martes, 15 de octubre de 2019

Potencializando el poder de las bibliotecas

Por Paulette Delgado

Para los estudiantes universitarios, la biblioteca es más que un lugar para estudiar, es un espacio comunitario dentro del campus.


Más allá de las dificultades académicas, muchas veces los estudiantes deben aprender a balancear sus responsabilidades, su vida personal y sus finanzas. Además, deben enfrentar problemas como la falta de acceso a tecnología y otros recursos para completar sus estudios.
Aunque en la mayoría de las universidades existen distintos programas de apoyo, en ocasiones son poco accesibles debido a que los estudiantes no saben de su existencia, no tienen tiempo para ir a los departamentos a pedir ayuda o simplemente les da vergüenza ir.
En un estudio realizado por Ithaka S+R y el Northern Virginia Community College, se entrevistó a más de 10,800 estudiantes de siete colegios comunitarios para conocer sus necesidades y cuáles servicios y programas de apoyo necesitan para abordar sus desafíos y objetivos de aprendizaje. 

Reinventando las bibliotecas

El estudio busca motivar a las universidades a considerar reinventar sus bibliotecas para que ofrezcan enfoques personalizados de servicios para los alumnos. De acuerdo con el estudio, los estudiantes ven en las bibliotecas no sólo un recurso de conocimiento y un lugar para estudiar, sino también como un espacio comunitario dentro del campus. Aquellas bibliotecas que sólo están enfocadas en su rol académico están desaprovechando su potencial de servir a los alumnos de manera más integral. 
El uso fundamental que se le da a las bibliotecas es ser un centro de investigación y de referencia que ayude a los estudiantes a enriquecer sus objetivos. Alia Wong explica que incluso las nuevas generaciones “digitales” siguen buscando activamente los libros tradicionales, impresos en papel. Uno de los campus del Northern Virginia Community College, así como la Webster University, en Washington, reportan que el uso de recursos digitales no ha despegado tanto como se esperaba y que los recursos que normalmente están disponibles en una biblioteca siguen siendo los más populares.
Por otro lado, la biblioteca también es vista como un centro de orientación para distintos trámites que engloban la vida universitaria. No solo acuden a ella los estudiantes para hacer sus investigaciones, sino también para encontrar tutores, registrarse en distintos cursos e incluso aplicar para alguna beca que cubra el costo de la matrícula. El uso de dispositivos tecnológicos como impresoras 3D y equipo de realidad virtual, aunque forman parte importante del futuro de la educación, siguen estando por debajo del uso de libros fìsicos y la búsqueda de una buena conexión a internet, explica Wong.
Las bibliotecas tienen el potencial de impactar directamente al éxito estudiantil pero esto muchas veces se pierde cuando la administración no visualiza su contribución en la vida del alumno y no se percata de más que un repositorio de libros, es un centro de orientación. 
Según el estudio de Ithaka S+R, la biblioteca podría volverse un punto de contacto para apoyar a los alumnos durante toda su vida universitaria, desde inscripción a clases, solicitud de ayuda financiera, tutorías, entre otros.  Para hacerlo posible, se necesita equipar este espacio con recursos suficientes como programas de apoyo, tecnología, personal de ayuda y trabajadores sociales, lo que puede resultar complicado para algunas instituciones, ya que una adaptación de este tipo representa una reestructuración del campus y, en ocasiones, se requiere reasignar y reubicar a varios departamentos a la biblioteca, además del costo que esto podría representar. 
El 75 % de los estudiantes que contestaron la encuesta, señalaron que valorarían mucho contar con todas las herramientas mencionadas en un solo lugar.  Las siete instituciones que participaron en el estudio decidieron comprometerse y colaborar de manera interdisciplinaria para centrar los servicios en sus bibliotecas basándose en los resultados de las necesidades principales de sus estudiantes. Por su parte, Ithaka S+R y el Northern Virginia Community College estarán vigilando atentamente la reinvención de las bibliotecas participantes para poder medir su impacto y reportar los datos en un próximo informe.

