viernes, 15 de mayo de 2026

Nada sobre nosotros sin nosotros

Por Carlos Magro

Nada sobre nosotros sin nosotros

No sobra nadie, pero sí faltan actores. Faltan actores para poder hacernos cargo de los problemas del mundo. Para garantizar la vida común. Para poder hacernos cargo de nuestras vidas.

Los modernos nos adiestraron para sacar del laboratorio todo lo que pudiera resonar con las emociones personales, los enraizamientos locales y los saberes ancestrales. Declararon la guerra a todo cuanto la razón no supiera cómo pensar, es decir, a lo particular, lo arraigado y lo encarnado. Pero es que la vida, nuestras vidas, se juega precisamente en el terreno de lo concreto, lo particular y lo encarnado. Y nadie puede negar que de lo que pasa en nuestro cuerpo, en nuestra calle y en nuestra comunidad sabemos mucho. No lo sabemos todo, cierto, pero sí mucho. Todos somos, como nos recuerda siempre Antonio Lafuente, expertos en experiencia.

No necesitamos más conciencia hacia lo que pasa, necesitamos sentir más lo que pasa, lo que nos pasa. No necesitamos más crítica y más opinión lanzados desde lejos, sino activar, dice Amador Fernández Savater, la capacidad de plantear problemas propios (pensamiento) y de ensayar respuestas encarnadas (creación).

Nuestro mundo necesita con urgencia construir respuestas que nos involucren a todos, o dicho de otra manera que incluyan tanto los saberes especializados como los experienciales, los saberes que nacen del laboratorio y los saberes que se asientan en la experiencia. Que incluya lo que pasa y lo que nos pasa. Es un asunto de justicia epistémica.

Decir que no sobra nadie pero que faltan actores es reclamar un ensanchamiento del espacio público que nos permita hacernos otras preguntas y nos fuerce a encontrar respuestas distintas. Querer que la ciencia sea otra cosa, querer que se ocupe de lo que nos preocupa, que sea más terrenal, más cercana y más lúdica, no es estar contra la ciencia, como nos recuerda Antonio, no es una locura antimoderna, ni nihilista. Es volver a insistir en esta idea sencilla: No sobra nadie, pero sí faltan actores. O dicho de otra manera, debemos actualizar y dar sentido al viejo lema ilustrado: “nada sobre nosotros sin nosotros.

Es cierto que queda mucho recorrido antes de que todos aceptemos que la ciencia nunca debió alejarse de la idea del bien común. Queda mucho camino para entender que lo que realmente necesitamos es una ciencia común y una ciencia en común. Una ciencia sin dueño que es de todos y de nadie al mismo tiempo.

Y aquí Antonio hace una distinción preciosa entre lo que podríamos llamar ciencia pública y ciencia comúnSi lo público, dice, se caracteriza por ser para todos, lo común es entre todos. Y aquí la palabra clave no es ciencia, sino la preposición “entre”.

Lo determinante es el “entre”, la clave está en lo que sucede en ese entre (espacio/tiempo) y en cómo sucedeLo relevante es con quién y cómo se construye (la ciencia). Cómo se co-construye.

Lo relevante no es tanto o no es solo el resultado, sino la forma en la que obtenemos ese resultado. El objetivo no es solo producir soluciones, sino en diseñar respuestas que nos representen a todos por igual. Asumiendo que ese todos puede es muy heterogéneo. Y sabiendo que el fin casi nunca justifica los medios.

Pero decir que lo importante es el entre es también asumir el coste de tiempo que supone “entretenernos”, “demorarnos”, parar. Ya no estamos en el terreno de la eficiencia. No se trata de hacer más en menos tiempo o con menos recursos, sino de hacer mejor y hacerlo entre todosPor eso la ciencia en común, como todo lo que hacemos entre muchos, es más lenta. La ciencia común reclama lentitud. Como dice el verso callejero, vamos despacio porque vamos lejos.

La ciencia en común tiene una serie de características. En primer lugar no es universal, ni quiere o puede serlo.

La ciencia es situada y local. Está abierta a quienes deseen integrarse en el proceso. La ciencia en común siempre es híbrida, mestiza, mostrenca y bastarda. Necesitas de todos, también de quienes fueron excluidos del mundo de la ciencia, los afectados, los activistas, los hackers, los legos, los “idiotas” que como, dice Antonio, es el genérico que describe a “los amateurs, las brujas, los comunes y, en general, a todos los no acreditados”. Recordemos que no sobraba nadie, pero sí faltaban actores.

