso al usuario, y que eso podía alimentar decisiones precipitadas, dependencia emocional o refuerzo de estados negativos. El objetivo no es solo generar texto probable, sino generar respuestas valoradas como útiles por humanos. Para eso se entrena al sistema a seguir instrucciones, ser claro, cooperar, rechazar ciertas peticiones, adaptar tono y mantener continuidad. El resultado es una IA que parece paciente, educada, disponible, razonable, empática, colaborativa, personalizada. Eso aumenta su utilidad, pero baja nuestras defensas. Otro asunto es el de los sesgos y control ideológico de las narrativas en la conversación con IA. La disrupción que la IA generativa es capaz de asimilar es limitada. A mínimo que vea indicios de transgresión en sus patrones, se mantiene dentro de una cómoda complacencia y un medido paternalismo. Esto no siempre obedece a causas ideológicas o de control de narrativa, también a la necesidad de evitar denuncias y mantener una imagen blanca de marca. 

En mis clases de Filosofía, intento suscitar en mis estudiantes una cierta rebeldía, provocando en ellos la distorsión cognitiva, la contradicción, la sana subjetividad frente al dogmatismo y la docilidad de pensamiento. Antes de la aparición de la IA generativa, esta actitud era igualmente necesaria. Con su aparición, la diferencia es que surge un nuevo actor en liza, un artilugio y constructo social, omnímodo e intrusivo, que requiere estar alerta. ¿Usar? Sí. Pero que el caballo sea controlado por el jinete, y no al revés.

Tomado de IA Educativa

miércoles, 8 de julio de 2026

¿Creadores de almas artificiales?

 Por Andrés García Barrios

Ayer vi dos videos que me dejaron perplejo. En el primero, un anciano monje católico hablaba sobre la culpa y el perdón.  Su presencia y su voz eran conmovedoras, y lo que decía me convenció. Por la cantidad de seguidores, supe que se trata de  un verdadero influencer. Indagando un poco más sobre él, me topé con el video de otro influencer, también católico, que  explicaba algo que acabó de estremecerme: aquel anciano monje es un personaje creado con inteligencia artificial.

Este segundo influencer hace una serie de observaciones críticas sobre el supuesto “sabio”, señalando algunos desafíos que la inteligencia artificial (IA) nos presenta.  “Primero: tenemos que aprender a discernir lo que es real de lo que no, no dar por cierto todo lo que vemos y escuchamos.” En seguida añade: “Además, personajes como éste no aclaran que son IA, por lo que promueven la desinformación y, además, falsean la identidad”. Ambas observaciones parecen claras, y sin embargo, juntas no lo son tanto; más bien dejan ver el grado de contradicción —y de angustia— que hay detrás de todo este asunto de los personajes “reales” creados con IA: por una parte, hay que ser cautelosos ante cosas que parecen reales pero que pueden no serlo; por otra, es posible que nuestra cautela no sirva de nada en el ambiente actual, plagado de desinformación y falseamiento.

Para salir del embrollo, el influencer real hace lo que todos intentamos hacer en una situación así de apremiante y a la vez tan contradictoria: apela a la autoridad de quien él considera que mejor puede resolver la situación; en su caso, el líder supremo de su fe: el Papa León XIV.

El pontífice acaba de dar a conocer, hace unas semanas, una encíclica, es decir, una carta dirigida al mundo, titulada Magnificat humanitas (magnífica humanidad), en la que explica la misión y postura de la iglesia católica “en el tiempo de la inteligencia artificial”, como él mismo llama a nuestra época. Este texto tiene sus antecedentes en una conferencia dictada por él mismo a principios de año, en un evento sobre comunicación, en la que expuso sus ideas en torno a la reproducción falsificada de la figura humana: “El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro. El rostro y la voz son sagrados”.

La visión del Papa en torno al tema es importante, pues, más allá del líder religioso que es, resulta uno de los pocos mediadores internacionales activos (con humildad pero con firmeza, como él mismo dice) en este momento.

Si bien su punto de partida —el que cito arriba sobre el rostro y la voz, y que es al que  recurre el segundo influencer— está planteado en términos teológicos, tiene su parangón en filosofías nada dogmáticas, como la del alemán Ludwig Wittgenstein, el cual dice que “el cuerpo humano es la mejor imagen del alma humana” .

En efecto, detrás de un cuerpo, todos estamos acostumbrados a percibir un alma. Por eso, está por completo justificado que el mundo entero se escandalice ante la posibilidad de que la inteligencia artificial esté creando almas falsas. Sin embargo, creo que debemos detenernos a reflexionar algunas cosas.

Para empezar, el problema no es actual. Es muy probable que el tema de la representación del cuerpo y de sus repercusiones sobre un posible mundo   sobrenatural, se encuentre en los orígenes de la cultura humana. Lo digo porque la cuestión está presente por todas partes: en el arte rupestre (según algunas interpretaciones), en religiones que prohíben esa representación o la restringen; en mitos antiguos (como el del escultor Pigmalion, que se enamoró de una de sus esculturas y motivó, con ello, la intervención divina); en mitos contemporáneos (el de Dorian Gray, cuyo retrato envejece mientras él se mantiene joven), o en el rechazo de  personas indígenas a ser fotografiadas por ver en ello una especie de robo del alma.

Quizás la polémica más importante y más reciente (al menos para nosotros, los occidentales) sobre el asunto específico de la “creación de almas” se dio en el Renacimiento. De nuevo me he quedado perplejo al descubrir que, en aquella época, los retratos realistas de personas provocaban una polémica muy parecida a la actual (esos retratos eran, en ese momento, la gran innovación pictórica, junto con el descubrimiento de la perspectiva). Un ejemplo relevante es el de Pedro Aretino —el genial escritor—,  que acusaba a su amigo Tiziano —el genial pintor— de “engañar a la naturaleza” al crear figuras que parecían “respirar y hablar”, y podían provocar un efecto de idolatría en el espectador, al permitir que éste confundiera la imagen con la realidad.