Tomado del Observatorio de Innovación educativa del Tec de Monterrey.

viernes, 11 de octubre de 2019

Un buen ejemplo de lo que significa renovar las metodologías

Escribe Ángel Fidalgo


Uno de los principales objetivos de la innovación educativa es renovar las metodologías para conseguir mejores resultados, pero no incrementando el esfuerzo para conseguirlos. Es lo que se denomina eficiencia de la innovación educativa (innovar sí, pero no a costa de trabajar más).
El siguiente ejemplo nos sirve para mostrar lo que significa la eficiencia, que además nos sirve para la renovación metodológica.
 Recientemente, en unas jornadas sobre innovación educativa, un ponente nos mostraba vídeos que había realizado el alumnado divulgando conceptos propios de su asignatura.
Entre las conclusiones destacan las siguientes:  
  • Que los videos eran efectivos para transmitir a la sociedad conceptos de una asignatura.
  • Que el alumnado había aprendido dichos conceptos a través de la elaboración del video.
  • Que la elaboración de esos videos suponía una carga extra para el alumnado.
Varias personas expresaron que si en todas las asignaturas el alumnado realizase videos, no tendrían tiempo para estudiar o hacer otras actividades. La mayoría del profesorado participante estaba de acuerdo en ese punto.
El planteamiento de los asistentes fue que la renovación metodológica consistía en hacer el video y esto se hacía añadiendo un tiempo extra a la carga docente de la asignatura. Es decir, si la asignatura tiene una duración de 60 horas magistrales, se tendría que añadir el tiempo empleado por el alumnado para realizar el video (supongamos que ese tiempo sea de dos horas). Así pues, para  cursar la asignatura el alumno necesitaría las 60 lecciones magistrales +2 las dos horas de elaboración del video.
Realmente la renovación metodológica no radica en hacer el video. Renovación podría ser  sustituir las dos horas de clase magistral, a las que el alumnado tendría que asistir para aprender un determinado concepto, por el aprendizaje de ese mismo concepto durante las dos horas de realización del video.
De esta forma la carga del trabajo del alumnado serían las 58 h, donde no he renovado la metodología, + las dos horas en las que he renovado la metodología (la realización del video divulgativo). Por consiguiente la carga docente sería la misma antes y después de hacer la renovación.
Por otra parte, la renovación metodológica tendría que conseguir una serie de mejoras respecto al aprendizaje adquirido sin aplicarla. Por ejemplo, si el aprendizaje es exactamente el mismo asistiendo a dos lecciones magistrales que a través de la realización del video ¿dónde está la ventaja de la innovación? En este caso la ventaja sería evidente, el alumnado ha participado de forma activa adquiriendo competencias adicionales, seguramente ha aprendido más profundamente el concepto y ha generado un valor social con su acción.
Por el mismo precio ¿Qué opción tomaría usted?
Tomado de Innovación educativa con permiso de su autor

