jueves, 22 de noviembre de 2018

La Transformación Digital empieza por ti

Escribe Marta Torán

No voy a insistir. Todos hablamos de ello. El mundo del trabajo está viviendo una gran revolución... los que no se sumen se quedarán fuera... bla, bla, bla...

Pero no sé si te han dicho que eres tú la pieza clave de este puzzle. Sí, la transformación digital, esa que va cambiar el mundo o tu empresa, empieza por ti. Si no cuentan contigo, están perdidos... Y tú, también.

Personas, Procesos, Relaciones, Tecnología... Tú estás ahí, el primero de todos. Porque sin ti, lo demás no funciona.

Tienes que prepararte. Estés donde estés, hagas lo que hagas. Ya lo estás haciendo, sin duda. 


Autonomía











El aprendizaje personal es imprescindible para estar actualizado y listo para abordar de manera ágil el trabajo en el siglo XXI. No se trata de "ir a cursos", se trata de ser capaz, de manera autónoma, de aprender y encontrar la solución a tus problemas.

Establece tus rutinas de aprendizaje personal: identifica dónde está el conocimiento y acude a él cuando lo necesites.

Tienes a tu alcance muchos datos, mucha información, mucho conocimiento... ¿Sabes dónde? ¿Distingues la sabiduría del petardeo? ¿Puedes, de un vistazo, saber si una web que consultas es veraz? ¿Organizas tus fuentes? ¿Utilizas herramientas que te ayudan a gestionar la información que es valiosa para ti? ¿Sabes hacer que esa información llegue a ti?


Colaboración












El trabajo ha cambiado.

El conocimiento no se atesora, se comparte. En las "empresas digitales" los perfiles que más comparten son los que más brillan. Se necesitan personas que "narren su trabajo", que sepan trabajar en colaboración, que asuman diferentes roles en proyectos, que interactúen en distintos contextos...

¿Te sientes cómodo participando y compartiendo tu conocimiento? ¿Conoces y utilizas entornos para interactuar con otras personas con tus mismos intereses? ¿Sabes trabajar en grupo sacando partido a herramientas que permiten la comunicación y la colaboración? 


Innovación












En este siglo viviremos la automatización del trabajo y la creación de nuevas profesiones relacionadas con el "rol humano" (el trabajo que no harán las máquinas).

La innovación y la rapidez en la adaptación a los cambios será clave para las empresas que quieran sobrevivir.

La creatividad y la innovación no es únicamente algo encomendado a departamentos estancos de personas que piensan y diseñan. Tú también puedes crear. Se te va a pedir agilidad, participación en generación de ideas, en diseños de soluciones, en mejora de procesos... No mires a otro lado.

¿Conoces modelos para el trabajo creativo? ¿Sabes analizar un proceso para intentar mejorarlo? ¿Estás al día sobre "lo último" y "lo que vendrá" en tu ámbito de trabajo?


Autonomía. Colaboración. Innovación.


Si tienes este triplete en tu perfil, ya estás listo


Tomado de Reflexiones sobre aprendizaje con permiso de su autora

martes, 20 de noviembre de 2018

El futuro ya está aquí: ¿responden nuestras revistas al entorno digital 3.0?