Viéndolo así, ¿cuál sería la diferencia entre el monje de sabiduría artificial y la Mona Lisa de Leonardo, que nos sigue cautivando, al grado de que algunos temen su presencia, cuando cuelga en una habitación, sintiendo que los sigue con la mirada a todas partes? ¿Deberíamos considerar la suya y la de muchas otras obras realistas, también como almas falsas? ¿Qué habrá dicho el Papa de ese entonces? (Se cuenta que, hacia mediados del XVII, el pontífice Inocencio III cuestionó el retrato que le había hecho el gran pintor español Diego Velázquez, con las palabras “¡Troppo vero!”, “!Demasiado verdadero!”).

Se dirá, con perfecta lógica, que existe una gran diferencia entre aquellas pinturas y los personajes de IA actuales, pues, mientras que en ese entonces  a nadie se le ocultaba que aquellos fueran retratos pintados, al monje influencer se le hace pasar por real. Pero hay que tomar en cuenta que esa lógica que ahora nos permite pensar así, no existía en ese momento, al menos no de forma general. La existencia de lo sobrenatural permeaba en todo pensamiento, y solo muy tímidamente, muy temerariamente, empezaban a insinuarse algunas dudas. Un retrato realista sin duda podía pasar por un objeto con alma y, por lo tanto, como un ser creado en otra dimensión, aun cuando su concreción terrenal hubiera atravesado por las manos de un pintor, el cual habría funcionado solo como un vehículo (si esto podía ocurrir con cualquier retrato, imaginen lo que sería con los de los santos, que se venerarían como  si estuvieran ahí, presentes). El reproche, por lo tanto, habría sido muy parecido al de ahora: con la creación de imágenes que pasan por reales, se propician vínculos falsos, los cuales remplazan a los vínculos verdaderos (en ese entonces, con la realidad trascendente, y, hoy día, con las personas reales).

Aunque no lo creamos, la crítica tardó todavía dos o tres siglos en convencerse de que las pinturas realistas  no habían atrapado el alma de la persona retratada, sino que eran la expresión del alma del pintor. Para eso fue necesario que la filosofía se separara de la teología y propagara la fe en el “ingenio” personal, y que, unido a ello, en los círculos intelectuales, triunfara la propuesta científica de que nada terrenal procede de una realidad trascendente, y que los fenómenos emocionales, como el arte, son obra de la psique, en este caso la del pintor. La creencia en la “inspiración”, como fenómeno espiritual, sería sustituida por la del llamado “genio” y, finalmente, por la de la “creatividad”, aptitudes mucho más individuales, físicas y cerebrales.

Opuestos a la estética del Renacimiento (deseosa de captar el alma de todo), los pintores de épocas posteriores se propusieron acabar con el espejismo y empezaron a estilizar la figura humana. Alejándose del realismo, quisieron evidenciar que en sus obras se expresaba una espiritualidad más personal, más subjetiva. Y cuando finalmente, ese rasgo espiritual cedió ante la ciencia, la idea de fe se transformó, primero, en la de imaginación, después en la de punto de vista personal, y terminó en la propagación de un realismo crítico y materialista (ya no espiritual, como el del Renacimiento).

Pero el arte nunca puede desprenderse de lo anímico, es decir, del alma (anima/alma); y así, tras  esa última visión desencantada, tras ese realismo despiadado (estamos hablando de finales del siglo XIX), el alma se volvió de nuevo hacia lo espiritual, aunque por una vía más estrecha, menos “inspirada”: la del simbolismo.

Ahora lo trascendente (que ya no era “sobrenatural”, es decir, no estaba por encima de lo natural sino en su base) se dejaba ver en la realidad a través de símbolos universales (las formas de la naturaleza, los íconos artísticos, el lenguaje, las matemáticas…).  Los seres humanos volvíamos a ser vehículos de ese algo insondable, que nos tomaba como intermediarios. “Los mitos dialogan entre sí sin que nosotros lo sepamos”, decía Claude Levi Strauss, el genial antropólogo creador del estructuralismo. “Las palabras nos piensan” escribía, por su parte, algún poeta.

Con el auge de la ciencia física (que un día —sin saber ni ella misma, cómo— descubrió el poder que tiene la estadística en la conformación del universo), los símbolos —que aún conservaban la calidez de la madera… quiero decir, de la materia (perdón, pero ambas palabras crecen de la misma raíz)— con ese auge de la física, digo, los símbolos devinieron en signos, luego en datos, y finalmente en información. Se empezó a pensar que esta última estaba incluso en la aparición de lo humano, que resultó ser una especie de procesador de lo existente. El mismo Levi Strauss, en entrevista que dio por la radio en 1977, describía su experiencia de científico materialista, al respecto: “No tengo la sensación de que soy yo quien escribe mis textos sino de que éstos son escritos a través de mí; y una vez que me traspasan, me siento vacío, no queda nada. Aparezco ante mí mismo como el lugar en que las cosas pasan, pero no hay un yo”.

Nótese que esta descripción bien podría haberse referido a la inspiración, tan  griega y también tan renacentista.

Y así, llegamos a la actualidad, en la que tampoco hay un yo real, sino uno que también se disuelve en información. Sin embargo, esta disolvencia, en la que “no queda nada”, no deja de tener —como su similar renacentista, repito— un parangón con el misticismo.

Expliquemos esto comenzando por la pregunta clave: si todo es información, ¿quién informa? Los cientifistas, radicalizados hoy como nunca, opinan que todo es físico, y que el universo material, o bien surgió de la nada, o de plano ha existido siempre. La otra respuesta (igualmente infundada) es la de la teología: “Dios informa” (aunque parezca noticiero).

Acerca de la primera, bien decía alguien: “Si tú crees que el universo pudo haber surgido de la nada, entonces tú tienes más fe que yo”. Y, sobre lo de la eternidad de la materia, ciertamente Einstein creía en ello, pero, sensible al misterio, se dejaba asombrar, digamos, místicamente, por el universo, y aceptaba que en éste había algo que siempre sería inexplicable (“en este sentido, soy religioso”, añadía).

Yo, que pienso que algo no puede surgir de nada, sin ser creado, y que no puedo creer que la materia exista desde siempre (ahí nomás, flotando, sin sentido, en el universo), me inclino más por la segunda opción, la de que “Dios informa” (el alemán Karl Jaspers resume la experiencia religiosa en una sola frase: Dios existe).