jueves, 10 de octubre de 2019

Sobre la oferta formativa en las universidades regionales

Escribe Enrique Diez Barra

“It should teach students the skills necessary to attack problems that do not even exist as problems when the students are being taught.” George M. Whitesides (Harvard University)
La opinión de este químico originario de Louisville (Kentucky, USA) eleva el listón de la función docente a cotas difíciles de alcanzar, insiste en el debate conocimiento frente a capacidades y no deja indiferentes a los docentes que mantienen una actitud reflexiva sobre su labor profesional.
Lo que sí queda fuera del debate es la necesidad de poner atención a cuál es la oferta que se hace a los estudiantes y cómo ésta debe mantener un alto grado de adaptación a la evolución del conocimiento se hable de la rama de que se hable: arte y humanidades, ciencias, ciencias de la salud, ciencias sociales y jurídicas, o ingeniería y arquitectura.
Las universidades, y sus docentes, han de cuidar que su oferta formativa aúne el rigor del conocimiento bien establecido, necesario para construir el nuevo, con la incorporación de las nuevas disciplinas que van tomando carta de naturaleza de forma rápida en la sociedad del siglo XXI. La aparición de nuevas profesiones, generalmente fruto de la formación interdisciplinar, es utilizada para pedir a las universidades una modificación de su oferta. Estas demandas no pueden despreciarse como si fueran una intromisión en la tarea encomendada a las universidades, alimentando esa clásica imagen de la torre de marfil. Tampoco pueden ser asumidas automáticamente transformando una institución, basada en la creación del conocimiento y su transmisión, en una entidad de respuesta inmediata a las demandas del mercado, cual una actividad económica más. La oferta formativa requiere de una reflexión profunda.
En universidades especialmente asociadas al territorio donde ejercen su función la oferta académica juega aún algún papel más que en aquellas universidades con largo recorrido histórico y ubicadas en zonas del país donde son siempre una institución importante pero una institución más entre otras. Estas universidades, que pueden calificarse como regionales, representan la ocasión para propiciar formación universitaria a muchos ciudadanos que de otro modo lo tendrían difícil; son también una conexión con lo internacional, junto con un instrumento imprescindible para el progreso cultural, científico y tecnológico, pero no sólo de los ciudadanos a título individual, si no también como núcleos donde pueden cristalizar iniciativas empresariales que incidan en el desarrollo social colectivo. Recae en estas universidades una responsabilidad social añadida a todas aquellas funciones que hacen a las universidades recibir este nombre. La naturaleza regional no puede ser una excusa para no estar en los mejores niveles de calidad docente, de calidad investigadora, de soporte a la innovación. La importante inversión financiera de las CCAA en ellas les requiere un compromiso específico en la promoción cultural y profesional de la ciudadanía, en especial, aunque no exclusivamente, de la más joven y, por tanto, deben ser un foco de atracción de alumnos y al tiempo un faro que sume sus capacidades a la actividad cultural del entorno.
La actividad universitaria debe, al tiempo que atiende a las antedichas necesidades de la ciudadanía, reforzar el prestigio de la institución, aumentar su valoración social, ser reconocida por la ciudadanía como algo propio, algo que les hace sentir orgullosos de su existencia y de su implicación en los intereses colectivos. Pero entre todas ellas la más relevante es que su oferta formativa sea atractiva para los nuevos estudiantes.
No es fácil acertar. Hay muchos factores que influyen en la decisión de la elección de la propuesta de titulaciones que no dependen de la voluntad de los equipos de gobierno de las universidades y de las comunidades autónomas, instituciones ambas responsables de la oferta formativa, si no que responden a otro tipo de parámetros: atracción de territorios limítrofes, capacidad financiera del sistema u oferta necesariamente incompleta. Sin embargo, es fácil confundirse. Mantener la rutina, reducir o reproducir la oferta, apuntarse a la última estrella emergente, o mirar más hacia dentro que hacia afuera son garantías de error.
El análisis real de las propias capacidades, de la posibilidad de incorporar nuevas personas que amplíen el campo de saber de las actuales, de qué poder formular combinando recursos existentes, de cómo construir multidisciplinareidad, de cómo corregir aquello que ha podido quedar obsoleto desde que se puso en marcha un título, puede conducir a propuestas viables. Si además se produce la interacción con el marco institucional, con el sistema productivo, con las iniciativas más innovadoras, la tasa de éxito crecerá.
En un mundo más abierto, más conectado, con formación online cada día más potente, las universidades regionales se juegan mucho. Mejor dicho, las sociedades que albergan estas universidades se la juegan aún más. Es necesario que la institución universitaria y la que tiene la responsabilidad de gobernar el territorio definan la estrategia y las tácticas necesarias para afrontar un futuro difícil.
Tomado del Blog de Studia XXI con permiso de sus editores

