viernes, 6 de noviembre de 2026

Desmotivación y abandono en el aula: conocer las causas para mejorar el aprendizaje

 Por Ángel Fidalgo

Un alumno motivado afronta el aprendizaje de una asignatura en mejores condiciones que uno desmotivado. Y esta idea también podemos trasladarla al conjunto de la clase: cuando predomina la desmotivación, aprender se hace más difícil, tanto por la situación de cada estudiante como por el posible efecto contagio entre compañeros. Pero ese efecto también puede jugar a nuestro favor: conseguir que una parte importante del alumnado se implique y tenga interés por aprender contribuye a crear un ambiente favorable para el resto.

Hay muchas recomendaciones sobre cómo motivar al alumnado. Sin embargo, antes de elegir una propuesta necesitamos dar un paso previo: averiguar por qué está desmotivado. Parte del profesorado señala que, en algunas asignaturas, el alumnado no encuentra relación entre los contenidos y la titulación que estudia. ¿Para qué necesito aprender esto? Si no percibe su utilidad, resulta más difícil que se interese por aprenderlo. Pero también puede perder interés porque no comprende las explicaciones, porque carece de los conocimientos previos necesarios, porque está cursando un grado que no deseaba o por la propia actuación del profesorado. Incluso dentro de una misma aula, la desmotivación puede tener un origen distinto para cada estudiante.

Otro problema rama es el abandono de una asignatura, sin que eso implique abandonar la titulación. Ese abandono puede ser físico: el alumnado deja de asistir a clase. Pero también puede ser, por decirlo de alguna forma, «espiritual»: viene, se sienta y dedica ese tiempo a otras cosas, como trabajar en otra asignatura. Está presente físicamente, pero se ha desvinculado de lo que está ocurriendo en el aula. La desmotivación puede estar relacionada con ambas situaciones, aunque también pueden intervenir otras circunstancias. Por eso, contar los asientos ocupados no basta para saber si el alumnado sigue implicado en el aprendizaje.

La denominación de «problemas rama» implica reconocer que una misma problemática puede tener distintas causas, incluida la actuación del propio profesorado, y una acción necesaria antes de intervenir: averiguar cuáles son esas causas.

Así pues, el siguiente paso es investigar su origen apoyándonos en herramientas validadas. Por ejemplo, para explorar la motivación disponemos del cuestionario MUSIC, que recoge las percepciones del alumnado en cinco dimensiones: autonomía para tomar decisiones, utilidad de lo aprendido, confianza en poder superar las tareas, interés y percepción de apoyo y preocupación por parte del profesorado. Nos permite conocer qué aspectos se perciben de forma más o menos favorable y orientar las preguntas que necesitamos hacer. Es un punto de partida para investigar el problema y decidir qué mejorar.

A partir de esa información podemos plantear acciones de innovación educativa. Si sospechamos que faltan conocimientos previos, una actividad diagnóstica nos ayudará a comprobarlo y a organizar apoyos para adquirirlos. Si el alumnado no encuentra utilidad en la asignatura, tendremos que mostrar para qué sirve lo que aprende. Esa utilidad puede estar relacionada con su futuro profesional, pero también con su desarrollo personal, humanístico o científico.

La intervención debe responder a las causas que hemos identificado, aunque eso suponga combinar distintas acciones dentro de una misma clase. Después de aplicar la mejora podemos volver a utilizar MUSIC, o la herramienta que hayamos empleado inicialmente, para observar cómo han cambiado esas percepciones.

¿Queremos motivar al alumnado y conseguir que no abandone, ni física ni «espiritualmente»? Pues empecemos por averiguar qué le está pasando. Porque podemos compartir aula y asignatura, pero no necesariamente los motivos por los que dejamos de implicarnos.

Tomado de Investigación e Innovación educativa

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