jueves, 13 de mayo de 2021

Retos, oportunidades e incertidumbres del libro académico

 Escribe Sandra Sánchez-García  Universidad de Castilla-La Mancha

El 23 de abril se celebra el Día Internacional del Libro, el día más importante del año para autores, editores, libreros, bibliotecarios y todos aquellos agentes implicados en la edición y distribución de libros. Un día que además atrae la atención de millones de personas y en el que se celebran múltiples actividades para visibilizar y poner en valor el papel del libro en una sociedad cambiante, digital y actualmente inmersa en una profunda crisis sanitaria, social y económica. Hoy más que nunca es un día para reflexionar sobre el futuro del libro, sobre los cambios de paradigmas y sobre su papel en una sociedad cada vez más alejada de la cultura escrita. Esta reflexión se hace si cabe más necesaria en el ámbito universitario, donde el libro académico y científico ocupa un lugar incierto e, incluso, parece padecer “de la falta de reconocimiento de aquellos que deberían de ser sus receptores naturales: la comunidad universitaria” (Cordón-García y Gómez-Díaz, 2010, p. 33).

Incertidumbres en torno a la situación actual del libro académico

El libro académico es un tipo de documento caracterizado por estar especializado en determinadas áreas científicas y dirigirse fundamentalmente a la comunidad científica, académica y/o universitaria. Se trata, por tanto de una publicación  que se hace básicamente para la universidad, pero no únicamente desde la universidad y que incluye desde el manual de una asignatura, a la monografía especializada en un tema concreto, o incluso la publicación que se realiza con fines de divulgación científica, por lo que en algunos casos ni siquiera su contenido se dirige únicamente a un especialista o persona en formación.

Independientemente de sus características, el libro académico ha ido cayendo en desuso por diversas cuestiones tanto dentro como fuera del ámbito universitario, y es algo de lo que vienen haciéndose eco, tanto investigadores como editores, que denuncian cada vez más “la agonía de la monografía académica y científica en el formato impreso” (Gómez-Hernández, 2007, p. 31).

Es innegable la crisis del libro académico por parte de los estudiantes, que lo ven como un recurso prescindible por diferentes circunstancias muy vinculadas no solo a las fuentes de información gratuitas que encuentran en la red, sino a la propia dinámica de los sistemas de enseñanza que se utilizan actualmente en la universidad, y que alejan a los estudiantes cada vez más del libro como recurso de información. Pero se hace quizás más relevante y contradictorio el papel que tienen dentro de la comunidad científica e investigadora, donde el artículo científico se ha convertido en la fuente por excelencia para difundir los resultados de las investigaciones.

Históricamente el libro ha sido fuente principal de comunicación científica dentro de las Humanidades y las Ciencias Sociales, ocupando un papel menos relevante dentro de las Ciencias y la Tecnología. Es innegable que las disciplinas tienen sus diferencias respecto a sus hábitos de publicación, pero centrar toda la investigación sobre lo que aparece publicado en los artículos de revistas es, como denuncia Córdoba-Restrepo (2014, p. 50), “reduccionista y empobrecedor; sembrar un manto de duda sobre lo que contienen los libros y desconocer su valor es atender a un ejercicio de monopolio y tal vez tiránico de aquellos que solo ven indicadores [de calidad] en las revistas científicas”.

Desde hace varias décadas venimos observando como libros y capítulos de libros constituyen el último ítem evaluable en muchas disciplinas, y en determinadas áreas ni siquiera se cita entre los criterios imprescindibles para obtener una evaluación positiva. Si tomamos como ejemplo el área de Educación, podemos comprobar claramente cómo tanto el documento de Méritos evaluables para la acreditación nacional para el acceso a los cuerpos docentes universitarios (2019) como la Resolución de la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora, por la que se publican los criterios específicos aprobados para cada uno de los campos de evaluación (2020) relegan al libro a un segundo plano, otorgando total prevalencia al artículo científico como fuente de publicación científica.

Es evidente que algunas prácticas vinculadas con la edición universitaria han llevado a entender el libro académico, especialmente el que se publica dentro de la propia institución, como una publicación menor a la que no se aplican criterios de selección y que responden, en ocasiones, a prácticas endogámicas, ya que como afirman Cordón-García y Gómez-Díaz (2010), la mayor parte de los autores que figuran en los catálogos universitarios son profesores de la propia institución. Estos catálogos se nutren en la mayoría de los casos de publicaciones de investigadores noveles que recurran a los servicios de publicaciones de la universidad como primera opción para publicar sus investigaciones, de tesis doctorales adaptadas para su publicación como libro o actas de congresos que, en ocasiones, incluso omiten esta información para que puedan a ser acreditadas como publicación.