miércoles, 9 de octubre de 2019

El sentido de realizar recensiones bibliográficas en un mundo sobreinformado

Por Alberto Sánchez Rojo
Universidad Complutense de Madrid  Asistente de Edición de Teoría de la Educación. Revista Interuniversitaria
Siempre que pensamos en la teoría de algo, lo que se nos viene a la cabeza es todo un corpus de escritos que, transmitidos a lo largo de la historia y reelaborados una y otra vez, aportan certeza a nuestro conocimiento compartido sobre ese algo. Es por esta razón por la que al teórico se le suele relacionar con los libros y con el estudio –actividad a la que por cierto está dedicado el último número de la revista a cuyo consejo editorial pertenezco–. Ahora bien, igual que el estudio no tiene por qué realizarse sólo a través de libros, la teoría tampoco se reduce necesariamente a la actividad del estudio. Hay una capacidad que se hace necesaria para todo aquel que se dedique seriamente a hacer teoría y que es previa e incluso más importante que la del estudio. Esta es la capacidad de observar la realidad y de asombrarse de lo que uno ve. No por casualidad el theoros era considerado el la Grecia Antigua como “aquel que ha dado un paso atrás desde el mundo urgente en el que está implicado en cuanto viviente, y lo tiene ahora ante sí a la manera de un espectáculo conformado como un todo” (Ronchi, 1996, 9). Pues bien, algo sucedió en el proceso de edición del presente número de la revista Teoría de la Educación que me hizo pararme en seco, observar, asombrarme y empezar a actuar como un verdadero teórico. Este asombro constituye el origen de la presente entrada.
Como en la gran mayoría de las revistas, la nuestra tiene un apartado dedicado a las recensiones bibliográficas y, para este número, yo personalmente me iba a encargar de hacer una que iría dedicada al último libro del Profesor de la Universidad de Barcelona Jaume Trilla, La moda reaccionaria en educación. La lectura del libro me enganchó y, si bien estaba de acuerdo con muchas cosas, había otras muchas que en absoluto compartía, de manera que, a la hora de redactar la recensión, me salió sin buscarlo un texto bastante crítico. Compartí el escrito con mis compañeros del Consejo Editorial de la revista y, de repente, al Director se le ocurrió que quizá al autor le gustaría contestar. Así se lo propusimos, el autor aceptó, respondió y una recensión bibliográfica se transformó, de repente, en un medio para la discusión intelectual de carácter pedagógico. Esto me hizo pensar en las recensiones, en el secundario papel que ocupan de manera general en nuestras revistas y en lo desaprovechadas que están. Era necesario hacer un poco de teoría sobre ellas.
Si bien las primeras recensiones, que empezaron a aparecer en el siglo XVIII, tenían un carácter meramente informativo, a partir de mediados del siglo XIX algunas revistas académicas comenzaron a ser más selectivas en los libros que reseñaban, otorgándoles a su vez no sólo un carácter informativo, sino también evaluativo (Orteza y Miranda, 1996). No se trataba ya de simplemente exponer las obras más relevantes de la materia a tratar, haciendo un breve resumen de su contenido, sino que era necesario evaluar la obra en cuestión a partir de otros trabajos publicados sobre el tema. Así pues, no podía encargarse cualquiera de hacer estas recensiones, sino que, a la fuerza, debía ser alguien experto quien las realizase. Esto hacía que las recensiones publicadas en cada número diesen una idea general del estado de la cuestión del momento con relación a la disciplina que abordase la revista, pues, si bien los artículos sirven también para esto, la estructura requerida y las limitaciones de espacio, hacen que las temáticas abordadas sean mucho más específicas.