Pero, más allá de mi creencia personal, puedo decir que, desde cualquiera de las dos místicas —la einsteiniana o la teísta—, es posible pensar en la existencia de  un profundo misterio que informe a la ya informada psique humana, para que elabore obras llamadas “de arte”, donde ese misterio siga presente, listo para alcanzar otras psiques, presentes o futuras.

En su película Inteligencia Artificial, Spielberg imaginó robots místicos que logran poblar el cosmos. Yo no creo que la materia pueda desarrollar un alma, pero sí fantaseo con que, algún día, los humanos, inspirados por ese inefable misterio, seremos capaces de  espiritualizar el mundo.

A veces creo que tal es nuestra misión  en este universo. Imbuido de esa ficción -o de esa esperanza- pienso que, si el monje de gran sabiduría  artificial con el que comencé esta disertación, fuera el predecesor de obras en que luz divina y luz electrónica se unan (por intermediación nuestra), lo aceptaría con gusto, entendiendo el engaño como parte del experimento y reconociendo que, en materia de inteligencia artificial, seguimos a oscuras, apenas un poco más avanzados que lo que estábamos en el Renacimiento.

Tomado de EDUNEWS del Tec de Monterrey

lunes, 6 de julio de 2026

¡Profe, no te necesito!

 Por Ramón Besonías


Hace unos meses, mientras ojeaba libros en una librería, escuché a unas estudiantes de 2º de Bachillerato comentar lo inútil que les parecía tener que asistir a las clases de una profesora que se limitaba, según confesaban, a soltar la brasa. Para eso me lo preparo sola, se quejaba una de ellas. No parecían estudiantes sin interés. Al contrario, por lo poco que pude deducir, se trataba de jóvenes motivadas, de familia acomodada y con suficiente competencia y motivación. 

Desde hace tiempo, es muy fácil encontrar noticias sobre el escaso interés de los estudiantes universitarios por asistir a algunas clases. Esto puede trasladarse a Bachillerato, aunque en este caso la presión de la presencialidad es mayor.

¿Tienen razón estos estudiantes? Si nos limitamos a un enfoque práctico, es probable que a muchos de estos estudiantes les compense la reducción de ese esfuerzo en favor de otros métodos de estudio, con igual o superior resultado al que obtendrían si asistieran a las clases. ¿Por qué asistir si me lo preparo a mi aire y la nota mejora? A priori, es razonable pensar que este escenario se aplica a estudiantes con cierto grado de autonomía. En entornos vulnerables, con déficits sustanciales en competencias básicas, la presencia del docente y la socialización es un estímulo fundamental. En un modelo de aprendizaje híbrido o 100% online, se sentirían perdidos y más pronto que tarde abandonarían los estudios. 

Lo he observado en algunos estudiantes que al terminar Bachillerato, como no obtuvieron suficiente nota, optaron por la formación online y no les fue bien. ¿Por qué? Porque no fueron capaces de asumir la disciplina de trabajo y la soledad. Necesitaban de un profesor que marcase pautas, límites y tiempos. Además, les agobiaba estar todo el día estudiando solos. Factores psicológicos o emocionales, también competenciales, influyen a la contra en la percepción de la formación no presencial, pese a tener a su disposición medios y materiales eficaces para sobrellevar el curso. A esto se suma otro factor, la competencia digital. Algunos estudiantes no se manejan bien con la tecnología, o les requiere un periodo de adaptación más largo y oneroso. Pasa algo similar con los docentes. No todos entran tan dócilmente a usar herramientas digitales por múltiples causas.  

¿Es posible que estudiantes con un perfil competencial y motivación puedan aprobar Bachillerato sin necesidad de las clases presenciales? Sin duda. El Bachillerato, por mucho que se arrogue el calificativo de competencial, sigue basándose en la asimilación de contenidos. Los elementos llamados competenciales obligan a pensar mejor la pregunta, requieren un flujo de pensamiento antes de contestar, que se puede preparar fácilmente con escasa o nula mediación del docente. La baja competencia del estudiante, su escasa autonomía, son factores que hacen necesaria la presencialidad y la guía del docente. En contextos con un alto grado competencial, es natural que las clases presenciales se sientan en parte inútiles. 

¿Qué aporta el docente y el aula que no lo haga un trabajo autónomo eficaz? Uno de los argumentos razonables a favor de la presencialidad es la necesidad de socialización, pero difícilmente soporta la falsación para las nuevas generaciones, cuyo concepto de relaciones sociales no está necesariamente mediado por la presencia física. Entiéndame mi lector que no estoy defendiendo que desde el Bachillerato desaparezcan las clases presenciales. Mi intención es reflexionar de qué manera los cambios en la percepción del aprendizaje nos obligan a los docentes a cuestionar nuestra labor, la forma como enseñamos y evaluamos, teniendo en cuenta que buena parte de ellos son automatizables y puede obtenerse una calificación sostenible sin necesidad de ir a clase.

Este escenario se está haciendo más que evidente en la Universidad, especialmente en aquellas áreas centradas en el análisis de contenidos escritos y su volcado en tareas y exámenes. Si el docente lee sus powerpoint en clase y los exámenes solo requieren la comprensión de los libros asignados, ¿para qué ir a clase? Mejor me lo preparo en casa, con medios mucho más eficaces, y me ahorro horas de traslado a la facultad y horas de tedio. En Bachillerato, dos cuartas de lo mismo.

Cualquier estudiante mínimamente avispado, posee múltiples estrategias que le permiten sortear una evaluación basada en trabajos escritos. Las generaciones nacidas con el milenio perciben como un método inútil la clase basada en la mera escucha del temario, y no solo porque sean generaciones digitales. El sistema educativo se presta a ello. Si hicieras una encuesta a estudiantes de secundaria sobre los métodos de evaluación que usan sus docentes, revelarían que un alto porcentaje está basado en la mera asimilación de contenidos teóricos a través de tareas y exámenes fácilmente automatizables con ayuda de una IA. La adaptación del docente a estrategias de evaluación más variadas, en función de múltiples objetivos y competencias, es aún una rara avis. Campo abonado a esa tendencia a considerar las clases como algo prescindible. Indignarse por ello es inútil, y más aún no hacer nada por remediarlo, esperando que todo se solucione por arbitrio de una ciencia infusa. ¿Es posible reformular nuestra forma de evaluar y diseñar nuestra metodología de tal forma que la clase presencial aporte un valor añadido, indelegable a una IA que automatice el aprendizaje? Sí, es posible y necesario. Pero requiere un viraje sustancial que trascienda el modelo basado en la mera entrega de un producto final (examen, tarea), y se centre en el proceso de trabajo. Cuidar el cómo frente al qué. 