Estas prácticas han llevado a las agencias de evaluación a desconfiar de la calidad de estas publicaciones y, sobre todo, a exigir fórmulas y estándares de calidad que avalen la relevancia de la publicación y sus editores. En este contexto, desde hace varios años se viene trabajando en la forma de medir el impacto académico de los libros, tomando como referencia los modelos que se han consolidado para la evaluación de las revistas científicas y, aunque mejorables en algunos casos, han conseguido establecer una serie de estándares de calidad para la publicación científica.

Una de las primeras iniciativas a nivel internacional ha sido el desarrollo del Book Citation Index, que recopila las citas obtenidas por los libros indexados en la colección principal de la Web of Science, siguiendo el modelo de los tradicionales índices de citas desarrollados por Eugene Garfiel, y comercializados en la actualidad por la empresa Clarivate Analytics. Los datos de citación y productividad recogidos en este índice otorgan un estatus a la publicación y a su editor, lo que genera una carrera por cumplir con los estándares de calidad señalados en los procesos de selección y la regulación de los procesos editoriales que, sin duda, benefician a los editores y a los propios investigadores. Esta primera fuente orientada a visibilizar el impacto de los libros académicos está centrada, como ya sucede con el resto de índices de impacto de esta empresa, en el ámbito anglosajón y en determinadas áreas del conocimiento, pero se convierte en una herramienta de referencia para otros sistemas de evaluación.

El primero de los recursos surgidos en España, de la mano del grupo de investigación ILIA del CSIC es SPI (Scholarly Publishing Indicators) este sistema de información que ofrece indicadores y herramientas relacionados con las editoriales científicas o de interés para la investigación en el ámbito de las Humanidades y las Ciencias Sociales a través de la opinión de los expertos y del análisis de los procesos editoriales. Aunque los indicadores que se incluyen pretenden servir como referencia (no como valor definitivo de una editorial) en los procesos de evaluación, ofrecen un dato que se ha convertido en referencia en los procesos de evaluación: el prestigio de la editorial. Este indicador posiciona en los primeros puestos del ranking a los principales grupos editoriales tanto nacionales como internacionales, lo que provoca que muchos investigadores opten por publicar sus libros fuera del contexto universitario y recurriendo a editoriales comerciales.

Retos y tendencias en la gestión editorial universitaria

La universidad actual tiene una misión clara que se fundamenta en tres principios básicos: la docencia, la investigación y la transferencia del conocimiento, siendo además cada vez más importante la presencia social que esta tiene dentro de su comunidad. La actividad editorial se convierte en una de las herramientas más potentes que tiene la institución para visibilizar y difundir su actividad en estos tres campos, pero cada vez más la publicación de textos académicos y científicos se traslada como hemos visto a editores externos a la propia institución.

Ya hemos comprobado en las últimas décadas cómo los grandes grupos editoriales se han hecho con el monopolio de las revistas científicas, construyendo un sistema perverso en que las universidades pagan por leer y por publicar, un sistema que se alimenta con presupuestos públicos y que lleva en el ojo de mira de las instituciones académicas demasiados años y al que es difícil combatir. Este sistema ha provocado que las universidades financien la actividad de estos grandes grupos editoriales mientras que dejan sin apoyos económicos, en la mayoría de los casos, a las revistas académicas editadas por grupos de investigación, departamentos universitarios y sociedades académicas. Esta falta de apoyo institucional a las revistas científicas editadas por las propias universidades ha provocado la desaparición de muchos títulos de revistas, además de una lucha constante por la profesionalización de las que quedan y que hacen esfuerzos titánicos por mantenerse en posiciones de relevancia en rankings y sistemas de evaluación.

Esta situación nos obliga a reflexionar no solo en el momento en el que se encuentra el libro académico, sino muy especialmente el papel y la situación de las editoriales universitarias, teniendo en cuenta sus particularidades y muy especialmente cuál es su labor y su compromiso tanto dentro de la universidad como para la sociedad.

Las editoriales universitarias se diferencian en diversos aspectos de los editores comerciales, pero el más evidente es que, lejos de tener fines económicos, se persigue una rentabilidad cultural y social que repercute en la propia institución.