Esta idea es la que se ha mantenido hasta la fecha, no obstante, con el paso del tiempo y debido al actual estado de evaluación externa permanente a investigadores y expertos que deseen consolidarse en su carrera, las recensiones se encuentran hoy bastante de capa caída por no ser una prioridad. De hecho, no lo son ya ni los libros, debido a que la estandarización cientificista del ámbito académico otorga mucho más valor a los artículos publicados en las revistas de impacto que a los libros. Ahora bien, esto no debería ser así, sobre todo en campos como el educativo, directamente relacionados con las Ciencias Sociales y las Humanidades. Tal y como precisamente sostiene Trilla en el libro que recensioné, “en las humanidades y en las ciencias blandas, mal que les pese a las agencias de evaluación, los libros (ensayos, tratados…) siguen jugando un rol mucho más destacado que los artículos para dar a conocer nuevas ideas, teorías, métodos o experiencias y para debatir sobre ello” (Trilla, 2018, 189). Es por este motivo por el que en nuestro campo siguen haciéndose necesarias las buenas recensiones.
Ahora bien, tal y como hemos ya señalado, atendiendo a las circunstancias actuales, no resulta nada fácil conseguirlas, haciéndose la tarea del editor de recensiones una misión a veces casi imposible. Es curioso atender a la cantidad de excusas que puede recibir un editor cuando propone la realización de una recensión a un especialista y, para ejemplo, véanse las que señala Felber (2002), que van desde el silencio como respuesta, a «estoy muy ocupado», pasando, literalmente, por «todo mi mundo, de principio a fin, se está desmoronando». Si la mayoría de las veces nos encontramos con estas excusas es porque los autores saben que ser recensionado en una buena revista aún da cierto prestigio, que ellos también publican obras que desearán ver recensionadas y que, por lo tanto, no conviene quedar mal con la revista. Eso sí, nuestro tiempo es limitado, los autores necesitan puntos en su currículum y las recensiones no les aportan prácticamente nada a nivel de reconocimiento (East, 2011). Así pues, es necesario encontrar alternativas. Una de ellas es que el autor recurra a colegas, muchos de los cuales terminan por aceptar recensionar su libro, aunque no siempre de muy buena gana y como «favor personal». Otra opción, que acaba por ser la más utilizada, es recurrir a estudiantes de posgrado, que desean iniciarse en la carrera académica y para quienes, por lo tanto, es una oportunidad para ver su nombre por primera vez escrito en una revista de impacto. El problema de esta alternativa, siguiendo a Navarro y Abramovich (2012, 41), es que “se produce una asimetría entre el poder del autor, ya consagrado, y el poder del reseñador, todavía por darse a conocer”, de manera que tanto el rigor como la sinceridad en el aspecto evaluador de la recensión aparecen como más que cuestionables.
La consecuencia de esto es fácil de averiguar, el contenido de la recensión termina siendo lo de menos y lo que importa es aparecer, primando de nuevo, como en sus orígenes, el aspecto meramente informativo de la recensión. Ahora bien, en un mundo académico abierto al ciberespacio, donde tenemos toda la información que deseemos a un solo clic y donde al final son las redes las que terminan informando de las principales obras del momento en cada materia, el sentido de hacer recensiones se irá poco a poco perdiendo. Su prestigio actual, herencia de un pasado exclusivamente offline, irá despareciendo, de repente un día una revista decidirá excluir la sección y poco a poco irán siguiéndola las demás. Sin embargo, la recensión es mucho más y puede ir mucho más allá de aquello en lo que la estamos convirtiendo. De hecho, podría llegar incluso a convertirse en un formato académico respetable.
