Por Ángel Fidalgo
Hace tiempo, un profesor me comentó que, durante la impartición de una clase, mientras escribía en la pizarra, se paró, miró lo que había escrito y dijo en voz alta: «Por fin lo he entendido». Realmente no sé si se refería exactamente a lo que estaba explicando o a alguna idea derivada de la propia explicación. En cualquier caso, mientras estaba explicando se produjo también en él un proceso de aprendizaje.
Hace unos días me pasó algo parecido. Hace tiempo ideé dos técnicas para que el alumnado tuviese un mecanismo que le permitiera programar, en un lenguaje de programación, prácticamente cualquier fórmula, además de una forma de integrar ambas técnicas para abordar las fórmulas más complejas. Ahora estoy escribiendo unos apuntes de algoritmia y, al tratar de explicar esas dos técnicas, me he dado cuenta de que realmente son una sola técnica, pero con una variante en uno de sus pasos.
Tratar de explicar algo puede convertirse en un proceso de creación de conocimiento y, por tanto, favorecer un aprendizaje profundo, sobre todo cuando no nos limitamos a repetir algo que ya sabemos perfectamente. Para explicarlo tenemos que seleccionar lo importante, relacionar conceptos, organizar las ideas y buscar la forma de que otra persona pueda comprenderlas. No es casualidad que las distintas adaptaciones de la taxonomía de Bloom sitúen «crear» en la zona más alta de la pirámide.
Y si explicar puede producir ese efecto en nosotros, ¿cómo hacemos para que ocurra lo mismo con nuestro alumnado? Una posibilidad es muy sencilla: pedirle que trate de explicar a otros estudiantes un conocimiento, o una aplicación del mismo, que se haya trabajado en clase. Y aquí se produce una situación interesante: el aprendizaje puede ser mayor precisamente cuando aquello que tiene que explicar no lo ha comprendido completamente. Si ya lo domina, puede limitarse a reproducirlo; pero si le resulta complejo, no lo entiende bien o no sabe aplicarlo, tendrá que trabajar sobre ese conocimiento antes de poder explicárselo a otra persona.
A grandes rasgos, el método que yo sigo para hacerlo es el siguiente:
- Se establecen grupos de trabajo.
- Cada semana los grupos se reúnen e identifican los conocimientos trabajados durante esa semana.
- Etiquetan esos conocimientos: fácil, complejo, no lo he entendido, no sé aplicarlo…
- Se reparten las tareas para explicar esos conocimientos.
- Se realiza un control de calidad para asegurar que el conocimiento esté correctamente explicado.
- Finalmente, todo el conocimiento generado se comparte con el resto de la asignatura.
En mi caso, el alumnado escribe esas explicaciones en un blog al que hemos incorporado un sistema de búsqueda sencillo. De esta forma, el conocimiento creado no solamente sirve al grupo que lo ha elaborado, sino que queda disponible para todo el alumnado y para cursos posteriores. Y lo cierto es que algunas de esas explicaciones han trascendido incluso la propia asignatura: para determinados conocimientos aparecen en la primera página de resultados de Google.
Aquí dejo el enlace al blog:
https://cooperativo.liti.digym.upm.es
Seleccionar, relacionar, crear, explicar y compartir. Cinco acciones que hacen que el alumnado no se limite a recibir conocimiento, sino que tenga que trabajar con él, reorganizarlo y explicarlo a otras personas. Y es precisamente durante ese proceso cuando podemos conseguir algo más que aprender un contenido: conseguir aprendizaje profundo.
Tomado de Innovación educativa
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