El editor universitario tiene el compromiso de orientar, buscar, seleccionar y evaluar obras académicas de calidad y rigor científico para su publicación y difusión, teniendo en cuenta las necesidades y demandas del ámbito académico y cultural universitario y de la sociedad en la que está adscrita para intentar dar respuesta a sus inquietudes y demandas informativas. Son, por tanto, funciones intrínsecas a la labor del editor la selección de originales, la adecuación estilística, el cuidado del diseño del sello editorial, la construcción de colecciones estableciendo una política editorial, el control financiero, y todos aquellos aspectos vinculados con la distribución y circulación de los ejemplares. Surge así también el debate sobre profesionalización de la figura del editor universitario y los comités editoriales, entre los que deben encontrarse profesionales capaces de realizar un trabajo editorial de calidad, pero también reflexionar sobre qué significa publicar en la universidad para construir un proyecto editorial acorde a las demandas académicas y sociales actuales.

En este contexto de profunda reflexión se crea en 1987 la UNE (Unión de Editoriales Universitarias Españolas), asociación de las editoriales y servicios de publicaciones de las universidades españolas y centros de investigación, que tiene entre sus objetivos promover y prestigiar la edición universitaria y poner en valor ante el conjunto de la sociedad su calidad, impacto y compromiso con la comunicación científica y cultural. Son muchas las actuaciones que se han venido desarrollando en los últimos años por esta asociación, todas ellas encaminadas a poner en valor el libro académico que se edita dentro de las universidades y, muy especialmente, por defender un modelo de publicación que no obligue a los investigadores a pagar por publicar.

Si tomamos como referencia los resultados del informe sobre La edición universitaria española. Análisis de la producción editorial de libros (2019), observamos una clara prevalencia de los grandes grupos editoriales nacionales frente a los editores universitarios. Del total de la producción editorial académica, las editoriales UNE publican tan solo un 14.71% del total de la producción especializada en Humanidades y Ciencias Sociales, y un 17.59% en Ciencia, Tecnología y Medicina, mientras que el resto de la producción se realizada desde editoriales privadas, comerciales o instituciones no vinculadas con UNE.

Como señala este informe en 2019, DILVE (Distribuidor de Información del Libro Español en Venta) recoge un total de 77.604 registros correspondientes a libros publicados por las editoriales universitarias asociadas a UNE: un 44.94% especializados en Humanidades y Ciencias Sociales y un 16.23% a Ciencia, Tecnología y Medicina, mientras que el resto de la producción se reparte en materiales docentes, creación literaria o libros de cultura y sociedad. Este estudio señala las disciplinas de historia, educación, derecho, lingüística, literatura y filología como las áreas en las que más títulos se publican, siendo precisamente aquellas áreas de conocimiento en las que el libro siempre ha sido una fuente de referencia y su reconocimiento en los sistemas de evaluación del profesorado no ha estado tan denostado.

Un dato interesante que recoge, además, este informe es el nivel de especialización tanto de los editores universitarios como de los editores comerciales en cada una de las áreas, identificando las editoriales que más producción aportan al total de libros publicados a nivel nacional en cada materia. Si tomamos como referencia el área de Educación observamos cómo las editoriales que ocupan los primeros puestos en cuanto a producción son las mismas que ocupan los primeros puestos en el ranking SPI (Ediciones Graó, Narcea, Octaedro, Síntesis o Morata, por citar solo algunas), mientras que la mayoría de las editoriales UNE más productivas, y por tanto especializadas en el área, no aparecen en el ranking SPI (UNED, UOC, Deusto o Almería) y las que lo hacen no ocupan ni siquiera puestos destacados (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte puesto 17, Universidad de Granada 19, Universidad de Navarra 21 y Universidad Autónoma de Barcelona 31).

Es cierto que la edición universitaria no tiene unos objetivos comerciales, y que la elección de originales no se basa nunca en criterios mercantilistas, pero es evidente que los primeros sistemas de reconocimiento establecidos para la determinación de los criterios de evaluación de los libros académicos no favorecen en absoluto al editor universitario, que ve en cierta medida su labor editorial cuestionada y escasamente reconocida tanto dentro como fuera de la propia institución. Es importante señalar el crecimiento de la competencia respecto a los editores comerciales, motivada en gran medida por los sistemas de evaluación de la calidad de las publicaciones científicas, que han resultado ser claramente perjudiciales para las editoriales universitarias españolas, al inducir a los investigadores a publicar sus mejores trabajos, por un lado, en editoriales comerciales y, por otro, en sellos editoriales internacionales. 