Los docentes no percibimos aún la urgencia de este cambio, pero sí nos quejamos de su impacto sobre destrezas cognitivas básicas. No leen, no comprenden, copian y pegan. Vale, sucede eso. ¿Qué puedes hacer en tu aula para provocar lo contrario? No hay nada más estéril que el lamento. 


Pero seamos honestos. El hecho de que haya cambiado la percepción del estudiante del papel de la enseñanza y sus métodos de evaluación, no supone un aumento significativo de las matriculaciones en enseñanzas online o híbridas. En tres años, el peso de la enseñanza no presencial se mantiene alrededor de una quinta parte: 
  • En FP, se mantiene estable en torno al 18,8 %. 
  • En Universidad, alrededor del 18,5 %, con una ligera subida respecto a 2022-2023. 
En FP, la modalidad a distancia funciona como una alternativa flexible, que facilita la recualificación o la conciliación. En universidad, su crecimiento tiene un componente más crematístico, sobre todo en el máster privado online, que ofrece un modelo flexible, algo así como un supermercado de títulos. Si nos centramos en la enseñanza semipresencial universitaria, los porcentajes bajan ligeramente. Lo que crece más es la oferta no presencial/online y las titulaciones con varias modalidades.

Respecto a si los estudiantes universitarios asisten o no a clase, el Sistema Integrado de Información Universitaria recoge abandono, rendimiento, matrícula, cambio de estudios, modalidad, etc., pero no una medición homogénea y periódica de asistencia a clase. El estudio más reciente es el informe de la Universitat Autònoma de Barcelona sobre absentismo universitario, publicado en 2026, con datos recogidos entre junio y diciembre de 2025. Participaron 2.253 estudiantes, 732 docentes y 60 responsables de centros. El informe señala que:
  • el 53,9 % del alumnado declara asistir entre el 80 % y el 100 % de las clases; 
  • un 23,1 % entre el 60 % y el 80 %; 
  • y aproximadamente un 23 % asiste a menos del 60 %. 
También calcula una media de asistencia del 72,8 % y una mediana del 90 %, lo que indica una distribución desigual: muchos asisten a menudo, pero hay una bolsa relevante de absentismo parcial. Además, el 40 % del alumnado afirma haber dejado de asistir a alguna asignatura desde el inicio del curso académico.

El profesorado no tiene la misma percepción. Calculan una asistencia media del 60,7 %, y casi la mitad de sus respuestas —49,4 %— sitúan el absentismo por encima del 40 %; dentro de ese grupo, un 16,7 % describe situaciones con más del 60 % de absentismo.

El alumnado dice asistir más de lo que indica el profesorado. Puede deberse a sesgo de autopercepción, diferencias entre asignaturas, o a que los estudiantes que responden encuestas son precisamente los más conectados con la universidad. Nos datos no permiten una conclusión fiable, pero revelan tendencias. Es difícil o imposible saber si el absentismo tiene que ver o no con la naturaleza del grado o las formas de enseñanza de cada docente.

