Por Ángel Fidalgo
Hace unos días estuve hablando con un chico que conozco y me contó en qué consistía su trabajo actual. Trabaja en una empresa innovadora en el ámbito de la inteligencia artificial, manejando grandes volúmenes de datos, motores de inteligencia artificial y otras tecnologías bastante avanzadas.
Una de las cosas que me contó me llamó especialmente la atención. Trabajan con un sistema capaz de analizar documentos, páginas web y otras fuentes de información, establecer ontologías y, a partir de ellas, realizar clasificaciones. Es un problema complejo y me pareció especialmente interesante el trabajo que estaba haciendo.
Lo curioso es que su anterior trabajo, también relacionado con la informática, era bastante diferente. Se ocupaba de tareas mucho más cerradas, con procedimientos y protocolos muy definidos. El salto entre aquel trabajo y lo que hace actualmente me pareció considerable, así que le hice una pregunta bastante sencilla:
¿Cómo te has formado para poder hacer todo esto?
Su respuesta me sorprendió. Su directora le había recomendado dos o tres buenos libros. Los leyó y, a partir de ahí, comenzó a probar, experimentar y profundizar por su cuenta.
En esta pequeña historia hay tres elementos que me parecen importantes. El primero es su directora. Una persona con el conocimiento y la experiencia suficientes para orientarle y decirle por dónde podía comenzar. El segundo es él mismo, su interés, su dedicación, sus ganas de aprender y de probar. Y el tercero son esos dos o tres buenos libros.
Quizá sea precisamente este último elemento el que más llame la atención. Estamos hablando de inteligencia artificial, un ámbito en el que el conocimiento y las tecnologías evolucionan a una velocidad enorme. Frente a otras fuentes de información mucho más ágiles y actualizables, el libro parece partir con desventaja. Desde que se escribe hasta que se publica pueden haber cambiado muchas cosas y, sin embargo, en este caso unos pocos buenos libros sirvieron como punto de partida para enfrentarse después a problemas mucho más avanzados.
Probablemente aquellos libros no contenían la solución a los problemas que está resolviendo actualmente. Su valor estaba en otra parte: le proporcionaron una formación profunda, una buena base sobre la que después pudo seguir aprendiendo, experimentando y construyendo nuevo conocimiento.
Así pues, podemos sacar una primera conclusión: un buen libro sigue teniendo su papel y probablemente lo tendrá siempre.
La segunda conclusión tiene que ver con el papel del profesorado y tiene, al menos, dos partes. La primera es proporcionar una buena base. En la anécdota esa base estaba en unos libros que alguien con conocimiento y experiencia supo recomendar. La segunda es acostumbrar al alumnado a crecer a partir de esa base, a utilizarla para seguir aprendiendo cuando ya no tenga al profesor delante.
Y creo que este es uno de los papeles a los que, tanto profesorado como alumnado, no estamos prestando toda la atención que merece. Cada vez ponemos más medios para conseguir que el alumnado supere las asignaturas, pero superar una asignatura y adquirir una buena base no son necesariamente la misma cosa.
Muchas veces acabamos preparando, entre alumnado y profesorado, todo un entorno orientado a aprobar. Quizá deberíamos preguntarnos si estamos poniendo el mismo empeño en crear un entorno orientado a adquirir una buena base desde la que poder seguir aprendiendo y creciendo.
Tomado de Innovación educativa
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