Escribe Marta Ruíz Corbella Editora de Aula Magna 2.0. Editora Jefe de Educación XX1.
Facultad de Educación (UNED).
Antes de que regresáramos de nuestras vacaciones de verano, teníamos ya sobre la mesa el último número de la Revista Española de Pedagogía. Este volumen reunió a ocho editores de publicaciones científicas relevantes del campo educativo con el objetivo de abordar los retos que las revistas científicas deben plantearse para responder a las demandas, necesidades y cambios de la ciencia y, en consecuencia, la investigación, la universidad y su profesorado. Valorar de donde partimos, dónde estamos para poder incorporarnos al futuro. Futuro que no tiene nada que ver con lo que hemos vivido a lo largo de estos últimos 20 años. Futuro determinado no solo por los avances tecnológicos, sino también por las decisiones que se están tomando en las diferentes instancias políticas sobre la ciencia, la educación superior y el desarrollo profesional de su profesorado e investigadores.
Hablar de lo que llevamos a cabo como editores está bien, pero considero que debemos ir más allá (Ruíz-Corbella, 2018). No sé si es casualidad que en estos últimos meses haya leído un libro que mantiene que la reflexión sobre el futuro es el mejor instrumento para afrontar la innovación. Trata del universo de los datos, de la gestión de la información, del valor del saber, del exceso de información refiriéndose en este caso a la democracia (Innerarity, 2011), que traslado a la gestión de la comunicación científica.
También tuve la oportunidad de leer otra publicación en la que se presenta un interesante análisis de la situación actual de las revistas científicas, a la vez que apuesta al futuro exponiendo las nuevas opciones que están emergiendo (Anglada, 2017). En estos últimos meses cayó en mis manos un trabajo sobre los nuevos programas computacionales que están facilitando el acceso abierto, el análisis de grandes números de datos, que me llamó la atención (Somers, 2018). Autor que apuesta por la necesaria revolución en la comunicación de los resultados científicos que se derivan de estos avances y que pone en entredicho la pervivencia del artículo científico, tal como ahora lo conocemos. El autor recuerda que la imprenta se inventó para facilitar la impresión de los manuscritos, aunque los primeros libros fueran copia del modo cómo hasta entonces se elaboraban. Tecnología, la imprenta, que tardó cerca de 100 años en desarrollar una forma diferente de edición.
En la comunicación científica pasa algo parecido. Seguimos desarrollando un proceso que no ha cambiado en 400 años en un contexto en el que el acceso a la información, la organización y análisis de la misma, los métodos, los recursos, etc. disponen de potentes programas informáticos que están revolucionando la investigación y su difusión. Estamos en un momento que debemos avanzar hacia nuevos modelos y modos de comunicar ciencia. Vivimos y trabajamos en un ecosistema mediático que nos exige nuevas fórmulas. No tengo la respuesta, pero sí la posibilidad de acercar esta situación para iniciar, al menos, la reflexión y el debate.
Pero vayamos por partes. Como punto de partida destaco el valor indiscutible de la revista científica, ya que es un instrumento clave en el proceso de hacer ciencia: la comunicación de resultados. Sin duda, la revista científica continúa siendo considerada como la vía reconocida por la comunidad científica para la difusión de los resultados de cualquier investigación. Están apareciendo otros canales en los que los investigadores avanzan sus resultados o plantean a sus seguidores cuestiones sobre las que inician sus trabajos. Blog, Twitter, Facebook o Instagram son claros ejemplos. Pero ninguno de estos suple el reconocimiento de la publicación periódica como referente indiscutible capaz de otorgar visibilidad, confiabilidad, universalidad y reconocimiento a las investigaciones recogidas en ellas (Alonso-Gamboa, 2017). La revisión de los originales por parte de expertos, la presentación de los textos en un formato definido, su distribución periódica por parte de editores especializados (sociedades científicas, universidades, etc.) son los elementos que han identificado a toda revista, con una estructura y gestión que se han mantenido a lo largo del tiempo (Laakso, 2017). En suma, la revista, y aquí aflora la responsabilidad de los editores, aporta a la comunidad científica y a la sociedad esa visibilidad, confiabilidad y reconocimiento de los resultados de cada investigación que se publican en ella. Y no olvidemos que “lo que no se publica, no existe”, que no es lo mismo publicar en una u otra revista, en uno u otro formato.
Y en este diseño de las publicaciones científicas el editor es el eje principal de su funcionamiento. Hasta ahora, este, con un pequeño equipo editorial, aborda las diferentes funciones propias de una publicación de este tipo.  A la vez, no olvidemos, este valor –que también es poder- de las revistas científicas condiciona la comprensión y el comportamiento en la cultura científica de cada área de conocimiento. Por ejemplo, influye en temas sobre los que se escribe, metodologías que se valoran, formato de los artículos, etc.
Pero en un muy poco tiempo debemos afrontar un salto cualitativo en esta nueva forma de gestión y edición de las revistas iniciado a partir de la expansión de la web 2.0. Nos enfrentamos a aplicaciones que facilitan una nueva forma de hacer, acceder, evaluar, difundir y compartir ciencia. Y, más relevante todavía, ya no estamos ante una opción, sino ante una exigencia: estás en la red o, sencillamente, no existes (Fiala y Diamandis, 2017). Estamos viviendo la apertura a una nueva revolución de la comunicación científica enclavada en un ecosistema mediático en continua transformación, facilitado, entre otros, por tres elementos clave:
  • La irrupción de las tecnologías de la información y la comunicación a partir de la evolución de la red. En especial, la web semántica que revoluciona el modo de almacenar, recuperar y trabajar con los datos, las bases de datos, los repositorios, el movimiento ‘Open Access’, etc. que conlleva que, poco a poco, la unidad de análisis real sea el artículo y no tanto la revista.
  • La cultura de rendición de cuentas, que mantiene una permanente evaluación de la calidad de la revista y del artículo. Los indicadores de calidad de las publicaciones científicas es una constante, p.e., recientemente LATINDEX ha actualizado estos indicadores para la edición digital. O el conocido factor de impacto otorgando prioridad a las bases de datos selectivas de la Web of Science y de SCOPUS, lo que ha derivado que no se escriba de acuerdo a los resultados de la investigación, sino pensando en las revistas indexadas en determinada bases de datos y cuartiles.