La ciencia en común se produce con lo que tenemos a mano y entre quienes disponen de tiempo, recursos o capacidades. Nadie lo hace para matar el tiempo o porque no tengan cosas mejores que hacer: lo hace para sobrevivir. Para hacernos cargo de nuestras vidas, decíamos antes.

La ciencia en común es una responsabilidad de y entre todos

La mejor forma de hacer ciencia en común es hacer ciencia ciudadana. Abordar los desafíos de forma colectiva, colaborativa y abierta. Mezclar motivaciones e hibridar lenguajes. Hacer posibles conversaciones imposibles, dar forma realista a los problemas que tenemos, ensayar modos nuevos de coproducir el mundo. Hacer mundo entre todos. Incorporar actores. Distribuir la esperanza (en la ciencia). Oponernos y resistirnos, en definitiva, a la la privatización de la esperanza.

Este texto es la versión escrita de lo que ayer dije en la presentación del libro Ciencia en común (Ned ediciones, 2026) de mi querido amigo Antonio Lafuente, en TeamLabs. Todo lo que he escrito aquí no solo se lo debo a Antonio sino que está en su libro, que a su vez, es el reflejo de toda una vida de pensamiento, conversaciones y acciones.

Tomado de co.labora.red





jueves, 14 de mayo de 2026

Opiniones del profesorado sobre la IA

 Tomado de Universo Abierto

The Chronicle of Higher Education. “Faculty Views on AI.” The Chronicle of Higher Education, consultado el 7 de mayo de 2026. The Chronicle of Higher Education

Texto completo

El informe presenta un panorama claro: la IA ya está transformando la enseñanza superior, pero su adopción está marcada por la tensión entre utilidad práctica y riesgo pedagógico. Los docentes valoran su capacidad para ahorrar tiempo, generar materiales y apoyar tareas rutinarias, pero temen que debilite el esfuerzo intelectual, favorezca el engaño y erosione competencias fundamentales. La conclusión implícita es que el problema no es solo tecnológico, sino estratégico: las universidades deberán decidir si la IA será un simple atajo operativo o una herramienta integrada críticamente dentro de un nuevo modelo educativo.

El informe Faculty Views on AI refleja una posición profundamente ambivalente del profesorado universitario ante la inteligencia artificial generativa. Por un lado, una mayoría reconoce que estas herramientas ya están siendo útiles para mejorar ciertos aspectos de la docencia; por otro, existe una preocupación muy fuerte por su impacto negativo en el aprendizaje, la ética académica y la falta de regulación institucional. El estudio combina datos de una encuesta de The Chronicle of Higher Education a 425 docentes en 2025 y otra de la American Association of Colleges and Universities (AAC&U) a 1.057 profesores de educación superior en 2025, lo que permite observar tendencias consolidadas en el ámbito universitario.

Uno de los datos más significativos es que el profesorado ya está incorporando la IA a su trabajo cotidiano. El 78 % afirma haber utilizado herramientas de IA para crear o editar textos, lo que indica que estas aplicaciones se están convirtiendo en asistentes habituales para redactar materiales, instrucciones o contenidos académicos. Además, el 55 % las ha empleado para crear o revisar cuestionarios, exámenes u otras evaluaciones, mientras que el 40 % dice haberlas usado para elaborar o modificar programas docentes (syllabi). También el 36 % las ha utilizado para crear o editar imágenes, señal de que la IA comienza a desempeñar un papel relevante en la producción de recursos visuales para las clases. Estos porcentajes muestran que, lejos de ser una novedad marginal, la IA ya forma parte de las prácticas docentes en muchas instituciones.

Sin embargo, junto a este uso creciente aparecen temores muy marcados sobre sus consecuencias educativas. El 90 % del profesorado considera que el uso de IA reducirá las capacidades de pensamiento crítico del alumnado, lo que revela una inquietud central: que los estudiantes deleguen procesos intelectuales complejos en la máquina y pierdan autonomía analítica. Asimismo, el 83 % cree que la IA disminuirá la capacidad de atención, reforzando la idea de que el acceso inmediato a respuestas puede fomentar hábitos de concentración superficial. Otro dato especialmente revelador es que el 78 % sostiene que el fraude académico o las trampas en el campus han aumentado desde que la IA se popularizó, lo que sitúa la integridad académica como una de las grandes preocupaciones actuales.