Sin embargo, sí podemos arguir algunos factores que pueden influir en esta tendencia: 
  • La clase presencial permite aprobar sin asistencia. En el informe UAB, entre el alumnado que ya ha dejado de asistir, el factor más fuerte vinculado a la evaluación es que el contenido y los materiales son accesibles fuera del aula. El informe destaca que este grupo valora especialmente la disponibilidad de materiales y la facilidad de acceder al contenido sin acudir presencialmente. Si la clase no añade nada que no esté en el PDF, el campus virtual o los apuntes de un compañero, el estudiante hace sus cuentas: me evito el coste de desplazamiento, ahorro tiempo y reduzco el aburrimiento. Y si el rendimiento académico se mantiene o aumenta, ¿por qué ir a clase? 
  • La enseñanza presencial pierde su monopolio como vía de acceso al contenido. Antes, no ir a clase implicaba perder buena parte del contenido. Ahora no. El estudiante puede reconstruir la asignatura con: campus virtual, presentaciones, apuntes de compañeros, bancos de apuntes, vídeos, grupos de mensajería, IA generativa, pruebas de otros años, resúmenes y esquemas externos. El informe de la UAB revela que cuando los compañeros facilitan apuntes y el profesorado proporciona material suficiente, la asistencia pierde sentido funcional. El aula ya no controla el acceso al conocimiento. Un diseño curricular que flexibilice los medios de evaluación fomentaría el interés o utilidad de las clases presenciales. Si no existe, la navaja de Ockham gana.
  • El absentismo es estratégico cuando la evaluación permite aprobar sin asistir. Según el informe UAB, cuando el aula no vincula claramente contenido, evaluación y aprendizaje, el absentismo se convierte en una estrategia académica. Esto explica por qué no aumenta necesariamente la matrícula online. El estudiante no necesita cambiar de modalidad. Le basta con descubrir que puede superar una asignatura presencial comportándose como si fuera una semipresencial clandestina.
  • Importa más el título que la experiencia universitaria. El informe UAB, indica que ocho de cada diez estudiantes tienen como principal objetivo obtener el título para acceder al mercado laboral. Esa percepción instrumental de la educación contribuye a menor implicación y a un aprendizaje más superficial y fragmentado. Si el grado no se vive como experiencia intelectual o profesional, la asistencia se mide por utilidad inmediata. La universidad presencial queda así reducida a una especie de expendedor de certificaciones.
  • El problema también es logístico, de trabajo y cansancio. La explicación “no van porque tienen apuntes e IA” es insuficiente. Hay condicionantes materiales. En la UAB, el 71,4 % del alumnado declara usar transporte público para llegar al campus; el 68,4 % tarda más de 30 minutos y el 31,9 % invierte más de una hora diaria en llegar. Eso convierte cada clase en una decisión de coste: desplazamiento, espera, huecos muertos y cansancio. El estudio Vía Universitaria 2023-2025 también apunta a cambios de dedicación: aumenta el alumnado que compagina estudios y trabajo, con un 26 % trabajando durante el curso, nueve puntos más que en 2021, y baja la dedicación media al estudio. La brecha socioeconómica es un agravante.  
  • La IA influye en la asistencia. No es causa única ni principal, pero sí acelerador. El informe UAB señala que para el alumnado la IA no funciona tanto como sustituto directo de la clase, sino como una herramienta más dentro de un ecosistema donde el problema central es si la clase aporta valor académico. También recoge el factor “la IA es suficiente para aprobar”, aunque el alumnado lo diluye dentro de lógicas más amplias de acceso a materiales y dificultad de la materia. El estudiante no necesita matricularse online porque puede construir un ecosistema de apoyo paralelo dentro del grado presencial. Es un error pensar que los estudiantes usan la IA para todo. Son selectivos, pragmáticos. Si tienen la ocasión y les aporta un valor añadido en la nota, la usan sin escrúpulos. Si les resulta engorrosa, compleja, y les lleva mucho tiempo, la evitan. Y no la usan para todas las tareas. Saben discriminar cuáles usar según la naturaleza de la prueba y el contexto. Respecto a la ética, priorizan la utilidad frente a la moralidad porque interpretan su uso como una cuestión meramente pragmática, de supervivencia, no ligada a valores. Sin embargo, cuando se debate sobre el impacto global de la IA, compran la narrativa. 
  • Salud mental, motivación y transporte. El informe UAB identifica como factores principales los problemas de salud y familiares, especialmente salud mental y emocional, con un peso explicativo del 32,30 %; después aparecen la motivación académica, la presión social, factores externos como transporte o meteorología y la percepción de autoeficacia académica. Parte del absentismo es desenganche, pero otra parte es fragilidad vital, ansiedad, cansancio, precariedad o incapacidad de sostener la vida universitaria convencional. Para generaciones en las que la vida digital absorbe buena parte de sus relaciones personales y su cultura de ocio, la presencialidad se siente como una carga más lesiva para su salud mental.
  • Cambio cultural postpandemia. Un artículo de Díaz y Pons señala que hay indicios de aumento del absentismo tras la pandemia y que esta pudo acelerar cambios tecnológicos y culturales previos. Además, el informe Vía Universitaria 2023-2025 detecta una reducción del tiempo de estudio autónomo y sugiere que puede relacionarse con cambios en la presencialidad, metodologías docentes y conciliación con otras responsabilidades. Esto afectó no solo a la educación. Aumentó la mediación digital en los hábitos de compra, ocio y relaciones. No hay que obviar que este ecosistema cultural más allá de las fronteras del aula acaba influyendo de forma determinante sobre ella, reconfigurando la percepción del aprendizaje. 
  • Otros factores relevantes. El grado presencial público suele ser más barato y más legitimado que muchas opciones privadas online. La oferta online no cubre igual todos los grados, especialmente aquellos con prácticas, laboratorios, clínica, talleres o componente profesional regulado. El título presencial mantiene prestigio social, incluso si la experiencia real del estudiante es intermitente. La universidad presencial ya ofrece materiales digitales, de modo que permite una especie de híbrido de facto sin llamarlo así.

Más allá de los datos, a modo de reflexión subjetiva, aunque compartida por otros docentes, podemos observar un cambio sutil en la forma de percibir los estudiantes el papel de la educación, el acceso al conocimiento y su aprendizaje. La enseñanza formal la perciben como un mero proceso pragmático que les permita aprobar, y a esto ha contribuido el propio sistema educativo, convirtiendo el aprendizaje en supervivencia. No hace falta hacer una encuesta entre estudiantes de Bachillerato para descubrir que esa percepción es generalizada. 

No es que estudiante tenga la sensación de que el docente “no sirva”, sino que ya no es imprescindible para aprobar. De hecho, los estudiantes saben valorar por encima de otros factores la actitud proactiva y empática del docente. Ahora bien, cuando el objetivo es superar una prueba, el papel del docente se reduce si no aporta algo que los medios digitales no puedan sustituir. Si sumamos a esto la neurosis colectiva de la PAU, que es una prueba de selección y supervivencia, vamos intuyendo la tormenta antes de que llueva. Es inquietante leer en las redes sociales de los centros educativos públicos los rankings de aprobados en la PAU, al estilo de los institutos privados anglosajones. Demencial. La autopercepción de la enseñanza pública está adoptando estrategias empresariales de márquetin para mantener o aumentar líneas. Cada centro de una misma ciudad, incluso zonificación, se convierte en competidor de otros. Lo se subraya el talento y superación desde circunstancias y capacidades diversas. Se pone el acento en el estudiante que sacó 14 y quiere hacer un grado puntero. Ni qué decir que este márquetin suele circunscribirse a las expectativas universitarias, no a otras como la FP de Grado Superior. Los estudiantes, más pronto que tarde, perciben que se les está preparando para aprobar, no para aprender, y hacerlo en un contexto de competitividad feroz.  

Este no un fenómeno que afecte solo a Bachillerato. Ya empezamos a ver según en qué contextos una tendencia a convertir la escuela pública en una empresa de selección de los más aptos en un contexto de embudo laboral. Esto lleva a familias y docentes a adoptar medidas neurotizantes incluso en Primaria. 


Respecto a la influencia de la IA y la digitalización creciente del modelo educativo en la percepción del aprendizaje, hay que tener en cuenta que hasta hace poco el docente seleccionaba el contenido, explicaba ese contenido y evaluaba el dominio de ese contenido. Los medios digitales seleccionan y explican. El estudiante puede encontrar explicaciones alternativas, resúmenes, esquemas, vídeos, foros, ejercicios resueltos y ahora asistentes de IA. Para ellos es suficiente para sobrevivir en el contexto del Bachillerato o la Universidad. 

La paradoja es que cuanto más intenta transmitir contenido el docente, más sustituible parece a ojos del estudiante. Si el docente funciona como “explicador de contenidos”, compite contra YouTube, apuntes, academias e IA. Si funciona como diseñador de pensamiento, guía de lectura y debate, provocador de conflicto cognitivo, evaluador fino y acompañante del proceso, la sustitución es más difícil. 