Esta situación llevó a la UNE a buscar fórmulas para reivindicar y visibilizar la calidad de la edición universitaria, destacando la creación del Sello de Calidad en Edición Académica CEA-APQ, avalado por ANECA y FECYT, que reconoce la calidad científica de diferentes colecciones editoriales. Este sello comenzó a convocarse en 2017 con el objetivo de “estimular la calidad en la edición académica mediante el reconocimiento de las mejores prácticas dentro de la edición universitaria española y convertirlo en un signo distintivo que, tanto agencias de evaluación de la actividad investigadora como la comunidad académica y científica, puedan identificar fácilmente” (Bonilla et al., 2019, p. 1). Uno de los grandes avances de este sello es que el  reconocimiento ha quedado recogido de forma expresa en los criterios de evaluación para el programa ACADEMIA y en las convocatorias de la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora. Aunque, como hemos señalado, en ambas convocatorias los libros siguen tratándose como un tipo de publicación residual, el hecho de contemplarse una serie de criterios para determinar su impacto y calidad, se convierte en toda una declaración de intenciones para poner en valor el libro científico y el papel de los editores universitarios para la búsqueda de la excelencia, a partir de la formulación de una serie de criterios recogidos de forma explícita y pública en cada convocatoria y que miden de forma objetiva tanto la calidad editorial de las colecciones como su repercusión.

Finalmente destacar entre sus actuaciones la convocatoria de los Premios Nacionales de Edición Universitaria desde 2012, unos premios que reafirman su compromiso con la calidad editorial, y evidencian la rica diversidad de la edición universitaria española, al reconocerse doce categorías distintas: mejor obra editada, mejor monografía en cada una de las cuatro grandes áreas de conocimiento (Artes y Humanidades; Ciencias, Ingeniería y Arquitectura; Ciencias de la Salud; y Ciencias Jurídicas y Sociales), mejor obra de divulgación científica, mejor edición digital y multimedia, mejor colección, mejor traducción, mejor coedición con una editorial privada, mejor coedición interuniversitaria y mejor obra didáctica.

Oportunidades que ofrece la edición digital

A pesar de todos estos esfuerzos, los libros académicos y científicos siguen planteando un reto a los editores universitarios, siendo la promoción y la distribución de los materiales publicados por las universidades una de las cuestiones que mayores dificultades plantea dentro de los servicios editoriales. Por este motivo, desde hace varios años, se está trabajando en la búsqueda de nuevas estrategias que mejoren la circulación de las ediciones universitarias y las publicaciones generadas por los centros de investigación, con iniciativas que van desde la mejora de los puntos de venta en universidades y librerías, hasta la presencia de estas publicaciones en la principales ferias nacionales e internacionales. En este sentido, la UNE ha realizado una gran labor promoviendo y gestionando la presencia anual de las publicaciones de asociados en la Feria del Libro de Madrid, en el Salón Internacional del Libro LIBER, en las Ferias Internacionales del Libro de Buenos Aires, Bogotá y Guadalajara, o la Feria Internacional del Libro Universitario (FILUNI), entre otras.

Pero es el desarrollo de la edición electrónica, los repositorios institucionales y las políticas de acceso abierto las que se están configurando como una de las principales oportunidades para solventar los problemas de distribución, circulación, acceso y preservación de los fondos editoriales. Con este propósito se pone en marcha en 2014 Unebook, la plataforma de venta y distribución del libro universitario español, para difundir el catálogo de las editoriales universitarias y garantizar el acceso a estos contenidos desde cualquier lugar del mundo. Aunque se trata básicamente de una plataforma de comercialización, el proyecto incluye un repositorio de almacenamiento, gestión y distribución de fondos digitales, que en colaboración con REBIUN (Red Española de Bibliotecas Universitarias) intenta avanzar tanto en el proyecto de intercambio de publicaciones entre las universidades asociadas como en facilitar el acceso en abierto a las publicaciones. Este tipo de plataformas ayudan a romper con el aislamiento del libro universitario, aprovechando las oportunidades que ofrece la transformación digital, para visibilizar los contenidos ante todo tipo de públicos.

Desde UNE y en colaboración con REBIUN se está trabajando para el fomento de un modelo de publicación de monografías en abierto. Los informes Recursos y servicios de difusión de monografías en acceso abierto publicadas por editoriales universitarias españolas (2021) y Visibilidad de la producción editorial en los repositorios institucionales. Selección de prácticas (2019), presentan algunos recursos tanto nacionales como internacionales que tienen como objeto no solo la publicación y difusión de libros académicos, sino sobre todo identificar las mejores prácticas para hacer accesibles estos materiales en recolectores y buscadores. El desarrollo de estos repositorios y plataformas para acceder a los libros académicos en acceso abierto se convierten en una oportunidad para proyectar mayor visibilidad y facilitar el acceso a cualquier tipo de usuarios a contenidos académicos. Además, de cara a los autores, las ventajas de estas plataformas de publicación en abierto son notables en cuanto al incremento de la difusión e impacto de sus publicaciones.

