viernes, 19 de octubre de 2018

¿Hacia la sociedad de la ignorancia?

Escribe Albert Coromidas

El mantra del 65 % (más menos 5%) al que me refería en una entrada publicada ayer (ver aquí), ha llegado a popularizarse hasta el punto de protagonizar, hace unos meses, una tira cómica publicada en un diario. Le dice en ella un abuelo al holgazán de su nieto, que se pasa el día tumbado en una butaca, por qué no se prepara para el futuro; y el nieto le responde que cómo quiere que se prepare para el futuro si el 70 % de los trabajos futuros todavía no se han inventado. A mi parecer, el autor de la tira ha captado agudamente el efecto principal del discurso del 65 %, el cual no es, por cierto, el único que concurre en el intento de convencer de la inutilidad de estudiar.
“La mitad de lo que un estudiante aprenda en su primer año de estudios estará obsoleto en su tercer año de carrera”, decía hace unos años una alta ejecutiva de una gran empresa multinacional. Y, más recientemente, un ex vicerrector de una universidad pública insistía en la misma idea: “en la actualidad incluso lo que se enseña a los estudiantes de primero de universidad puede ser obsoleto cuando se gradúen sólo tres años después”. Se ha dicho también que los conocimientos caducan, pero las competencias, no. Pero si consideramos, como lo hacen muchos especialistas en didáctica, que una competencia es la capacidad de hacer un uso apropiado a las circunstancias de conocimientos, habilidades y actitudes, llegamos inmediatamente a la conclusión de que, al desvincular las competencias de los conocimientos, aquellas se degradan a meras habilidades. También tiene su importancia al respecto el martilleo acerca de la sobrecualificación. “No hace falta titulación universitaria. Silicon Valley ya no quiere licenciados” era el exagerado titular en un periódico, hace unas semanas.
En la medida en que se ha ido intensificando el alegato sobe la inutilidad de aprender ha ido ganando borrosidad el concepto de sociedad del conocimiento. Al menos en su interpretación como una sociedad en que el conocimiento penetraría en todos sus rincones y en todos sus grupos y sectores y sería necesario, a alto nivel, para el desempeño de la gran mayoría de puestos de trabajo. Pero esto no es lo que nos dice la observación de la realidad. Extrapolándola, un informe de 2012 del Centro Europeo de Formación Profesional (CEDEFOP) decía que “las previsiones de la demanda señalan que el mayor crecimiento se situará en las ocupaciones altamente y escasamente cualificadas, mientras que el crecimiento será menor en los empleos con un nivel de cualificación intermedio”. Contra lo que creo deseable, se está configurando un tipo de sociedad con una gran proporción de puestos de trabajo que requieren y requerirán pocos conocimientos, aunque sí tal vez algunas habilidades.
No obstante, se entiende también, y cada vez más, por sociedad del conocimiento aquella que lo pone a disposición de todos sus miembros para que lo puedan utilizar cuando les convenga. La sociedad del conocimiento vendría a ser entonces una especie de fase superior de la sociedad de la información. A partir del obviamente falso supuesto de que todo el conocimiento está en la red hay quienes consideran que habríamos llegado ya a esta fase superior y, entonces, con todo el conocimiento a disposición permanente de todo el mundo, no haría falta que nadie se preocupase por adquirirlo. Le bastaría con buscarlo cuando lo necesitara. Queda en el aire quién y cómo se ocuparía de aumentar el conocimiento y de actualizar los contenidos de la red. Al parecer, además, no importa que, para saber qué conocimiento necesitas, necesitas tener previamente algún conocimiento. Ni que también necesitas conocimiento para separar del grano del rigor el diletantismo, la pseudociencia y la superstición, que de todo esto hay también en la red.
¿Qué efectos cabe esperar de todo ello? Argumentos para reducir la financiación de la enseñanza, contraer el sistema universitario, desautorizar y devaluar social y económicamente al profesorado… Y, claro está, la desincentivación del personal docente e investigador para aprender, enseñar y descubrir (si lo que enseñamos no sirve para nada y al alumnado no le interesa, ¿por qué tenemos que esforzarnos?).
Pero, con ser graves estos efectos, el que me parece más letal es aquel al que me refería al principio de esta entrada: la asunción por una buena parte de la juventud de la inutilidad de estudiar y la consiguiente pérdida de motivación para adquirir conocimientos.
Como quiera que la falta de motivación es ya un hecho entre amplios sectores del estudiantado, hay quienes consideran prioritaria la renovación de la metodología docente para fomentar que se mantenga la atención estudiantil en las aulas. Desde luego, los métodos docentes no pueden ni tienen que anquilosarse, pero lo más importante, en mi opinión, es no perder de vista lo que dijo la gran economista Joan Robinson cuando le preguntaron cómo reformaría las enseñanzas de economía: ante todo, prescindiría, como estudiantes, de quienes sólo deseen aprobar. Dicho más formalmente, el afán estudiantil por adquirir nuevos conocimientos es una condición necesaria para una docencia de calidad.
Paradojas de la vida: todo parece indicar que el discurso sobre la sociedad del conocimiento nos está conduciendo inexorablemente hacia la sociedad de la ignorancia.
Tomado del blog de Studia XXI con permiso de sus editores