A estos temores se suma un problema institucional importante: la ausencia de normas claras. Más de seis de cada diez profesores afirman que sus universidades carecen de directrices claras sobre cómo debe usarse la IA por parte del profesorado. Esto genera incertidumbre y respuestas desiguales entre departamentos o facultades. En muchos casos, cada docente decide por su cuenta si la permite, la restringe o la integra, lo que produce incoherencia pedagógica y desconcierto entre los estudiantes. El informe subraya que las universidades necesitan definir con mayor claridad qué papel desean otorgar a estas tecnologías y comunicarlo de forma transparente a toda la comunidad académica.

Entre quienes todavía no utilizan IA para mejorar materiales docentes, las razones principales también resultan reveladoras. La objeción más citada son los problemas éticos, seguida de las dudas sobre si realmente ayuda a aprender mejor, las preocupaciones medioambientales y de sostenibilidad, y finalmente los temores relacionados con privacidad y derechos de autor. Esto demuestra que la resistencia no se debe únicamente a desconocimiento tecnológico, sino también a debates legítimos sobre valores, impacto social y calidad educativa.

Tomado de Universo Abierto

miércoles, 13 de mayo de 2026

Repensar la formación del pensamiento crítico frente a la infoxicación contemporánea

Por Mercedes Leticia Sánchez y Carlos Bravo Reyes


En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

Vivimos en una época caracterizada no por la escasez, sino por la sobreabundancia de información. Este fenómeno, lejos de garantizar una democratización efectiva del conocimiento, ha generado nuevas formas de vulnerabilidad cognitiva y social. La denominada infoxicación describe precisamente esta saturación informativa que dificulta la selección, comprensión y evaluación crítica de los contenidos disponibles. En lugar de facilitar el aprendizaje, el exceso de información puede producir desorientación, superficialidad y dependencia de discursos dominantes.

En este contexto, el desafío educativo se ha transformado profundamente. Ya no se trata únicamente de asegurar el acceso a la información, sino de desarrollar la capacidad de interpretarla críticamente. La circulación masiva de contenidos en entornos digitales, frecuentemente mediada por algoritmos y estrategias persuasivas, implica que gran parte de la información no solo busca informar, sino también influir en la percepción y conducta de los individuos.

Diversos estudios han señalado que el acceso acelerado a la información, potenciado por internet y la inteligencia artificial, ha incrementado los riesgos de desinformación, superficialidad analítica y reproducción acrítica de contenidos (Flores Morales et al., 2024). Asimismo, la integración de tecnologías digitales en la educación plantea desafíos éticos vinculados con la fiabilidad de la información, la transparencia de las fuentes y la responsabilidad en su uso (Gallent-Torres et al., 2023).

Por ello, la alfabetización contemporánea no puede limitarse a la comprensión literal de textos. Se vuelve imprescindible enseñar a cuestionar, contrastar y evaluar la información. En otras palabras, el reto educativo actual consiste en formar estudiantes capaces de ejercer un pensamiento crítico que les permita desenvolverse en un entorno informativo complejo y, en muchos casos, deliberadamente persuasivo.

Enseñar a preguntar: el núcleo del pensamiento crítico

En este escenario, el pensamiento crítico deja de ser una habilidad complementaria para convertirse en una condición esencial para la construcción del conocimiento. Sin la capacidad de cuestionar y analizar, la información no se transforma en aprendizaje, sino en acumulación acrítica de datos. Formar pensamiento crítico implica, por tanto, dotar a los estudiantes de herramientas para interpretar discursos, evaluar evidencias y construir juicios propios fundamentados.

En este sentido, enseñar a formular preguntas no es una estrategia secundaria, sino el núcleo del pensamiento crítico. Preguntar implica detener la lectura automática, interrumpir la aceptación pasiva de la información y activar procesos cognitivos de análisis y evaluación. Como señalan los estudios sobre integridad académica y formación intelectual, la capacidad de discernimiento se construye precisamente cuando el sujeto problematiza lo que lee en lugar de reproducirlo (Ibarra Beltrán et al., 2023).

Una estrategia pedagógica clave consiste en enseñar a los estudiantes a formular preguntas orientadoras frente a cualquier texto. Estas preguntas no solo favorecen la comprensión profunda, sino que constituyen herramientas concretas para resistir la manipulación informativa.