Aunque en este sentido aún queda un amplio camino por recorrer, ya nos encontramos con plataformas especializadas en la recolección de metadatos de libros digitales, entre las que destacan el directorio DOAB (Directory of Open Access Books), el agregador OAPEN (Open Library and Publication Platform) o la Open Research Library. Estas iniciativas, siguen los modelos de las plataformas de recolección de revistas que se han consolidado en los últimos años, y facilitan la exportación de los datos desde los repositorios de origen gracias al uso del protocolo AOI-PMH. A nivel nacional destaca la iniciativa REDIB libros, que bajo el auspicio de Universia y el CSIC, han puesto en marcha una plataforma de monografías científicas, que permite ofrece a los editores la posibilidad de indexar y gestionar sus títulos, además del acceso abierto o de pago a los contenidos; y el portal bibliográfico Dialnet, un proyecto cooperativo iniciado en 2001 por las bibliotecas universitarias y que se ha pasado de ser el mayor portal de referencia de la bibliografía académica española, a un agregador de metadatos y contenidos que se vislumbra como el portal de referencia para visibilizar, acceder y evaluar la mayor parte de la producción científica generada desde las universidades.

En cualquier caso, los desafíos de la edición de libros académicos en abierto a día de hoy se encuentran básicamente en la financiación de las publicaciones, en el desarrollo de políticas públicas y medidas de apoyo a la publicación en acceso abierto, en la creación de herramientas e infraestructuras que faciliten un desarrollo real de la ciencia abierta, e incluso en cuestiones vinculadas con los derechos de autor y la propiedad intelectual, pero muy especialmente en el valor y prestigio que la propia comunidad investigadora otorgue al libro académico.

La universidad debe involucrarse activamente en la labor de edición y difusión de las publicaciones científicas, entendiendo el libro como uno de los recursos que mejor cumplen con su función informativa. “Porque universidad y libros han estado siempre unidos en una relación casi de causa-efecto, las editoriales universitarias españolas tienen la obligación de mejorar en su empeño y contribuir a la difusión y al desarrollo de la ciencia y el pensamiento” (Pérez-Lasheras, 2007, p. 44).  Es evidente la necesidad de reformulación de los objetivos y funciones de los servicios editoriales de las universidades, desde la propia misión y estrategia de la institución, centrando su proyecto editorial en obras que posibiliten la docencia, que visibilicen las investigaciones propias y ajenas, y que contribuyan a difundir la ciencia y el conocimiento a toda la sociedad. Pero se hace más necesario si cabe que toda la comunidad universitaria entienda la necesidad de construir y fortalecer unos servicios editoriales basados en la calidad, la transparencia y la excelencia.

¡Feliz día del libro (académico)!

 

Referencias bibliográficas:

Bonilla-Calero, A., Carabantes-Alarcón, D., & Sastre-Castillo, M. A. (2019). Indicadores de calidad en edición académica. Métodos de investigación científica10(18), 1-28. https://doi.org/10.5557/IIMEI10-N18-001028

Córdoba-Restrepo, J.F. (2014). Universidad y edición: caminos abiertos para el debate y la crítica. Boletín cultural y bibliográfico48(86), 41-51. https://publicaciones.banrepcultural.org/index.php/boletin_cultural/article/view/4998

Cordón-García, J. A., & Gómez-Díaz, R. (2010). Edición universitaria en el contexto de la edición científica: autoría, reconocimiento y valoración. El profesional de la información, 19(1), 28-34. https://doi.org/10.3145/epi.2010.ene.04

Gómez-Hernández, J. A. (2007). La edición universitaria en cuestión, a los veinte años de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas (UNE). En M. Polo-Pujadas (Coord.), Innovación y retos de la edición universitaria (pp. 31-35). Universidad de la Rioja.

Pérez-Lasheras, A. (2007). La edición universitaria en el siglo XXI. En M. Polo-Pujadas (Coord.), Innovación y retos de la edición universitaria (pp. 37-44). Universidad de la Rioja.

Cómo citar esta entrada:

Sánchez-García, S. (2021). Retos, oportunidades e incertidumbres del libro académico. Aula Magna 2.0. [Blog]. Recuperado de: https://cuedespyd.hypotheses.org/9119

Tomado de Aula Magna 2. 0 con permiso de sus editores

miércoles, 12 de mayo de 2021

Técnicas de curación de contenidos

 Escribe Javier Guallar

Guía básica de content curation: respuestas curadas a preguntas e inquietudes comunes sobre curación / 9

Este post está dedicado a dar respuesta a preguntas habituales sobre qué técnicas existen para hacer content curation o cuáles son las mejores técnicas de curación de contenidos que puede emplear el content curator.