  • Y, por supuesto, las decisiones políticas que inciden, a raíz de los criterios de evaluación que utilizan (por ejemplo, artículos publicados en determinados cuartiles de JCR, con determinado número de páginas, nº de autores, etc.) en la promoción de los investigadores. O la decidida apuesta política por el acceso abierto a la ciencia, con todas las consecuencias (científica, económica, productiva, etc.) que se derivan de esta opción. Tema sumamente complejo aún sin resolver.
Si revisamos las revistas científicas del área de Educación, debo destacar el enorme esfuerzo que sus editores han llevado a cabo y la capacidad que han mostrado por situarlas en los rankings internacionales. Se ha mostrado la capacidad que tenemos de competitividad a nivel internacional, pero debemos ser conscientes de que aún tenemos por delante uno de los retos más importantes para nuestras publicaciones: responder a las exigencias y modos de hacer ciencia 2.0. Para ello destaco una serie de claves que como editores debemos abordar ya con urgencia:
En primer lugar, para garantizar la gestión y edición de las revistas científicas en el ecosistema de la web 3.0, es necesario un equipo multiprofesional en el que se contemplen expertos en documentación, en TIC, en marketing digital, en entornos digitales, etc., sin olvidar, lógicamente, expertos en contenidos científicos y académicos específicos de cada publicación. Debe garantizar un modelo de negocio claro y sostenible. El debate en este punto radica si las revistas deben apoyarse, fundamentalmente, en la financiación por parte de las instituciones, debe apostar por el pago de los autores por publicar, o es necesario abordar otro modelo de financiación.
La edición digital está abriendo multitud de posibilidades tanto para la edición de la revista como aportar valor añadido a cada artículo. El usuario está demandando una verdadera experiencia digital al acceder al mismo, ya que no se trata de leer en formato pdf, sino un artículo en el que se aportan hipervínculos a los datos completos de la investigación, a los temas que se tratan en él, a las referencias editadas en otros medios, al video y audio en el que los autores explican y/o complementan esa investigación, de participar enviando comentarios, evaluaciones, etc., etc. En definitiva, enriquecer cada original, y aportar valor a este proceso de comunicación.
Retomando el proceso de edición de la revista, la web 3.0 está facilitando nuevos formatos de publicación. Valgan como ejemplos el megajournal o el datajournal, ya existentes en el área de las Ciencias. O el debate sobre nuevas formas de revisión de los originales. Poco a poco se está reclamando que el editor únicamente se limite a verificar la pertinencia del tema en relación a los objetivos de su publicación y la calidad metodológica del artículo, ya que la calidad del contenido será valorada, como preprint, por la propia comunidad científica. O, una vez editado el artículo, su impacto y su valor dependerán de las citas, difusión y valoraciones recibidas. En este caso, ya no serán los revisores los que avalen la calidad de cada original, sino su capacidad de atraer citación, difusión en otros medios y la evaluación por parte de los colegas. Junto a estos, existen otros modos de evaluar los trabajos científicos, aunque todavía no hay consenso en un modelo único.
El trabajo de la difusión es tan importante como la selección de los trabajos que se publican, función que no puede desarrollarse sin la colaboración activa de los autores. Los nuevos canales de difusión (audio, video, imagen y texto), en los que las redes sociales resultan claves, presentan un posicionamiento social tan relevante que han convertido al marketing digital en un elemento clave en este proceso de difusión de la ciencia.
En la evaluación del impacto las altmétricas alcanzarán cada vez mayor relevancia. Pero recordemos que estas métricas recogen datos que se derivan de nuestra capacidad de difundir nuestros trabajos en los nuevos canales de difusión. Llegar a monitorizar a los usuarios para tener las claves de qué es lo que demandan en cada momento, lo que nos ayudará a tomar las decisiones pertinentes para la selección de nuevos originales, de temas emergentes o de nuevos formatos.
Y, por supuesto, construir la marca personal de nuestra revista, su identidad digital que irá forjando su reputación. Esta continuará otorgando valor a los artículos incluidos en ella, tendrá un valor de marca, pero cada uno de estos son los que deben hacerse valer al tener que conseguir su factor de impacto, el competitivo y el altmétrico. Lo que exige una  activa interacción entre editores, autores, lectores e investigadores.
Sin duda estamos ante una situación compleja, incierta ya que no disponemos de la necesaria información y formación como documentalistas, gestores de marketing, informáticos, expertos en entornos digitales, etc., que nos ayudaría a tomar mejores decisiones como editores. Lo que he mencionado en esta entrada es apenas una pequeña parte de lo que tenemos por delante. Ahora lo que sí está claro es que estamos ante una nueva forma de comunicar ciencia, ante un salto cualitativo en la comunicación científica, que va a requerir una profesionalización del equipo editorial, e insisto en la idea de equipo. Toda la comunicación científica será digital y en acceso abierto, lo que deberá garantizar, a su vez, la experiencia digital a través de la multilectura.
Por último, no quiero finalizar sin mencionar la responsabilidad social que tenemos como editores. Seleccionar los resultados y avances de la ciencia, editarla de acuerdo a los criterios éticos propios de nuestras publicaciones, difundirla… muestran la dimensión ética de esta tarea que tampoco debemos obviar.
 Referencias bibliográficas:
Abadal, E. (ed) (2017). Revistas científicas: situación actual y retos de futuro. Barcelona: Ediciones Universitat de Barcelona.
Alonso-Gambo, J.O. (20117). Transformación de las revistas académicas en la cultura digital actual. Revista Digital Universitaria, 18(3), art 22.
Fiala, C. & Diamandis, E.P. (2017). The emerging lanscape of scientific publishing.Clinical Biochemestry, 50(12) 651 – 655.
Innerarity, D. (2011). La democracia del conocimiento. Por una sociedad inteligente. Barcelona: Paidós
Laakso, M. (2017). Prólogo. En E. Abadal (ed) Revistas científicas: situación actual y retos de futuro (pp. 9-12). Barcelona: Ediciones Universitat de Barcelona
Ruiz-Corbella, M. (2018). De la edición impresa a la digital: la radical transformación de las revistas científicas en ciencias sociales. Revista Española de Pedagogía, 271, 499 – 518.
Somers, J. (2018). The scientific paper is obsolete. Here’s what’s next. The Atlantic Magazine, april, 5.
Cómo citar esta entrada:
Ruíz Corbella, M. (2018). El futuro ya está aquí: ¿responden nuestras revistas al entorno digital 3.0? [Blog]. Recuperado de: http://cuedespyd.hypotheses.org/4652