Para este fin, en primer lugar, necesitaríamos que los autores de recensiones perdiesen el miedo a expresar libremente sus apreciaciones. Esto implica, por un lado, contar con autores de recensiones que no se vean coaccionados por asimetría de poder alguna y, por otro, autores de obras que sepan aceptar las críticas, las cuales habrán de realizarse siempre de manera constructiva (Lee, Green, Johnson y Nyquist, 2010). Esto permitirá que quien elabora la recensión atienda en primer lugar a quien debe atender; a saber, al lector/investigador y no a la editorial o al autor de la obra. La tarea de quien recensiona, y esto suele cumplirse más en el ámbito de las Ciencias Experimentales, es fundamentalmente para con su campo, de manera que debe poder evaluar la obra que tiene entre sus manos libremente (George y Dharmadhikari, 2008). Y no sólo eso, sino que su escrito debe ir más allá del texto, pues, tal y como señala Johnson, es importante “apuntar hacia lo que el autor puede estar escondiendo, o sintiéndose incapaz de revelar excepto a través de la ironía u otros recursos. Lo que no aparece puede decir mucho más que lo que está presente” (Johnson, 1995, 230), concluye el autor, siendo por eso que lo que se pide de un buen reseñador es una aportación propia y original y no meramente un informe objetivo de la obra.
Esto hace que haya quien se atreva a señalar que, en la recensión, no sólo es importante la información y la evaluación, sino también la reflexión (Oinas y Leppälä, 2013). Es el aspecto reflexivo el que convierte este formato en una verdadera aportación, susceptible de ser contestada e incluso citada, pues hablamos de un trabajo original que va mucho más allá de la obra a la que se refiere y de los elementos evaluadores objetivos que pueda aportar la disciplina dentro de la que se enmarque. Solo si empezamos a fomentar este elemento de reflexión podremos dar algún futuro a las recensiones académicas, ya que las transformaremos en un espacio de de discusión, teniendo sobre los artículos la ventaja de seguir un formato más libre y menos limitado tanto en estilo como en formato, donde pueden aparecer expresiones y argumentos que difícilmente podrían ser aceptados en un artículo. A su vez, nos permite centrarnos exhaustivamente en una obra concreta que, en el caso de ámbitos como el educativo, puede estar revolucionando la disciplina. Hagamos de las recensiones algo interesante, revaloricémoslas, hagamos de ellas una performance (Jones, 2006). Este será uno de los propósitos de Teoría de la Educación. Revista Interuniversitaria a partir de ahora, de manera que animamos a expertos en la materia a realizar recensiones realmente críticas de obras que, llegado el caso, puedan ser respondidas por sus autores.
 Referencias bibliográficas:
East, J. W. (2011). The Scholarly Book Review in the Humanities. An Academic Cinderella? Journal of Scholarly Publishing, 43(1), 52-67.
Felber, L. (2002). The Book Review: Scholarly and Editorial Responsibility. Journal of Scholarly Publishing, 33(3), 165-172.
George, S. y Dharmadhikari, A. (2008). Writing a Book Review: Frequently Asked Questions Answered. British Journal of Hospital Medicine, 69(2), 30-31.
Johnson, M. (1995). Writing a Book Review: Towards a More Critical Approach. Nurse Education Today, 15, 228-231.
Jones, K. (2006). Editorial Note: The book Review as “Performance”. Forum: Qualitative Social Research, 7(2), art. 27. Recuperado de: http://www.qualitative-research.net/index.php/fqs/article/view/87
Lee, A. D., Green, B. N., Johnson, C. D. y Nyquist, J. (2010). How to Write a Scholarly Book Review for Publication in a Peer-Reviewed Journal. A Review of the Literature. The Journal of Chiropractic Education, 24(1), 57-69.
Navarro, F. y Abramovich, A. L. (2012). La reseña académica. En L. Natale (Ed.) En carrera: escritura y lectura de textos académicos y profesionales (pp. 39-59). Buenos Aires: Universidad Nacional de General Sarmiento.
Oinas, P. y Leppälä, S. (2013). Views on Book Reviews. Regional Studies, 47(10), 1785-1789.
Orteza y Miranda, E. M. (1996). On Book Reviewing. Journal of Educational Thought, 30, 191-202.
Ronchi, R. (1996). La verdad en el espejo: los presocráticos y el origen de la filosofía. Madrid: Akal.
Trilla, J. (2018). La moda reaccionaria en educación. Barcelona: Laertes.
Cómo citar esta entrada:
Sánchez Rojo, A. (2019). El sentido de realizar recensiones bibliográficas en un mundo sobreinformado. Aula Magna 2.0. [Blog]. Recuperado de: https://cuedespyd.hypotheses.org/6516
Tomado de Aula Magna 2.0 con permiso de sus editores