Técnicas de curación de contenidos

Cuando hablamos de técnicas en content curation, nos solemos referir a aquellas que puede utilizar un content curator para aportar valor al contenido curado. Estas se concentran en la fase de Sense making o caracterización de contenidos, aunque también se puede hablar de técnicas específicas para otros momentos de la curación, como es el caso de la técnica del mapa de palabras clave [1], para la fase de Search.

De las diferentes propuestas existentes en la literatura sobre curación, una de las de mayor influencia es la de Deshpande, que identifica seis técnicas: Abstracting, Re-titling, Summarizing, Quoting, Storyboarding y Paralellizing [2].

En esta Guía propongo una adaptación de la relación original de técnicas de Deshpande, en la que no considero Abstracting como técnica específica de curación por su escasa aportación de valor (es poco más que cortar y pegar el contenido original), y por otra parte, veo interesante distinguir en Summarizing dos variantes, Resumir y Comentar. Mi propuesta es como sigue:

  • Retitular (Re-titling): se trata de ofrecer un título diferente al original (cuando se curan contenidos de una única fuente);
  • Resumir: se trata de realizar un resumen de tipo descriptivo o informativo del contenido curado.
  • Comentar: consiste en mostrar un comentario personal o la opinión del curador acerca del contenido curado.
  • Citar (Quoting): se trata de citar un fragmento, o más de uno, de la fuente original;
  • Storyboarding: reunir diversas piezas con formatos diferentes (p.e., de Twitter, YouTube, Instagram, webs…) unidas por la narración del curator;
  • Paralelizar (Paralellizing): establecer una relación entre dos o más piezas de contenido diferentes, que antes de la curación no estaban relacionadas entre sí.

Seguramente lo mejor para entenderlas bien es observar su uso en ejemplos reales de productos de content curation. Para ello, se puede consultar, por ejemplo: esta presentación sobre técnicas de curación [3]; la serie de posts en este blog sobre técnicas (de momento solo disponibles las cuatro primeras mencionadas) [4]; o ejemplos de uso en hilos de Twitter [5].

Fuentes seleccionadas:

Muy pronto un nuevo post de Guía básica de content curation: respuestas curadas a preguntas e inquietudes comunes sobre curación. Si te ha parecido útil, compártelo en tus redes sociales y ¡buena curation!

Tomado de los Contents Curators con permiso de sus editores

martes, 11 de mayo de 2021

Asistentes de voz virtuales en entornos bibliotecarios y educativos.

 Escribe Julio Arévalo


Virtual Voice Assistants (Library Technology Reports): Amazon.es: Rivero,  Erin, Shih, Win: Libros en idiomas extranjeros

Win Shih y Erin Rivero “Virtual Voice Assistants” Library Technology Reports vol. 56, no. 4 (May/June 2020)

Texto completo

Con el rápido avance de la tecnología de voz, los dispositivos de altavoces inteligentes han penetrado en muchos hogares y empresas estadounidenses. Los asistentes de voz, como Alexa de Amazon, Siri de Apple y Google Assistant, están integrados en una gran cantidad de productos de consumo e IoT. Los asistentes digitales actúan como agentes inteligentes que interactúan con las voces de los usuarios, respondiendo con respuestas y apoyo.

Este número de Library Technology Reports (vol. 56, nº 4), “Asistentes de voz virtuales”, ofrece en primer lugar una visión general de la tecnología que hay detrás de los altavoces inteligentes y los asistentes de voz, también conocidos como asistentes digitales o virtuales. Además, explora los usos innovadores de dicha tecnología en entornos bibliotecarios y educativos. A continuación, el informe aborda cuestiones relacionadas con la ética, la privacidad, la seguridad y la confianza, y concluye con una revisión de las tendencias futuras y consejos para los responsables de la toma de decisiones que se preparan para integrar los asistentes de voz en sus organizaciones.