Tomado de Aula Magna 2.0 con permiso de sus editores

sábado, 17 de noviembre de 2018

Estar informado (semanal 17/11/2018)



viernes, 16 de noviembre de 2018

Competencias digitales docentes: ¿quieres evaluar a tus profesores?

Escribe Javier Tourón


Ya hemos hablado de cómo evaluar la competencia digital docente de los profesores, de acuerdo con el marco vigente y el cuestionario que hemos validado para ello . No me repetiré. En esta entrada queremos presentaros (Déborah Martínha tenido mucho que ver, por eso uso el plural), la solución a una petición frecuente que hemos recibido. ¿Y si queremos tener una imagen global de un conjunto más o menos numeroso de profesores?
Esta es una necesidad frecuente y si bien la evaluación tiene sentido para cada persona, que es la que tiene que evaluar su propia competencia, es cierto que en las organizaciones es preciso obtener, en muchas ocasiones, una imagen global del grupo. Pues eso es lo que hemos hecho con Habilmind, elaborar una estrategia para que un director de un centro, de un departamento, de una consejería de educación, cualquier grupo, pueda tener una imagen del conjunto que le interese valorar. Como en el informe -que incluimos más abajo- se comprobará, aparecen el número de personas (cuestionarios) que se encuentran en cada nivel de la escala, lo que facilita analizar con ponderación el valor medio. Explicaremos el proceso brevemente, pues es muy intuitivo.
.