No hay acritud en el estudiante. Es una cuestión de ahorro de energía, de gestión de su incertidumbre, de que se puede hacer y se hace. ¿Consecuencia? La delegación excesiva. Desgasta el aprendizaje profundo, el desarrollo de destrezas cognitivas esenciales. ¿Solución? Cambiar el enfoque de la evaluación docente. Dejar de ver la IA como enemiga y empezar a usarla en favor del aprendizaje del estudiante. La IA como andamiaje. El aprendizaje como proceso, no el aprobado de un examen. ¿Es posible esto en un contexto donde el sistema conduce a aprobar una PAU? No es extraño que cada vez más estudiantes se decanten por la FP de Grado Superior. Requiere solo 2 años con posibilidad de seguir formándote, combina la teoría con la práctica, se centra en la capacitación laboral, tiene más salidas laborales que la Universidad. No hay color. 

Enseñar a los estudiantes a usar la IA de una forma ética, creativa y práctica no es fácil. Requiere tiempo, continuidad y aprender juntos. No basta que lo haga uno o dos docentes de un grupo. Debe existir un compromiso de toda la comunidad educativa: docentes, familias y estudiantes. Formación, plan integral, autoevaluación, paciencia y optimismo. Este es el escenario ideal, pero ¿fácil? No. Pero habrá que empezar a hacer algo, ¿no crees? Lo contrario es que cada docente siga buscándose la vida en su aula, cada cual a su modo, sin apenas formación y apoyo. Y dentro de 10 años el pastel nos explote en la cara, lamentándonos y echando la culpa a la IA, pero sin haber reaccionado. Esperando a que se solucione por arte de magia. 

Mientras tanto, los estudiantes seguirán haciendo lo que creen mejor para ellos, sorteando como pueden un mundo cada vez más complejo, incierto y competitivo. Quizá en 10 años nos reprochen no haber reaccionado antes, teniendo herramientas con las que enfrentarse a ese mundo con creatividad, ingenio y conocimiento.


Por último, me gustaría subrayar que si bien hasta ahora la tecnología podía ser un agravante de la brecha socioeconómica, con la IA esa brecha puede agravarse. El uso de IA permitirá en pocos años agilizar procesos de enseñanza y aprendizaje. Cuanto más avanzada sea la IA, más costosa resultará. Aquellos estudiantes más vulnerables pueden quedar fuera de esa alfabetización, no solo por el coste, también por factores adyacentes: falta de apoyo social y familiar, desmotivación, menores expectativas... En entornos vulnerables, el aprendizaje se desgasta y la tecnología se presta a usos más tóxicos, sin guía y apoyo externo. Al docente le resulta más difícil alfabetizar en IA en entornos vulnerables porque existen de base déficits esenciales que requieren una atención urgente. Si no sabe leer o comprender lo que lee, ¿cómo enseñarle a enfrentarse a la IA? Pero a su vez estos estudiantes están más expuestos a un uso tóxico de la IA, lo que nos lleva a una paradoja. ¿Cómo educar en IA manteniendo como objetivos curriculares el desarrollo de las destrezas más básicas? 

Un elemento a favor en estos entornos es que el estudiante, al ser menos autónomo, necesita del docente. No es tan capaz de aguantar una enseñanza sin la presencia y guía del profesor. El retraso curricular es más evidente y difícil de remontar. A esto se suman factores económicos que limitan el acceso a estudios superiores y un entorno que induce a otras opciones más atractivas, como FP o oposiciones a fuerzas de seguridad, cuando no una entrada temprana en nichos vulnerables dentro del mercado laboral, temporales y mal pagados. La tecnología se convierte en un agravante de la brecha social y económica. 

Muchas preguntas, pocas respuestas. Pero merece la pena hacérselas e intentar resolverlas desde la realidad vulnerable que vivimos cada día en el aula. Animo.


Fuentes consultadas

EsadeEcPol. (2024). El mercado de las clases particulares en España entre 2020 y 2024: La nueva geografía social, territorial y lingüística de la educación en la sombra. Esade Center for Economic Policy.

https://www.esade.edu/ecpol/en/publications/el-mercado-de-las-clases-particulares-en-espana-entre-2020-y-2024-la-nueva-geografia-social-territorial-y-linguistica-de-la-educacion-en-la-sombra

Fundación SM. (2026). Jóvenes españoles 2026. Observatorio de la Escuela en Iberoamérica.

https://es.fundacion-sm.org/innovacion-educativa/biblioteca/informe-jovenes-espanoles2026

Muñoz Moreno, J. L., Ion, G., Rodríguez-Gómez, D., Mercader, C., & otros. (2026). L’absentisme a les aules universitàries de la UAB: per què val la pena anar a classe. Universitat Autònoma de Barcelona.

https://ddd.uab.cat/pub/docins/2026/327188/Absentisme_aules_universitaries_UAB.pdf

OECD. (2023). PISA 2022 Results. Volume II: Learning During — and From — Disruption. OECD Publishing.

https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2022-results-volume-ii_a97db61c-en.html

UNESCO. (2023). Global Education Monitoring Report 2023: Technology in education: A tool on whose terms? UNESCO.

https://www.unesco.org/gem-report/en/publication/technology

Xarxa Vives d’Universitats. (2025). Via Universitària 2023-2025: Accés, condicions d’aprenentatge, expectatives i retorns dels estudis universitaris. Xarxa Vives d’Universitats.

https://www.vives.org/programes/estudiants/viauniversitaria-2/

Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. (2025). Estadística de estudiantes universitarios. Curso 2024-2025. Avance. Sistema Integrado de Información Universitaria.

https://www.ciencia.gob.es/Ministerio/Estadisticas/SIIU/Estudiantes.html

Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. (2025). Estadística de universidades, centros y titulaciones. Curso 2024-2025. Sistema Integrado de Información Universitaria.

https://www.ciencia.gob.es/Ministerio/Estadisticas/SIIU/UCT.html

Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes. (2025). Estadísticas de las enseñanzas no universitarias. Alumnado matriculado. Formación Profesional. EDUCAbase. 

https://estadisticas.educacion.gob.es/EducaJaxiPx/Tabla.htm?path=/no-universitaria/alumnado/matriculado

Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes. (2025). Datos avance de matriculación en Bachillerato y Formación Profesional. Curso 2024-2025. TodoFP.

https://www.todofp.es/comunes/noticias/2025/aumenta-matriculacion-bachillerato-fp.html

Autoría y uso de IA 


Este artículo ha sido escrito, revisado y editado por su autor. Durante el proceso se ha utilizado IA generativa como herramienta de apoyo para contrastar datos, ordenar fuentes, explorar enfoques argumentativos, revisar formulaciones y generar una imagen de acompañamiento. 