1. ¿Dónde está el argumento real?

Muchos textos aparentan ser informativos, pero en realidad sostienen una postura específica. Identificar el argumento implica reconocer la tesis central, incluso cuando no está explícita. Esta habilidad permite superar la lectura superficial y detectar intencionalidades discursivas, lo cual es fundamental en contextos donde la información está diseñada para influir más que para informar.

2. ¿Dónde está la evidencia?

En un entorno saturado de afirmaciones categóricas, resulta indispensable exigir sustento empírico. Expresiones como “los estudios demuestran” carecen de valor si no se acompañan de referencias verificables. La formación crítica exige desarrollar criterios para distinguir entre evidencia sólida y afirmaciones infundadas, especialmente en contextos donde la información circula sin control riguroso (Flor-Terán & Sandoval-Reyes, 2024).

3. ¿Qué emoción está activando?

La persuasión contemporánea opera, en gran medida, a través de las emociones. El miedo, la indignación o la urgencia son frecuentemente utilizados para influir en la toma de decisiones. Reconocer estos mecanismos permite tomar distancia crítica y evitar respuestas impulsivas basadas en estímulos afectivos más que en razonamientos.

4. ¿Qué tan verificable es la afirmación?

Muchas propuestas, desde noticias hasta productos, se sostienen en promesas difíciles de comprobar. Evaluar su verificabilidad implica desarrollar una actitud escéptica fundamentada, orientada a contrastar la información antes de aceptarla como válida.

Estas preguntas se inscriben dentro de enfoques de alfabetización crítica y mediática, que buscan formar individuos capaces de analizar no solo el contenido, sino también las condiciones de producción y circulación de la información (Gallent-Torres et al., 2023).

El rol del docente: de transmisor a mediador crítico

Frente a la infoxicación, el rol del docente experimenta una transformación significativa. Deja de ser un transmisor de contenidos para convertirse en un mediador del pensamiento crítico. Su función principal no es solo enseñar información, sino guiar procesos de interpretación, análisis y cuestionamiento.

Esto implica incorporar en el aula prácticas pedagógicas como el análisis de textos reales (noticias, publicidad, redes sociales), la discusión sobre intencionalidad discursiva, la identificación de sesgos y la evaluación de la calidad de las fuentes. En este sentido, el docente no solo enseña contenidos, sino que enseña a pensar sobre esos contenidos.

La literatura reciente subraya que la integración de tecnologías como la inteligencia artificial en la educación requiere precisamente el desarrollo de competencias críticas que permitan a los estudiantes interactuar con estas herramientas de manera ética y responsable (Flor-Terán & Sandoval-Reyes, 2024). Sin estas competencias, existe el riesgo de que la tecnología sustituya el pensamiento en lugar de potenciarlo.

Educar para no ser manipulados

La infoxicación no se resuelve reduciendo la cantidad de información disponible, sino aumentando la capacidad de análisis de quienes la consumen. Un estudiante que cuestiona, verifica y reflexiona es menos vulnerable a la manipulación y más capaz de construir conocimiento propio.

En este sentido, el pensamiento crítico no solo tiene una dimensión cognitiva, sino también ética. Implica asumir responsabilidad frente a la información que se consume y se reproduce. Como señalan diversos estudios, la honestidad intelectual y la capacidad de discernimiento son fundamentales en contextos donde la información es abundante y fácilmente reproducible (Flores Morales et al., 2024).

Conclusión

La infoxicación constituye uno de los principales desafíos educativos de la contemporaneidad. En un entorno donde la información circula de manera acelerada y con intencionalidades diversas, la ausencia de pensamiento crítico convierte al individuo en un receptor pasivo, susceptible de reproducir discursos sin cuestionarlos.

Por ello, la educación debe orientarse hacia la formación de sujetos intelectualmente autónomos. Esto implica enseñar a dudar con fundamento, a verificar antes de aceptar y a reconocer que no toda información posee el mismo valor epistemológico.

En este proceso, las preguntas adquieren un papel central. No son solo herramientas didácticas, sino mecanismos fundamentales para activar el pensamiento, cuestionar la evidencia y resistir la manipulación. Enseñar a preguntar es, en última instancia, enseñar a pensar.