  • En la imagen aparece CREAR CÓDIGO DE GRUPO, hacemos clic y aparecerá este mensaje:
  • Señalamos la casilla de verificación y nos aparece esta imagen:


  • Al correo electrónico facilitado llegará un mensaje como el siguiente (he tapado el correo en este ejemplo):

  • Al hacer clic en "ir al dashboard de JTBORRA" (el código inventado para este caso) ya estaremos en el cuadro de mando desde el que podremos  visualizar los datos de los profesores que hayan contestado desde el enlace que le habéis facilitado, tal como señala la figura de arriba.
Desde este enlace podréis acceder a un cuadro de mando ficticio creado para este post.
Y ahora, lo más importante, hemos añadido textos dinámicos adaptados al grupo que son similares a los de los informes individuales. Con esto tenemos una valoración no solo cuantitativa del grupo, sino también cualitativa. Adjuntamos un ejemplo de informe. Al final del mismo se incluyen unas recomendaciones.
Esperamos que esta nueva funcionalidad os resulte de interés y os anime a valorar la situación de los grupos de profesores de los que sois responsables, para poder planificar su formación y mejora con arreglo a la situación real en la que se encuentren.
 Tomado de Javier Tourón con permiso de su autor

jueves, 15 de noviembre de 2018

Luces y sombras de las prácticas universitarias

Escribe María Ramos

Con el Proceso de Bolonia las prácticas universitarias en empresas se han generalizado en los planes de estudio de la mayoría de titulaciones de las universidades españolas que, además, forman parte del currículum educativo y suelen ser evaluadas. Esta generalización parece responder en gran medida a una necesidad identificada por todos los actores implicados: la de aumentar el contenido práctico de la formación y de reducir, por tanto, el gran salto que se produce –o se producía- entre unas enseñanzas universitarias en ocasiones extremadamente teóricas y unos requerimientos eminentemente prácticos por parte de las empresas. Tanto titulados como empleadores y profesores parecen estar de acuerdo en que la “capacidad de aplicar los conocimientos a la práctica” es una de las principales carencias de la formación universitaria actual y donde mayor margen de mejora existe.
En paralelo, también parece haber una percepción ampliamente extendida de que las prácticas tienen efectos positivos sobre el éxito laboral posterior de los universitarios. Es decir, que realizar prácticas es beneficioso para el acceso al mundo laboral. Y es comprensible que se piense así, porque además varios estudios parecen confirmar esta regularidad (por ejemplo ésteéste o éste). Sin ir más lejos, hace unos años Jorge Galindo y yo comprobamos en un artículo académico que los jóvenes que habían tenido experiencias laborales mientras estudian sufrían menores riesgos laborales en el futuro. Riesgos laborales que se traducían en una mayor probabilidad de conseguir trabajo, una menor probabilidad de caer en la temporalidad o en salarios más elevados. Para ello utilizábamos datos del módulo ad hoc de 2009 de la Labour Force Survey sobre inserción laboral de los jóvenes, y observábamos que, en España, quienes no habían tenido ninguna experiencia laboral mientras estudiaban tenían un riesgo cinco veces mayor de acabar con un contrato temporal involuntario, en comparación con aquellos que sí hicieron prácticas laborales o tuvieron contratos de formación mientras estudiaban.
Con todo, que les vaya mejor laboralmente a quienes hicieron prácticas durante su carrera no quiere decir necesariamente que las prácticas tengan en todos los casos ese efecto positivo que se les presupone.
Y lo que es más importante, constatar la regularidad nada explica de por qué quienes hacen prácticas tienen mejores resultados laborales, es decir, de los mecanismos explicativos. ¿Son beneficiosas para los universitarios porque con ellas adquieren habilidades y conocimientos demandados en el mercado de trabajo? ¿O es simplemente porque señalizan elementos diferenciales con respecto a quienes no hicieron prácticas? ¿Qué pasaría entonces si al hacerse obligatorias todos los estudiantes pueden señalizar que han realizado prácticas? A continuación se presentan las potencialidades y riesgos de las prácticas universitarias.
¿Les va mejor porque hicieron prácticas, o hicieron prácticas porque eran mejores?