martes, 8 de octubre de 2019

Los retos de comunicación de la ciencia de los investigadores no anglófonos que escriben en inglés

Escribe Julio Alonso Arévalo de Universo Abierto

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 Kulkarni, Sneha.  The hidden cost of having a eureka moment, but not being able to put it in your own words. LSE, aug. 2019
 La accesibilidad en las comunicaciones académicas a menudo se enmarca como una cuestión económica y técnica para permitir que más personas tengan acceso a la literatura de investigación y se involucren en ella. Sin embargo, el dominio de la lengua inglesa, especialmente en las revistas académicas más prestigiosas, supone una barrera diferente para los investigadores que no tienen conocimientos de escritura en inglés de alta calidad. En este post, Sneha Kulkarni analiza cómo el ascenso del inglés como lengua franca de la ciencia plantea desafíos para la comunicación efectiva de la investigación y sugiere cómo la comunidad investigadora podría actuar colectivamente para abordar estos temas.
Así, cualquier investigador está familiarizado con la presión de publicar en revistas internacionales. Pero cuando se trata de hablantes no nativos de inglés, el desafío adicional de escribir trabajos en un idioma en el que no se domina bien, aumenta esta presión. Para algunos, este problema puede parecer menor. Sin embargo, si una buena investigación no encuentra su camino hacia la publicación -la barrera es el idioma-, en última instancia es una pérdida para la ciencia.
Hoy en día, el inglés es la lengua franca de la ciencia global. Su predominio en la investigación internacionales es evidente por el hecho de que la mayoría de los investigadores no considerarían la publicación de sus mejores trabajos en ningún otro idioma que no sea el inglés. Como observó Nicholas Subtirelu, publicar en una revista “internacional” por defecto ahora se refiere a hacerlo una revista en inglés.
Sin embargo, esta situación es relativamente reciente. Hasta mediados del siglo XX, el alemán y el francés tenían un estatus similar al inglés en una serie de disciplinas. Las obras más influyentes de Albert Einstein, por ejemplo, fueron publicadas en alemán. Si bien, como ya se ha señalado anteriormente el predominio del inglés, tiene ahora una nueva importancia, ya que una parte cada vez mayor de la investigación mundial procede de países de habla no inglesa. En particular, en 2018, China superó a los EE.UU. para convertirse en el mayor productor de artículos científicos. A medida que la investigación se ha ido globalizando, el reto de cómo tratar el inglés como una barrera para el compromiso con la comunidad científica se ha mantenido.
Esta barrera es muy real para los autores que carecen de vocabulario para presentar en inglés los hallazgos a los que han trabajado durante años. En un informe de una encuesta a gran escala que Editage publicó en 2018, alrededor del 76% de más de 7000 investigadores (principalmente de Corea del Sur, China, Japón y Brasil) informaron haber experimentado dificultades moderadas o extremas para escribir en inglés. Como señaló un participante:
“Es demasiado difícil para un joven investigador […] escribir un trabajo en inglés para presentarlo en revistas internacionales. Es bastante difícil en inglés para pasar una revisión por pares… No soy bueno escribiendo en inglés, es demasiado difícil escribir, toma tiempo, y no puedo juzgar si mi trabajo de inglés es bueno o no”.
Ciertamente, no basta con tener hallazgos importantes a menos que sean comunicados de manera comprensible. Pero cuando el destino de un artículo depende de su calidad gramatical y lingüística, más que de su mérito, uno puede imaginar la carga adicional que supone para los autores que no dominan el inglés. Esto sólo se ve exacerbado por el hecho de que varias revistas de alto perfil indican en sus instrucciones a los autores que un trabajo de investigación mal escrito puede ser rechazado.
Otra cuestión importante de la presión para publicar la investigación en inglés es el impacto que está teniendo en las culturas de investigación fuera de la ciencia. Como argumentan Mary Jane Curry y Theresa Lillis, la presión para publicar en prestigiosas revistas en inglés se está haciendo sentir cada vez más en las ciencias sociales y las humanidades. Con el resultado de que la mejor investigación altamente contextual en estos campos no sólo es cada vez más difícil de acceder para los investigadores regionales, sino que también está siendo aislada de las comunidades e instituciones locales que podrían beneficiarse de sus hallazgos.