Fortalecer el pensamiento crítico no es una opción pedagógica secundaria, sino una necesidad estructural frente a las condiciones actuales de producción del conocimiento. Formar estudiantes críticos es formar ciudadanos capaces de participar de manera consciente, informada y responsable en la sociedad.

Porque, en un mundo saturado de información, la verdadera competencia no radica en acceder a ella, sino en saber interpretarla, evaluarla y transformarla en conocimiento significativo.

Referencias

Flores Morales, J. A., Quinteros, R. M. F., Contreras Maguiña, A. P., & Luna Román, E. A. (2024). Originalidad y honestidad intelectual: Navegando por las aguas del plagio. Revista de Climatología.

Gallent-Torres, C., Zapata-González, A., & Ortego-Hernando, J. L. (2023). El impacto de la inteligencia artificial generativa en educación superior: una mirada desde la ética y la integridad académica. RELIEVE.

Flor-Terán, G. A., & Sandoval-Reyes, P. A. (2024). La ética en el uso de la inteligencia artificial en la educación: desafíos y oportunidades. Polo del Conocimiento.

Ibarra Beltrán, Á. J., Aguayo Álvarez, Z., & Velázquez García, R. E. (2023). Desmitificando el plagio digital: percepciones y realidades de la ética estudiantil. LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades. 

Tomado de 366-días

martes, 12 de mayo de 2026

Hablemos de autoría

Por Ramón Besonías.

 


Comparto mi último vídeo de YouTube. En él abordo cómo la IA generativa ha fracturado el modelo tradicional de creación y distribución de Recursos Educativos Abiertos (REA). 

Ante la imposibilidad de rastrear la procedencia exacta de los datos generados por IA, se propone redefinir el concepto de autoría: el autor ya no es quien redacta cada palabra del producto final, sino quien diseña, dirige, itera y da sentido didáctico al proceso

Para sostener este nuevo modelo, se plantea la necesidad de documentar una "huella de atribución humano-IA" que garantice la transparencia ética y el rigor pedagógico, tanto en el trabajo docente como en las entregas del alumnado.

Debajo del vídeo, aporto una carpeta de Drive con materiales de apoyo y recursos.



El contenido de mi vídeo se centra en el impacto metodológico y ético, articulando tres ideas fundamentales para el aula: 
  • La IA genera formatos, el docente aporta conocimiento: La IA es una herramienta de producción de estructuras (textos, audios, imágenes), pero carece de contexto de aula. La calidad del material no reside en lo vistoso del resultado, sino en la "no delegación cognitiva" [04:12]. El valor educativo recae exclusivamente en la selección, adaptación y revisión crítica humana. 
  • De proteger el producto a auditar el proceso: Tradicionalmente, las licencias (como Creative Commons) protegían la obra terminada. En el paradigma de la IA, lo que legitima un material es la transparencia sobre cómo se ha construido. Se valora el criterio de selección y la iteración por encima del ensamblaje final [05:36]. 
  • Evaluación basada en la iteración (Metacognición): En lugar de prohibir la IA al alumnado, se propone integrarla como parte del proceso evaluable. Al exigir la entrega de los enlaces de las conversaciones con la IA y documentar las decisiones tomadas (prompts, correcciones, rechazos), la evaluación se desplaza del producto a la capacidad de pensamiento crítico e iteración del estudiante [11:23].


Para que un recurso creado con IA sea transparente y ético, en mi vídeo propongo un marco estructurado [05:44]:

  1. Origen del material: Fuentes iniciales (propias o ajenas) y referencias base.

  2. Intervención humana: Qué se ha diseñado, modificado y con qué intención.

  3. Uso de la IA: Herramientas utilizadas y función específica (resumir, generar, reorganizar).

  4. Proceso de construcción: Decisiones tomadas, iteraciones y criterios de selección aplicados.

  5. Licencia de uso: Condiciones para compartir y adaptar en un ecosistema abierto.

  6. Sentido didáctico: Objetivos de aprendizaje y contexto de aplicación (evitar el "postureo" visual sin fondo pedagógico).