En una mítica escena cinematográfica, Jon Cusack, el protagonista de la película Alta fidelidad, se pregunta a sí mismo si escuchaba música pop porque estaba deprimido, o si estaba deprimido por escuchar música pop[2]. Esta frase, aparentemente anecdótica y banal, en realidad encierra uno de los mayores -y quizá más antiguos- retos a los que nos enfrentamos en la investigación: el de establecer efectos causales de manera creíble. Que el fenómeno A acompañe a B no quiere decir necesariamente que A cause B. Del mismo modo, que quienes hayan hecho prácticas tengan mejores resultados laborales no quiere decir necesariamente que las prácticas tengan un efecto causal en los resultados laborales futuros. Podría suceder que quienes hacen prácticas estuvieran auto-seleccionados positivamente, y si así fuera probablemente obtendrían mejores resultados laborales independientemente de que hicieran prácticas o no. O podría suceder también que las titulaciones, las universidades o el origen familiar de quienes hacen prácticas sean distintas de quienes no las hacen, y eso podría también explicar el efecto positivo de las prácticas.
El problema es que no son muchos los estudios capaces de establecer conclusiones en términos causales sobre este asunto. Uno de los estudios que sí lo hace, centrado en Alemania, es el de Saniter y sus coautores. Estos investigadores observan de manera consistente que la realización de prácticas tiene un efecto positivo y estadísticamente significativo al elevar los salarios un 6% aproximadamente[3]. Los autores además exploran los mecanismos potenciales para explicar esa regularidad y concluyen que la mayor parte del efecto se explica por variables intermedias, como tener un trabajo a tiempo completo, haber completado un doctorado o haber pasado menos tiempo en el desempleo desde que se completaron los estudios.
Es decir, haber tenido experiencia laboral a través de un programa de prácticas reduce el riesgo de estar desempleado en los primeros años de incorporación laboral y eso acaba explicando que se obtengan salarios más altos.
Otro hallazgo interesante de su estudio es que no encuentran diferencias en el efecto de las prácticas sobre los salarios según género, educación de los padres o resultados académicos durante la secundaria. Sin embargo, observan que las prácticas son particularmente beneficiosas para estudiantes de carreras con menor orientación hacia el mercado de trabajo, como las Humanidades, las Filologías, o las Ciencias sociales. La interpretación que dan es que las prácticas ayudan a desarrollar un mejor conocimiento de su ocupación futura y de sus propias preferencias, que hace que las prácticas pueden ser vistas como un facilitador que abre puertas en el mercado de trabajo y suaviza la transición entre la educación y el empleo.
Pero las prácticas pueden ser positivas para los estudiantes no sólo porque mejoren sus habilidades o conocimientos, sino también porque les permiten señalizarse positivamente en el mercado de trabajo. Las empresas cuando contratan no conocen a priori la productividad de los trabajadores, y por eso las referencias personales o las señales indirectas sobre el candidato les pueden resultar muy útiles para decidirse. Y precisamente sobre el efecto señalizador de las prácticas hay otro estudio que llega a conclusiones muy relevantes. En él, Nunley y sus coautores evaluaron el impacto sobre el éxito laboral de tres elementos diferenciados: por un lado, tener una titulación académica relacionada con el trabajo a desempeñar, por otro, tener buenas calificaciones y, por otro, el haber realizado prácticas en empresas. Para ello llevaron a cabo un experimento en 7 grandes ciudades estadounidenses. Enviaron currículos ficticios a vacantes reales donde se aleatorizaban distintos elementos del CV y se medía la tasa de respuesta de los empleadores, es decir, en qué medida resultaban atractivos a los empleadores unos y otros candidatos. Con este diseño se evita el temible sesgo de selección antes mencionado, es decir, que los candidatos que realizan prácticas tengan características diferentes a quienes no las hacen, como por ejemplo mejores notas, y que eso pudiera confundir los efectos. Y de nuevo este estudio también aporta evidencia sólida sobre el efecto positivo de las prácticas.
Constataron que incluir en el CV unas prácticas universitarias relacionadas con el puesto ofertado elevaba la probabilidad de recibir invitación para una entrevista un 14% con respecto a los CV que no tenían esa experiencia laboral.
Este efecto además resultaba mayor en magnitud que contar con una titulación relacionada con el puesto de trabajo ofertado o haber tenido buenas notas. Es decir, tener una experiencia de prácticas era más incluso que la titulación o las calificaciones, lo que más marcaba la diferencia entre unos y otros candidatos.