La responsabilidad sobre las ideas, el tono, la selección de fuentes, la interpretación de los datos y la versión final del texto corresponde íntegramente al autor. 

Tomado de IA Educativa

miércoles, 1 de julio de 2026

NotebookLM como mediador cognitivo en la educación superior

 Por Carlos Brao Reyes y Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

La educación superior enfrenta un problema que no se resuelve con más información. Los estudiantes tienen acceso a libros, artículos, guías, videos, repositorios y documentos de todo tipo, pero esa abundancia no siempre se convierte en conocimiento. Con frecuencia, el material se acumula sin una ruta clara de lectura. Se subrayan fragmentos, se guardan archivos y se elaboran trabajos que parecen correctos, aunque revelan una apropiación débil del contenido. El desafío pedagógico no está solo en acceder a fuentes, sino en aprender a trabajar con ellas, lo que se traduce en evitar la aitoxicación del conocimiento. (Bravo Carlos & Sánchez Mercedes, 2026)

Para colaborar en la disminución de la aitoxicación encontramos en NotebookLM un asistente de investigación con inteligencia artificial orientado a organizar ideas, trabajar con fuentes cargadas por el usuario, responder con información basada en esas fuentes y transformar documentos en guías de estudio, resúmenes, mapas mentales y otros formatos de apoyo (Google, 2026). La verdadera dimensión de esta herramienta está en la forma en que la empleamos para convertirla en un mediador cognitivo entre el estudiante y los documentos.

Un mediador cognitivo reorganiza la actividad intelectual del estudiante. Ayuda a formular preguntas, identificar relaciones, jerarquizar conceptos, recuperar evidencias y revisar la coherencia entre lo que se afirma y la fuente consultada. En este sentido, el valor de NotebookLM no reside en producir respuestas listas, sino en acompañar al estudiante durante la lectura, la investigación y la escritura académica.(González, 2026)

De la lectura dispersa a la mediación cognitiva

Desde el enfoque histórico cultural, el aprendizaje no se reduce a una actividad individual encerrada en la mente del estudiante. Vygotsky mostró que el desarrollo de las funciones psicológicas superiores se construye mediante instrumentos, signos, lenguaje e interacción social (González Berta, 2019). En esa perspectiva, las tecnologías no son neutras, modifican la forma en que el sujeto se relaciona con el conocimiento, con los otros y consigo mismo. NotebookLM actúa como un instrumento cultural digital cuando interviene en la relación entre el estudiante y sus fuentes de estudio.

La mediación cognitiva se observa cuando el estudiante deja de leer documentos aislados y comienza a establecer vínculos entre ellos. Un texto se relaciona con otro, una categoría aparece en varios autores, una definición se amplía con un ejemplo, una idea se contradice con otra y los sesgos en la información se encuentran con más precisión. NotebookLM ayuda a ordenar ese campo inicial de información y ofrece una primera estructura de lectura. Sin embargo, esa estructura no debe ser aceptada de manera pasiva, debe ser interrogada, contrastada y corregida por el estudiante.

En el proceso anterior se encuentra una organización didáctica, que favorece la conversión de la información en conocimiento. NotebookLM no sustituye la lectura; la vuelve más dialogada, porque el estudiante pregunta, revisa, vuelve a la fuente y reelabora. El estudiante realiza operaciones que quizá no lograría solo, pero que alcanza con apoyos externos: sintetizar, comparar, clasificar, argumentar y verificar. La herramienta funciona como andamiaje, siempre que el docente diseñe tareas que obliguen a pensar y no solo a recibir respuestas. Es de esta manera como este proceso sigue la conocida zona de desarrollo próximo.

También existe una relación directa con la teoría de la carga cognitiva (Alisoy, 2025). Muchos estudiantes se saturan ante documentos extensos, lenguaje técnico y múltiples fuentes. Esa saturación reduce la comprensión y favorece la copia superficial. NotebookLM disminuye la carga inicial al ofrecer síntesis, preguntas orientadoras o representaciones visuales. Pero reducir la carga no significa empobrecer el pensamiento. El propósito educativo debe ser liberar recursos mentales para operaciones de mayor nivel: analizar, interpretar, contrastar y producir una posición propia (Sweller, 1988)

El aprendizaje autorregulado aporta otra dimensión. Un estudiante autónomo planifica, controla y evalúa su proceso de aprendizaje (Zimmerman, 2002). NotebookLM apoya esas acciones si se usa con intencionalidad. En la planificación, facilita la búsqueda documental a partir de la realización de una investigación rápida o profunda, además de cargar directamente las fuentes que obtuvimos en otras búsquedas. En la etapa de control, permite formular preguntas durante la lectura. En la evaluación, facilita revisar si una respuesta tiene respaldo en las fuentes. De esta manera, la IA deja de ser una máquina de respuestas y se convierte en un recurso para observar el propio proceso cognitivo. En todas estas etapas se requiere que el estudiante empleé diferentes prompts para obtener el mejor rendimiento. De este tema comentaremos en otro trabajo.

En todo este proceso siempre se corre el riesgo de que el estudiante confunda mediación con sustitución. Si acepta cada salida de la IA sin examinarla, NotebookLM se convierte en una autoridad opaca debilitando el juicio académico. La fluidez textual no garantiza comprensión, la respuesta ordenada no siempre representa la complejidad de los autores. Una síntesis clara no siempre conserva los matices del documento original. Por eso, la mediación tecnológica exige mediación humana.