El flujo del vídeo va del problema de base (qué es crear) a la solución procedimental (cómo documentarlo): 

  • [00:02] Punto de partida: La máquina escupe datos ("te suelta datos como confetti"), pero sin el criterio humano, el resultado carece de dirección. 
  • [00:50] Planteamiento del problema: Exposición sobre la "zona gris" actual. Los docentes crean materiales híbridos con IA en privado sin citar fuentes ni aclarar la autoría, rompiendo la cadena de los modelos REA. 
  • [02:56] Retos institucionales: La falta de historial visible de procedencia, las alucinaciones y el desplazamiento de decisiones didácticas generan cautela en las instituciones. 
  • [04:52] Propuesta: Redefinición total de la autoría. El foco pasa de estar centrado en el producto final a estar centrado en las decisiones y el proceso. 
  • [05:44] Solución: Presentación de los 6 elementos para garantizar la trazabilidad y la transparencia en la creación de materiales. 
  • [07:32] Caso de uso: Desglose de un proyecto de Historia de España en 2º de Bachillerato. Se ilustra cómo el docente diseña el enfoque y la IA solo ejecuta formatos. 
  • [09:20] Herramientas de atribución visual: Ejemplos de cómo incluir textos breves, sellos de autoría o logos con porcentajes de IA en los materiales. 
  • [10:34] Transferencia al alumnado: Propuesta de "mini-fichas de huella de autoría" para que los alumnos documenten progresivamente su uso de IA y se incluyan plantillas de evaluación de links conversacionales. 
  • [12:08] Metacognición: Aplicación práctica del marco sobre mi propio vídeo. Detallo qué hice yo (guion narrativo, edición) y qué hizo la IA (imágenes, canción, PDF base).



Tomado de IA educativa.

lunes, 11 de mayo de 2026

La pedagogía de la presencia en tiempos de desconexión

 Por Paulette Delgado de EDUNEWS

Un estudio realizado por Kushlev y Dunn en el 2018 reveló que el uso de celulares inteligentes por parte de madres y padres de familia afecta el tiempo que pasan con sus hijas e hijos, así como su impacto en la interacción en los niveles psicológico y relacional. Esto ocurre porque estos dispositivos permiten acceder a múltiples estímulos en cualquier momento, lo que representa una competencia constante por la atención.

Los autores explican que “al perjudicar la calidad de la atención, un mayor uso del teléfono hizo que los padres se sintieran menos conectados socialmente, más allá de sus efectos sobre la atención, lo que sugiere que la distracción juega un papel central en la configuración de la experiencia relacional”.

Aunque este estudio tiene varios años, sus hallazgos siguen vigentes. Por ejemplo, un artículo publicado en Forbes advierte que la distracción de los padres por el uso de teléfonos inteligentes puede relacionarse con mayores niveles de ansiedad en las infancias, así como con cambios en su comportamiento, estado emocional y desempeño académico.

En este sentido, el problema no radica en la tecnología en sí, sino en la forma en que interfiere con la atención y, por lo tanto, con la posibilidad de construir relaciones significativas. En un entorno saturado de estímulos, cuidar la atención se vuelve una condición fundamental para sostener el vínculo.

La disponibilidad emocional de los padres, madres y tutores se construye a través de señales como el contacto visual, la escucha activa y la respuesta inmediata. Cuando estas señales se interrumpen de forma recurrente, el infante puede interpretar que no es una prioridad o que la relación no es estable.

Las infancias necesitan interacción constante para desarrollar habilidades emocionales, sociales y cognitivas, ya que en estos espacios se construyen procesos clave como la regulación emocional, la empatía y el lenguaje. Cuando estas interacciones se ven afectadas, pueden aparecer cambios en el comportamiento, como mayor irritabilidad, demanda de atención o dificultad para autorregularse.

Además, los infantes aprenden a través de la observación. Esto significa que si crecen en entornos donde la atención está constantemente mediada por pantallas, pueden internalizar este patrón como una forma normal de relacionarse.

En el artículo de Forbes, Anuradha Varanasi enfatiza que el problema no es la tecnología en sí, sino la forma en que esta interfiere con la atención y, por ende, con la posibilidad de construir relaciones significativas. En un entorno saturado de estímulos, cuidar la atención se vuelve una tarea fundamental para sostener el vínculo.

Esta dinámica no se limita al ámbito familiar; es un fenómeno que demuestra cómo la atención fragmentada transforma la calidad de las relaciones interpersonales. Así como en el contexto familiar, la distracción, el debilitamiento, la conexión y el sentido de experiencia compartida en el ámbito educativo, ya que las y los estudiantes están físicamente presentes, pero desconectados de lo que están aprendiendo, de quienes les enseñan y de sus propios procesos.