Por tanto, parece que ya sea porque mejoren sus capacidades o simplemente porque dan señales positivas a los empleadores, lo cierto es que quienes realizan prácticas universitarias están mejor situados después en el mercado de trabajo. ¿Pero qué pasaría si al ser obligatorias las prácticas perdieran su capacidad de señalización? Esto es precisamente el objetivo del estudio de Klein y Weiss, que analizaron el efecto de los programas obligatorios de prácticas sobre resultados laborales como el tiempo en acceder al primer empleo, la historia laboral en los primeros años y los salarios. Para ello utilizaron la técnica del propensity score matching, que permite comparar individuos que hicieron prácticas con otros de características similares que no hicieron y estimar las diferencias entre ellos. Lo que concluyeron es que, a diferencia de lo que suele encontrarse unívocamente para las prácticas voluntarias, las prácticas obligatorias no parecen tener un efecto positivo sobre los resultados laborales en general, ni son particularmente beneficiosas para titulados de orígenes menos favorecidos.
Parecería, en consecuencia, que, cuando son obligatorias, los efectos positivos de las prácticas no son tan claros. La explicación más evidente tiene que ver con la motivación. Las prácticas voluntarias van asociadas a una motivación intrínseca que no necesariamente existe si se ven obligados a ello y que puede influir en su aprovechamiento. De igual modo, el efecto de señalización para el empleador no es tan evidente si son obligatorias y generalizadas para todos los estudiantes. Pero no olvidemos tampoco otro aspecto crucial: la calidad de las prácticas. No en todas se tiene la oportunidad de aprender y desarrollar habilidades o conocimientos que resultan útiles posteriormente. Y más si desde las universidades se tienen que hacer convenios con muchas empresas. Unas serán muy enriquecedoras para el desempeño laboral futuro pero desgraciadamente, y por una cuestión numérica, otras no lo serán tanto. A nadie debería sorprender que los estudiantes que accedan a unas y otras sean bien diferentes.
Entonces, ¿las prácticas siempre son beneficiosas?
En definitiva, las prácticas universitarias tienen indudables y amplios efectos positivos: ayudan a suavizar la entrada al mundo laboral, permiten adquirir habilidades específicas de la ocupación o sector, pueden ayudar a orientar el perfil profesional y además, en muchos casos, proveen de formas específicas de capital cultural, como códigos de comportamiento, actitudes o soft skills, que difícilmente se aprenden en la educación formal y que de otro modo sólo podrían adquirirse en el ámbito familiar. En todas las titulaciones son positivas, pero en algunas como enfermería o medicina las prácticas son simplemente imprescindibles. Además del componente formativo, en muchos casos sirven también para señalizar positivamente al candidato frente a futuros empleadores.
La generalización de las prácticas parece por tanto una buena idea, pero entraña también riesgos que merece la pena anticipar.
No son la panacea y simplemente incorporándolas como obligatorias en el currículum docente no se solucionan problemas más de fondo. Hoy día en España, por desgracia, hay prácticas o becas que pueden prestarse a situaciones de abuso por parte de algunos empleadores. Por tanto, tan importante como la extensión de las prácticas en empresas es asegurar que el contenido de las mismas también sea de utilidad y cumplan con su función. Es fundamental que, sin son prácticas que forman parte del currículum docente, tengan un seguimiento directo por parte de las universidades. Un seguimiento que asegure el contenido de las mismas y su relación y adecuación con el currículum de la titulación. Pero también un seguimiento que no sólo garantice las condiciones contractuales de las prácticas, sino también los resultados de aprendizaje que se consiguen con ellas. Por eso también la tutorización y la mentorización por parte de los tutores universitarios o tutores de la empresa juega un papel fundamental.

Referencias
[1]Universidades y empresas: apuntes para crear sinergias con sentido. Studia XXI y Fundación Europea Sociedad y Educación. Madrid. Publicación: noviembre 2018.
[2] En la versión original de la cinta: “Did I listen to pop music because I was miserable, or was I miserable because I listened to pop music?”.
[3] Todos los efectos observados por Saniter y sus coautores pueden ser interpretados en términos causales porque al aprovechar el cambio en la obligatoriedad de las prácticas controlan por la auto-selección de los estudiantes. Además los resultados son también convincentes porque se tienen en cuenta posibles diferencias en la calidad de las universidades y el programa de estudios, se verifica que no intervienen otros cambios simultáneos en la calidad del asesoramiento y seguimiento de las prácticas; y se comprueba que no hay auto-selección de los estudiantes en asignaturas o carreras con o sin prácticas obligatorias.
Tomado del Blog de Studia XXI con permiso de sus editores