También hay evidencia de un sesgo lingüístico significativo cuando las revistas reciben un manuscrito escrito en inglés deficiente, en el que los trabajos que carecen de un estilo de escritura en inglés nativo crean la impresión de que la investigación que discuten también es deficiente. Esto puede explicar en parte la comparativamente baja tasa de aceptación para los trabajos que provienen de países no anglófonos. También sugiere que de nuevo los hallazgos de las investigaciones de alta calidad nunca tienen éxito porque están oscurecidos por un lenguaje pobre.
Entonces, ¿qué se puede hacer para empoderar a los autores no nativos de habla inglesa?
“Para los autores que no son nativos del inglés y que residen en un mundo donde no se habla inglés, se invierte demasiado tiempo y dinero, a pesar de la importancia de publicar artículos en inglés. […] Para ello, muchos investigadores están renunciando a presentar trabajos en revistas inglesas, aunque estén realizando estudios excelentes”, afirmó uno de los investigadores que participaron en la encuesta de Editage.
Si se quieren evitar ejemplos como estos, la responsabilidad de abordar esta cuestión de forma colectiva recae en las partes interesadas de la industria editorial académica. Para empezar, hay que reconocer los retos de los autores que luchan por escribir en inglés. Los responsables de la formulación de políticas deberían ayudar a los autores a convertirse en mejores escritores ofreciendo ayuda para los cursos de escritura académica. Las universidades y los colegios también deben incluir la escritura científica o académica como parte de su plan de estudios. Como Scott L. Montgomery, autor del libro Does Science Need a Global Language? English and the Future of Research, sugiere que la formación científica para investigadores no nativos en inglés debe ser “tratada como una habilidad normal y necesaria, como las matemáticas”.
La traducción también puede desempeñar un papel en la reducción de la brecha lingüística al poner a disposición de un público más amplio una mayor proporción de la mejor investigación global. Si bien el inglés se ha convertido en la lengua franca de la ciencia, se siguen publicando importantes investigaciones en otros idiomas. Sin embargo, muchas revistas se abstienen de publicar versiones traducidas de los artículos debido al tiempo y al costo que implican. Al identificar los beneficios de poner la investigación a disposición de un público más amplio, las revistas deben aprovechar la disponibilidad de nuevas tecnologías que pueden ayudar a racionalizar el proceso de publicación y reducir el costo de la publicación de artículos traducidos.
Los editores y revisores de revistas también deben asumir la responsabilidad de eliminar el sesgo dirigido a los autores con habilidades de escritura en inglés imperfectas. Mantener la mente abierta cuando se evalúan trabajos con un inglés deficiente y evaluar un manuscrito más allá de los parámetros del lenguaje podría ser de gran ayuda en este sentido. Es comprensible que las revistas estén inundadas de envíos, y sería injusto esperar que los editores y revisores pares dediquen tiempo a procesar manuscritos incomprensibles. Es ciertamente alentador, por lo tanto, que muchos editores animen ahora a los autores a hacer que sus manuscritos sean editados para su redacción antes de ser enviados.
Los investigadores se encuentran en el centro de esta comunidad que se dedica a crear y difundir conocimiento para el beneficio de la sociedad. Para que puedan continuar con su trabajo y sobresalir en él, la cultura de la investigación debe ser más inclusiva. Teniendo en cuenta los problemas a los que se enfrentan los autores no nativos cuando escriben en inglés, los colegas y los editores de revistas deberían tender una mano para asegurar que estos autores estén capacitados. Los límites creados por el lenguaje sólo pueden ser verdaderamente superados con el reconocimiento y la acción colectiva de la comunidad científica.
Tomado de Universo Abierto