Más allá de conceptos como la digitalización, la inteligencia artificial y el acceso ilimitado a la información, cada vez resulta más evidente una creciente desconexión emocional, cognitiva y relacional en los espacios de aprendizaje.

Este sentimiento de desconexión y aislamiento no solo afecta las primeras etapas del desarrollo, sino que también tiene efectos que se extienden a lo largo del tiempo. Las formas en que se construye o se debilita el vínculo en la infancia influyen directamente en la manera en que los estudiantes se relacionan con el aprendizaje más adelante.

Si desde etapas tempranas la atención se fragmenta, la conexión se vuelve intermitente y la experiencia compartida pierde profundidad, no resulta extraño que, en contextos educativos, muchos estudiantes se encuentren físicamente presentes pero emocionalmente desconectados. En este sentido, lo que observamos en la educación no es un fenómeno aislado, sino la continuación de una relación que comenzó a configurarse mucho antes.

El aislamiento existencial, la soledad y la necesidad de atención 

Uno de los conceptos que permiten profundizar en esta problemática es el aislamiento existencial. A diferencia de otras formas de soledad, este tipo de reclusión no depende necesariamente de la falta de interacción social, sino de la imposibilidad de compartir plenamente la propia experiencia.

Fairlamb y Biçaço hablaron de este tema en su artículo titulado Feeling alone in your academic journey: examining the educational implications of existential isolationdonde señalan que el aprendizaje no puede comprenderse únicamente desde indicadores de desempeño o de acumulación de conocimientos, sino que factores juegan un papel central en el bienestar estudiantil.

Los mismos autores explican que “el aislamiento existencial se refiere a la percepción de una brecha insalvable entre uno mismo y los demás, es decir, a la sensación subjetiva de que el mundo interior de una persona no puede ser comprendido ni compartido completamente por otros, lo que genera una experiencia de desapego”.

Desde su punto de vista, “un sentido de comunidad es fundamental para el bienestar y el éxito académico en la educación superior. Los estudiantes que no desarrollan un sentido de pertenencia y que experimentan soledad persistente enfrentan mayores riesgos de menor compromiso, bajo rendimiento académico, agotamiento e incluso abandono escolar”. La educación actual no solo exige aprender más, sino hacerlo más rápido, en múltiples formatos y bajo condiciones de estímulo constante. Pareciera que se da prioridad al contenido, a los indicadores y a los resultados por encima de la experiencia concreta.

Este panorama permite entender que el problema no se reduce a la presencia de la tecnología ni a la cantidad de información disponible, sino a una transformación más profunda en la manera en que se construyen las relaciones y se habita la experiencia educativa. La atención fragmentada no solo interrumpe momentos de interacción, sino que también debilita la posibilidad de generar vínculos significativos, sostener el sentido del aprendizaje y construir una experiencia compartida.

En este contexto, las respuestas centradas únicamente en herramientas, metodologías o en la eficiencia resultan insuficientes. Más que optimizar procesos, el desafío parece estar en recuperar aquello que hace posible que el aprendizaje ocurra: la relación, la atención y la presencia en el encuentro con el otro.

La importancia de la “pedagogía de la presencia” 

Antonio Carlos Gomes da Costa publicó en 1995 un libro titulado La pedagogía de la presencia, en el que propuso transformar la manera de entender la educación. Lejos de concebir el proceso de aprendizaje como algo técnico, centrado solamente en la transmisión de conocimiento, él pone la interacción como parte importante del proceso educativo.

Para Gomes da Costa, “hacerse presente en la vida del educando es el dato fundamental de la acción educativa dirigida al adolescente en situación de dificultad personal y social. La presencia es el concepto central, el instrumento clave y el objetivo mayor de esta pedagogía”.

El autor busca cambiar la manera en que se percibe al estudiante; no es solo un recipiente que adquiere conocimientos, sino un sujeto con historia, contexto y posibilidades. Desde esta perspectiva, la intervención educativa no se centra en corregir conductas ni en llenar carencias, sino en construir una relación que permita al estudiante reconocerse, implicarse y encontrar sentido en su propio proceso. Se trata de ir más allá de estar presente físicamente en el aula; implica escuchar y tener un compromiso social.

