viernes, 2 de octubre de 2026

Inteligencia artificial generativa y aprendizaje: la IAG no es el lado oscuro

 Por Ángel Fidalgo

Cada vez conocemos más experiencias que muestran el potencial de la inteligencia artificial generativa (IAG) para mejorar el aprendizaje, pero también más casos de alumnado que la utiliza para realizar los «deberes», los trabajos académicos o incluso los exámenes.

Ante esta situación, quizá la pregunta no sea únicamente cómo impedir su uso, sino cómo transformar las actividades para que utilizar la IAG en lugar de aprender deje de tener sentido.

Una historia que ya conocemos

Antes de la aparición de la imprenta existían las denominadas «clases cursivas», en las que el profesor leía o dictaba determinados textos para que el alumnado pudiera copiarlos. Esta forma de enseñar respondía a una necesidad: los manuscritos eran escasos, caros e inaccesibles para la mayoría de los estudiantes.

La imprenta facilitó el acceso a los libros e hizo innecesarias las clases dedicadas exclusivamente a reproducir un texto. Sin embargo, no provocó la desaparición del profesorado ni de las clases expositivas. Estas se transformaron y el libro abrió nuevas posibilidades: explicar, interpretar, debatir o permitir que el alumnado leyera antes de acudir al aula.

Eso sí, la transformación no fue inmediata. El dictado continuó utilizándose durante siglos, en parte por inercia: «si siempre lo hemos hecho así, ¿por qué vamos a cambiar?». De hecho, cinco siglos después, a mí también me dieron numerosas «clases cursivas»: el profesor leía el libro de texto mientras todo el alumnado teníamos delante exactamente el mismo libro.

La tecnología depende del objetivo

Pensemos ahora en una calculadora. Si el objetivo es enseñar a unos niños a sumar, no parece una buena idea que la calculadora realice las operaciones. Sin embargo, sí podría utilizarse para comprobar los resultados después de haberlas hecho. La calculadora y el ejercicio son los mismos. Lo que cambia es el objetivo y la forma de utilizar la herramienta.

Si el profesorado se limita a enseñar a manejar la calculadora y el alumnado la utiliza para resolver directamente los ejercicios, ambos habrán completado la tarea, pero no alcanzado el aprendizaje. En ese momento podríamos decir que se han pasado al «lado oscuro».

La IAG es la espada láser

Los Jedi utilizan la espada láser para defender la galaxia, mientras que los Sith la emplean para extender el lado oscuro. Sin embargo, la espada no es la responsable de que una persona se convierta en Jedi o en Sith. Es solamente una herramienta y la decisión corresponde a quien la empuña.

Con la inteligencia artificial generativa sucede algo parecido. La IAG no es el lado oscuro. El profesorado también puede empuñar la espada y utilizarla para defender el aprendizaje.

Es evidente que parte del alumnado emplea la IAG para hacer los deberes. Pero somos nosotros quienes diseñamos esas actividades. Si una inteligencia artificial puede realizar completamente un trabajo y el alumnado puede entregarlo sin haber aprendido nada, quizá no sea suficiente con prohibir la herramienta. También tendremos que preguntarnos si la actividad continúa teniendo sentido.

Transformar los deberes en un servicio

«En mi caso, he transformado los deberes en un servicio de ayuda al aprendizaje. Estas actividades no puntúan, ya que su finalidad no es calificar al alumnado, sino ayudarle a conocer cómo va y qué necesita mejorar. Ya no le digo únicamente «resuelve estos problemas y entrégalos», sino «intenta resolverlos, envíame lo que hayas conseguido hacer y te ayudaré a saber dónde te has quedado y qué necesitas para continuar».»

Con este planteamiento, una solución incorrecta, un problema sin terminar o incluso un «no sé cómo empezar» contienen información muy valiosa. Lo importante no es entregar una respuesta correcta, sino mostrar qué se ha conseguido hacer para recibir una orientación que permita seguir aprendiendo.

Evidentemente, un profesor no puede proporcionar de forma inmediata una retroalimentación individual y continua a todo el alumnado. Aquí es donde utilizo mi espada láser. La IAG me ayuda a analizar sus producciones, detectar dificultades y ofrecer orientaciones personalizadas.

Si el alumnado utiliza la IAG para resolver completamente el problema y entrega una solución que no representa lo que sabe hacer, no estará engañando solamente al profesor: estará inutilizando el servicio que podría ayudarle. La retroalimentación se realizará sobre unas necesidades que no son las suyas y, por tanto, no le servirá para nada de lo que se le ofrece.

Cuando los deberes consisten únicamente en entregar una respuesta correcta, la IAG puede hacerlos por el alumnado. Cuando sirven para conocer sus dificultades y ayudarle a superarlas, pedirle a la inteligencia artificial que los haga en su lugar pierde su sentido.

La IAG no decide si nos dirigimos hacia el aprendizaje o hacia el lado oscuro. Como ocurre con la espada láser, todo depende de quién la empuña, para qué la utiliza y de la meta hacia la que quiere avanzar.

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Tomado de Innovación educativa