Tomado de Universo Abierto

lunes, 10 de mayo de 2021

Ambientes educativos a distancia, híbridos o combinados, ¿igualan o desigualan? Y llegó el COVID 1 respuesta

 Escribe Lorenzo García Aretio

En la entrada anterior escribía sobre el importante tema de la igualdad, desigualdad, equidad, exclusión, diferencias, etc., relacionados con el ámbito de la educación. Algunas ideas fundamentales allí vertidas

  • La educación pretende el logro de aprendizajes valiosos.
  • Todos tienen derecho inalienable a una educación de calidad.
  • Los poderes públicos están obligados a posibilitar la igualación en el acceso al bien de la educación.
  • También igualar las posibilidades para la permanencia y promoción dentro del sistema educativo.
  • Esos derechos de acceso y de permanencia deberán adecuarse siempre al principio del respeto a las diferencias individuales.
  • La equidad perseguible, supondría facilitar medios, recursos, vías…, diferentes a quienes, por múltiples factores, son diferentes.

Llegados a este punto nos podríamos preguntar, si especialmente nos fijamos en el nivel universitario, la educación a distancia, hoy digital, los modelos híbridos y combinados, pueden:

  • ¿conformarse como instrumentos adecuados para facilitar el principio de igualdad de oportunidades de acceso?,
  • ¿igualar las oportunidades de permanencia en el sistema?,
  • ¿convertirse también en modalidades compensadoras de ciertas desventajas?, etc.

Resulta evidente que si hablamos del nivel de estudios superiores, sería complicado contar con centros universitarios accesibles a toda la población en formato presencial, más allá de la justicia social que puedan suponer los sistemas avanzados de becas de ayuda al estudio.

Ahí incursionó en su momento la educación a distancia que, desde muchas instituciones, vino ofreciendo programas de aceptable calidad educativa que supusieron una destacada función social de apoyo determinante al principio de esa igualdad de oportunidades y a la democratización del acceso a los estudios de nivel superior. Porque no olvidemos que, en su momento y, aún hoy en zonas geográficas desfavorecidas:

  • Los sistemas presenciales no podían cubrir la alta demanda de educación existente, que se pudo ver atendida con formatos no presenciales;
  • las poblaciones alejadas geográficamente de los centros de estudio se vieron compensadas con las posibilidades que les brindaban los modelos no presenciales;
  • los trabajadores en activo, que aspiraban a un nivel educativo superior con el afán de promocionar profesional y socialmente, vieron inmensas posibilidades en modalidades que no exigían presencia sistemática en las aulas;
  • las entonces amas de casa, los reclusos, los hospitalizados, los emigrantes, etc., encontraron en estos sistemas posibilidades inusitadas para cumplir el deseo de la formación, la promoción social, la mejor inserción en el entorno, etc.

Pero en todos esos casos hablamos de estudios universitarios, de reciclaje, de actualización profesional, etc. No se idearon inicialmente estos formatos para estudios en niveles inferiores, para niños o adolescentes, cuya necesidad de socializar en presencia supone un hándicap serio para este tipo de programas educativos y de formación.

Pero en marzo de 2020 llegó el COVID-19 y las consiguientes órdenes de confinamiento y cierre de centros educativos. Y, en general, el sistema educativo de los diferentes países respondió, no se detuvo, gracias a que existían experiencias muy exitosas de educación a distancia digital. Y, aunque estos sistemas, como ya indiqué, inicialmente se fueron estableciendo para jóvenes y, especialmente, adultos, no para adolescentes ni, mucho menos, para niños, resulta que ofrecieron oportunidades para que no se decretase un largo período vacacional que hubiese agregado mayor daño a la propia gravedad de esta desgraciada pandemia.

Y, más allá de las reticencias de algunos, o de muchos, los docentes de todo el sistema educativo tuvieron una respuesta extraordinaria, que merecería mayor reconocimiento social, sin que nadie les hubiese preparado para estas nuevas metodologías y, generalmente, con escasísimo apoyo de las administraciones públicas que, obviamente, se vieron desbordadas por la situación.

Y, claro, llegaron a aflorar más las desigualdades. Ya, no todos, ricos y pobres, estaban en la misma aula ni codo con codo con sus iguales, ni en la presencia física del mismo profesor. Y, lo peor, no todos contaban con:

  • Conectividad a Internet en sus hogares;
  • y, si la tenían, con calidad o ancho de banda aceptable;
  • ni tenían dispositivos tecnológicos con capacidad de vídeo síncrono (¿uno para cada hermano?…).
  • ni con espacio de trabajo, entorno y ambiente familiar adecuados;

En consecuencia, una educación a distancia digital que supuso, y sigue suponiendo, un instrumento ideal para la igualación de oportunidades, para el acceso al bien de la educación de aquellas poblaciones marginadas de ese beneficio, resulta que, a la vez, pudo suponer un instrumento de clara discriminación  para las clases más desfavorecidas que no disponen de las condiciones antes señaladas o, si cuentan con ellas, son de ínfima calidad con respecto a los estudiantes más favorecidos socieconómicamente.