Estar presente y crear vínculos entre docente y estudiante no es un don; es una disposición interior que implica apertura, sensibilidad y compromiso con el otro, y distinguir entre una presencia superficial y una auténtica. Ser superficial implica no involucrarse con los estudiantes, solo cumplir con el rol; una presencia auténtica significa formar parte de la experiencia del estudiante, ponerles atención.

Con la pedagogía de la presencia, Gomes da Costa explica que la primera tarea de los educadores es observar, pero no de una manera evaluativa, sino como un acto de atención genuina hacia la realidad de sus estudiantes, percibiendo qué les ocurre más allá de su desempeño académico: ¿se relaciona bien con otros?, ¿qué le interesa?, ¿qué le preocupa?, ¿tiene problemas para aprender?, ¿qué lo desconecta de la clase? Esto permite reconocer al alumno como alguien con historia y un contexto que influye directamente en su proceso de aprendizaje.

A partir de esto, el docente debe escuchar más allá de las respuestas; esto implica reconocer emociones, silencios, la manera en que un estudiante participa o no, y cómo todo esto es una manera de comunicar algo. Convertir el oír en algo pasivo y entender lo que dice el alumno importa y tiene lugar dentro del proceso educativo.

De ahí, Gomes da Costa menciona que el educador debe construir un vínculo, ya que esta relación no es un elemento secundario ni un medio para lograr otros objetivos, sino el espacio donde ocurre el aprendizaje. Generar confianza, mostrar interés genuino y sostener una presencia constante permiten que el estudiante se sienta reconocido.

El docente no dirige desde la imposición, sino que acompaña, lo que implica estar presente en el proceso del estudiante sin sustituirlo ni controlarlo por completo. No se trata de dar todas las respuestas, sino de crear condiciones para que pueda encontrarlas por sí mismo. Esto supone respetar ritmos, reconocer dificultades y sostener el proceso incluso cuando no hay resultados inmediatos. El acompañamiento, en este sentido, es una forma de presencia activa que permite que el aprendizaje se construya de manera significativa.

Finalmente, para Gomes da Costa, el docente potencia. Esto significa que su mirada no se centra en las carencias o déficits del estudiante, sino en sus posibilidades. En lugar de partir de lo que falta, parte de lo que existe y puede desarrollarse. Este cambio de enfoque es fundamental porque transforma la relación educativa: el estudiante deja de ser visto como un problema que debe corregirse y pasa a ser reconocido como alguien con capacidad de crecimiento. Potenciar implica confiar en el otro, incluso cuando el propio estudiante aún no lo hace.

Este enfoque no solo transforma la manera en que el docente se relaciona con el estudiante, sino que también permite replantear el problema que atraviesa la educación contemporánea. Cuando el vínculo se debilita, la experiencia educativa pierde sentido y, cuando la atención se fragmenta, la relación se vuelve superficial. En este contexto, la propuesta de Gomes da Costa no se limita a una reflexión teórica, sino que ofrece una forma concreta de responder a una problemática que ya no puede explicarse únicamente desde lo técnico ni desde lo metodológico.

Lo que en un primer momento parece una simple distracción, un padre que mira su teléfono mientras convive con su hija o hijo, en realidad revela una transformación más profunda en la forma en que presta atención y se construyen relaciones humanas. Como mostraron Kushlev y Dunn, no es el dispositivo en sí lo que afecta la experiencia, sino la manera en que fragmenta la atención y debilita el vínculo.

Esta misma lógica se extiende al ámbito educativo. Estudiantes que están presentes, pero no se involucran porque sus experiencias educativas se viven sin conexión ni sentido. En este contexto, el problema no es únicamente tecnológico ni metodológico, sino también relacional. La pérdida de atención es, en el fondo, una pérdida de presencia.

Frente a este escenario, la pedagogía de la presencia de Antonio Carlos Gomes da Costa se vuelve una necesidad urgente. Recuperar la capacidad de observar, escuchar, vincularse y acompañar implica devolverle a la educación su dimensión más humana. No se trata de eliminar la tecnología ni de volver al pasado, sino de reubicar lo esencial: la relación como condición del aprendizaje.

Así, el desafío no consiste en encontrar nuevas herramientas, sino en recuperar la capacidad de estar presentes, algo que parece simple, pero resulta profundamente complejo en el contexto actual. Porque es en esa presencia donde se construyen los vínculos, donde el aprendizaje adquiere sentido y donde la educación, finalmente, puede ocurrir.

Tomado de EDUNEWS del Tec de Monterrey.