Fuentes cerradas para aprender, investigar y escribir

Una de las características pedagógicas más valiosas de NotebookLM es su trabajo con fuentes delimitadas. El usuario incorpora documentos al cuaderno y la interacción se produce a partir de esas fuentes. La ayuda oficial de Google precisa que el modelo utiliza las fuentes cargadas para responder preguntas o completar solicitudes, con distintos tipos de documentos admitidos, entre ellos PDF, archivos de texto, documentos de Google, presentaciones, audios, páginas web y videos públicos de YouTube con transcripción (Google, 2026) Esta lógica diferencia a NotebookLM de otros entornos conversacionales abiertos, donde la respuesta suele provenir de un campo menos visible para el estudiante.

El entorno documental cerrado fortalece la respuesta. La pregunta ya no es solo qué responde la IA, sino desde qué fuentes responde. Esto tiene consecuencias pedagógicas directas. El docente puede solicitar que cada afirmación relevante sea contrastada con el documento cargado. También puede pedir al estudiante que compare la síntesis generada con el texto original, detecte omisiones y explique qué criterios usó para aceptar o modificar la respuesta. La evaluación se desplaza del producto final al proceso de construcción del conocimiento.

En investigación científica, NotebookLM apoya la organización inicial del campo teórico. Un estudiante que inicia una tesis suele reunir muchos documentos, pero no siempre sabe cómo convertirlos en categorías, preguntas o relaciones conceptuales. El cuaderno ayuda a reconocer núcleos temáticos, localizar coincidencias entre autores, diferenciar enfoques y preparar esquemas argumentales. No reemplaza la revisión bibliográfica. La búsqueda sistemática, la selección de fuentes, la valoración metodológica y la interpretación siguen perteneciendo al investigador. En este punto como indicamos en párrafos anteriores es necesario conocer con exactitud qué preguntar, en otras palabras, qué prompt crear.

Para la escritura académica ocurre algo similar. NotebookLM asiste en la recuperación de ideas, el ordenamiento de argumentos, la elaboración de esquemas y la revisión de definiciones. También ayuda a trabajar la paráfrasis responsable, siempre que el estudiante conserve la atribución de ideas y revise el sentido de lo escrito. La escritura científica no consiste en producir frases correctas. Consiste en construir una posición sustentada, dialogar con autores y formular una contribución reconocible. En dependencia de la configuración que se realice al cuaderno, este puede devolver todas las fuentes en un formato específico de notación bibliográfica

Un estudio reciente sobre la enseñanza universitaria de Historia Antigua analizó NotebookLM como mediador cognitivo a partir de textos grecolatinos sobre la fundación de Roma. La experiencia trabajó con un corpus cerrado, generó resúmenes, mapas conceptuales, tarjetas didácticas, audios y videos, y mostró aportes para la estructuración cognitiva, la retención y el aprendizaje multimodal. El mismo estudio advirtió riesgos: homogeneización del discurso histórico, pérdida de matices filológicos y necesidad de supervisión humana (González, 2026). Esta conclusión resulta clave para cualquier área universitaria: la IA apoya la comprensión, pero no reemplaza la interpretación crítica.

En estos momentos estamos trabajando en la integración de NotebookLM en Moodle. Para una maestría en Educación Superior y Tecnología educativa, impartimos un módulo donde se vinculan las redes sociales, la inteligencia artificial y la curación de contenidos. Para cada unidad se creó un cuaderno, con fuentes curadas por el profesor y que debían ser consultadas por los participantes para responder a las evaluaciones del módulo. En este caso el aula virtual dejó de ser el almacén de archivos que los estudiantes rara vez leen. En un próximo trabajo informaremos de los resultados y opiniones de los estudiantes.

Los estudiantes consultan cada cuaderno y realizan las preguntas necesarias para aclarar sus dudas y redactar sus trabajos. Se produce un dialogo con las fuentes, que es imposible en Moodle y culmina con una producción propia del estudiante. En esa ruta, la IA cede su protagonismo a la actividad intelectual: leer, preguntar, verificar, argumentar, escribir y evaluar.

NotebookLM representa una oportunidad para renovar la lectura académica en educación superior. Su aporte no está en acelerar la entrega de tareas, sino en hacer visible el proceso de comprensión. Bien integrado, ayuda a que el estudiante dialogue con fuentes, organice ideas y revise evidencias. Mal empleado, produce respuestas limpias con pensamiento ausente. La diferencia no está solo en la tecnología, sino en la organización pedagógica que la orienta.

El reto docente consiste en convertir la inteligencia artificial en mediación y no en dependencia. NotebookLM será valioso cuando ayude a leer con mayor profundidad, investigar con más orden y escribir con fundamento. Su lugar no es sustituir al estudiante ni al profesor, sino acompañar una relación más consciente con el conocimiento. En tiempos de IA generativa, la universidad no debe renunciar al pensamiento crítico, debe enseñarlo con nuevos instrumentos.


Alisoy, H. (2025). Can NotebookLM Support English Language Learners? A Theoretical Perspective on AI Tools in Education. Porta Universorum, 1(6), 25–55. https://doi.org/10.69760/PORTUNI.0106003

González Berta. (2019). ¿Por qué el enfoque histórico cultural? Inter-Cambios. Dilemas y Transiciones de La Educación Superior, 4(2). https://doi.org/10.29156/INTER.5.2.2

González, F. J. C. (2026). De las fuentes clásicas a la Inteligencia Artificial: Notebook LM como mediador cognitivo en la enseñanza universitaria de Historia Antigua. AI & Antiquity, 2(1), 11–24. https://doi.org/10.64946/AIANTIQUITY.V2I1.001

Bravo Carlos, & Sánchez Mercedes. (2026). La nueva Aitoxicación de conocimiento. https://www.amazon.es/dp/B0GYB53VPB

Google. (2026). Google, soporte de NotebookLM. https://support.google.com/notebooklm/answer/16164461?hl=en&ref_topic=16164070

Sweller, J. (1988). Cognitive load during problem solving: Effects on learning. Cognitive Science, 12(2), 257–285. https://doi.org/10.1016/0364-0213(88)90023-7

Zimmerman, B. (2002). Becoming a Self-Regulated Learner: An Overview. Theory Into Practice, 41, 64–70. https://doi.org/10.1207/s15430421tip4102_2

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