Mis queridos lectores, lo que llega a incomodar, a mí, y a otros muchos defensores y practicantes de estos formatos digitales es que, a raíz de estos  argumentos razonables, lógicos, ciertos y bien mostrados durante la pandemia y en períodos de pospandemia, se trate de descalificar a la educación a distancia digital, en las diferentes formulaciones que se muestran en la imagen de este post,  sin otros más argumentos sólidos de carácter pedagógico.

En más de una entrada a este blog he tratado de mostrar las ventajas, la eficacia y los resultados de estos procesos educativos, siempre que se respeten los requerimientos y diseños apropiados y según nivel e índole del curso. De acuerdo con la propia UNESCO, el impacto de estos sistemas, en el aprendizaje adulto, es indudable.

Si volvemos a mi post anterior en este blog, allí me refería al concepto de equidad. En realidad es lo que «predico», equidad, más allá de la igualdad. Si el confinamiento de hace un año llegó súbitamente y sin previsión educativa alguna, esta última circunstancia no debería darse en una segunda ocasión. Y lo mismo, en situaciones de posconfinamiento, de propuestas híbridas o combinadas.

Al igual que esas decisiones a la hora de facilitar libros, materiales de estudio, transporte escolar, etc., deberán activarse otras nuevas medidas compensatorias, para que en momentos similares a los que hemos vivido este último año, no se produzcan tantas desigualdades, brechas o desventajas educativas.

Un derecho universal a la educación, debe ser concomitante con un derecho universal a la conectividad, a contar con dispositivos y espacio físico apropiado para el estudio. Ello haría posible que aquella educación a distancia de entonces, analógica y de profundo servicio a la sociedad y a la igualación de oportunidades, pudiera hoy equiparar y compensar situaciones de desventaja educativa, a través de sistemas a distancia, híbridos o combinados. Esas desigualdades no dependen de las metodologías pedagógicas, dependen de las respuestas de las administraciones públicas a propiciar modalidades educativas que pueden resolver numerosos problemas y limitaciones de los sistemas presenciales.

Una educación a distancia analógica igualó oportunidades de acceso para muchos sectores de la población, aunque una educación a distancia digital, más allá de seguir ofreciendo servicio educativo a personas alejadas de ese bien, generó desigualdades debido a la brecha.

Pero, en efecto, una educación a distancia digital aportó más soluciones que problemas en momentos de emergencia. Y, una educación a distancia digital puede brindar mucho progreso social y conformar un argumento para que los gobiernos de los diferentes países apuesten seriamente porque un derecho de acceso al mundo digital sea, al igual que la educación, un derecho universal. Acercar las orillas de la brecha digital y de las otras brechas, y si es posible, zurcirlas, pegarlas o sellarlas de la mejor manera posible.

ENTRADAS ESPECIALES COVID-19 – SUGERENCIAS PARA LA EMERGENCIA Y, EN SU CASO, PARA EL TRÁNSITO A LA EDUCACIÓN A DISTANCIA DIGITAL PLENA O COMBINADA

Citar así esta entrada:
García Aretio, L. (27/04/2021). Ambientes educativos a distancia, híbridos o combinados, ¿igualan o desigualan? Y llegó el COVID. Contextos universitarios mediados. (ISSN: 2340-552X). Recuperado de https://aretio.hypotheses.org/5841.

viernes, 30 de abril de 2021

Datos científicos abiertos: por qué es importante elegir y reutilizar los datos adecuados

 Escribe Julio Arevalo

Lipton, V. [e-Book] Open Scientific Data : Why Choosing and Reusing the RIGHT DATA Matters, london: IntechOpen 2020.

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Este libro muestra cómo la visión del acceso abierto a los datos científicos puede alcanzarse más fácilmente mediante un modelo por etapas que los financiadores de la investigación, los responsables políticos, los científicos y las organizaciones de investigación pueden adoptar en su práctica. Basándose en su propia experiencia con el procesamiento de datos, en los primeros resultados de los datos científicos abiertos en el CERN (la Organización Europea para la Investigación Nuclear) y en estudios de casos de datos de ensayos clínicos compartidos, la autora actualiza nuestra comprensión de los datos de investigación: qué son, cómo evolucionan dinámicamente en las distintas disciplinas científicas y en las diversas etapas de la práctica de la investigación, y cómo pueden, y de hecho deben, compartirse en cualquiera de esas etapas. El resultado es un camino flexible y pragmático para implementar los datos científicos abiertos.

Tomado de Universo Abierto