Por Ángel Fidalgo
“Si disfrutas de tu trabajo no trabajarás ni un solo día”. Algunas personas, la mayoría, atribuyen esta frase a Confucio; otras, a Mark Twain. Yo, a la hora de escribir este post, se la atribuyo a una amiga que fue quien me hizo replanteármela.
También se ha escrito mucho sobre la transición entre disfrute, vocación y trabajo. Por ejemplo, si tienes una afición, disfrutarás aunque le dediques horas y horas. Pero cuando la afición se transforma en trabajo, hay autores que indican que es imposible disfrutar; es decir, que el disfrute, a lo sumo, se transforma en vocación.
Realmente, ¿se puede disfrutar con un trabajo como el nuestro? Si hacemos un pequeño estudio no científico, escuchas a más profesorado decir que se quiere jubilar, que está harto, que a profesorado que dice lo contrario.
Yo tengo vocación por lo que hago, al igual que cientos de colegas. Pero, ¿lo disfrutamos de forma continua? ¿Todos los días? ¿Todas las horas?
Pues la verdad es que hay momentos que sí. Sobre todo cuando veo que un alumno aprende, que dialoga contigo, que te da las gracias por enseñarle… Pero no lo disfruto cuando estoy estresado porque no me da tiempo a acabar el temario, cuando tengo que hacer gestión, cuando veo que hay normas absurdas y que cada vez que hay una nueva ley no suele centrarse en el aprendizaje, sino en identificar problemas distintos, y la mayoría de las veces sin solucionar los anteriores.
He escuchado a mucho profesorado decir que disfruta, pero siempre, o al menos la mayoría de las veces, ese disfrute está relacionado con el alumnado, es decir, con las personas con las que trabajamos o para las que trabajamos, como quieran enfocarlo.
Así pues, podemos comenzar estableciendo una relación entre el disfrute y nuestro alumnado. Y ya puestos, ¿por qué no intentamos que disfrute el alumnado aprendiendo? Posiblemente, si lo conseguimos, aumentará también nuestro propio disfrute.
Podríamos transformar la frase en:
“Si enseñamos a nuestros estudiantes a disfrutar aprendiendo, no estudiarán, aprenderán toda la vida”.
Pero, aunque la frase quede muy bonita, ¿realmente nuestro alumnado podrá disfrutar todos los días? Al fin y al cabo, estudiar es su trabajo, así que volvemos al principio del post.
Cuando yo estudié, el colegio me ofrecía muchísimos estímulos. Estaban los amigos, los recreos que siempre se hacían cortos, las conversaciones en los pasillos, las risas en clase cuando alguien decía algo fuera de lugar, y hasta los amores: los fugaces, los platónicos (los de enamorarse del profesorado) y los que duraban todo el curso.
Dicho de otra forma, el colegio no era solo un lugar para aprender contenidos. Era, sobre todo, el lugar donde pasaban cosas importantes.
Hoy el colegio ha perdido ese papel de exclusividad. Antes era el lugar principal donde socializar y donde pasaban muchas de las cosas importantes de la vida. Ahora tiene mucha competencia, sobre todo en los entornos digitales. Por eso, quizá el profesorado deba concentrar su foco en lo que le es propio: despertar el gusto por aprender.
Aprender es algo innato al ser humano. Está muy relacionado con la curiosidad, con la necesidad de saber, y eso nunca se acaba. Aprovechemos esa fuerza.
Hagamos que el alumnado disfrute aprendiendo. Porque si logramos que el alumnado disfrute aprendiendo, nosotros empezaremos a disfrutar enseñando.
Tomado de Investigación e Innovación educativa
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