jueves, 18 de octubre de 2018

Sobre el infundio del 65%

Escribe Albert Corominas

El recurso al 65 % parece cada vez más socorrido en los abundantes textos y discursos que flagelan la rigidez del sistema educativo y estimulan una orientación pedagógica que relega y menoscaba el conocimiento. Consiste en afirmar, sin aportar justificación alguna, que el 65% de algún colectivo variable (tal vez estudiantes de primaria, estudiantes en general, personas nacidas desde 1990 o personas que nacerán) va a estudiar algo inútil (“carreras para puestos de trabajo que no existirán”) o bien trabajará, menos mal, en puestos, empleos, trabajos o profesiones que ahora mismo no existen, lo cual es otra forma de decir que lo que están estudiando no les va a servir para nada en su actividad laboral.
Donald Clark (ver aquí) y Mariano Fernández Enguita (ver aquí) han explicado que el porcentaje mencionado (que puede oscilar en más o menos un 5%) carece de base documental. Clark, además, considera la famosa afirmación como piedra de toque de la charlatanería. Por otra parte, la misma diversidad en las formulaciones del eslogan del 65% muestra su falta de consistencia. La música es la misma, pero “trabajar en empleos que ahora no existen” no equivale, a “estudiar para puestos de trabajo que no existirán”: según el primer enunciado, no menos del 65 % trabajará, aunque sea en algo que todavía no existe, en tanto que el segundo es compatible con una tasa de paro del 100%.
Pero, a fuerza de repetirlo, ya se sabe, el 65% se va imponiendo, hasta el punto de que hay quien pasa de considerarlo como una previsión a verlo como una realidad: “los datos lo confirman” hemos llegado a leer, a modo de pórtico de la consabida sentencia del 65%.
No obstante, es significativo que pocas voces académicas se hayan unido al coro, posiblemente por una aversión profesional a la falta de rigor o quizás también por el mero reflejo de no tirar piedras sobre el propio tejado.
Desde luego, Fernández Enguita y Clark tienen razón al descalificar la sentencia del 65 % por la ausencia de una fuente documental que la avale. Pero cabe ir más allá y plantearse si tal fuente documental podría llegar a existir o si tal sentencia es, en cierto sentido, posible.
Una condición necesaria para poder dar crédito a una afirmación sobre una supuesta propiedad o un comportamiento de algún aspecto de la realidad es que se pueda responder afirmativamente a determinadas preguntas sobre su formulación y las posibilidades de contrastarla con hechos observables. Entre las muchas que han sido propuestas, usaré solo dos.
En primer lugar, ¿qué significa exactamente eso? En el caso del 65 %, eso no significa exactamente nada y nada puede significar, ya que los elementos del conjunto a que se refiere el 65% no están bien definidos, por lo que resulta imposible hablar con propiedad de porcentajes en relación con ellos. ¿Qué proporción del estudiantado de primaria estudiará una carrera? ¿Las “carreras para puestos de trabajo que no existirán” son nuestros grados? ¿Tales puestos de trabajo existen ahora y dejarán de existir dentro de unos quince o veinte años? ¿O es que las carreras proporcionan formación para puestos de trabajo que no existen ahora ni existirán en el futuro? ¿El actual estudiantado de primaria que cursará derecho, economía, química, matemáticas, medicina, arquitectura, ingenierías, biología, historia… trabajará en empleos que ahora ni siquiera podemos imaginar? ¿Qué entienden por trabajos o profesiones que ahora mismo no existen quienes sostienen lo del 65%? ¿Con qué criterios deciden que la naturaleza de un puesto de trabajo es distinta de la de los previamente existentes?
En segundo lugar, ¿cómo se puede probar tal afirmación? De ningún modo, claro está, puesto que una afirmación que no se sabe qué significa exactamente no puede ser probada. Y, por añadidura, se trataría de una previsión y no de una información basada en la observación de la realidad. No hay duda de que cabe hacer previsiones sobre múltiples facetas de la actividad humana, pero solo deberían ser consideradas seriamente si los datos en que se basan y la metodología con que se han elaborado están suficientemente descritas y son fiables. Y, por supuesto, nunca pueden ser tomadas como un dato, entre otras cosas porque la sociedad dispone de instrumentos para configurar, dentro de ciertos límites, el futuro, si tiene la voluntad de hacerlo.
A la vista de todo esto, surge una pregunta que parece interesante: ¿por qué dicen eso quienes lo dicen? Quizás a veces se trata solo de iniciar o llenar un discurso con una frase impactante y desconcertante, pero es difícil aceptar que este sea el único motivo por el que dicen eso, reiteradamente, responsables de multinacionales, un experto “en la nueva generación del milenio” o informes del Foro de Davos. Ello da pie a conjeturar que va en serio, que se difunde con alguna intención precisa.
Y, de ahí, la pregunta final, ¿qué efectos cabe esperar de la salmodia del 65%?, cuya respuesta podemos dejar para una entrada posterior.
Tomado del blog de Studia XXI con permiso de sus editores

miércoles, 17 de octubre de 2018

Entrevista radiofónica. De la “D” de Distancia a la “D” de Digital, desde RIED

Escribe Lorenzo García Aretio

Les ofrezco en esta entrada una entrevista que me hicieron, emitida por Radio Nacional de España (RNE) en su programación dedicada a la UNED. La entrevista tuvo lugar dos días antes de mi viaje a Buenos Aires para participar en el XVIII Encuentro de la Asociación Iberoamericana de Educación a Distancia (AIESAD), organizado en esta ocasión por la Universidad Nacional de Quilmes (Buenos Aires). En este Encuentro tuve ocasión de pronunciar la conferencia inaugural del mismo, sobre el tema “Buscando soluciones al problema del abandono en los estudios virtuales, a través del DDM” y al día siguiente, otra exposición sobre “30 años de la RIED. Revista Iberoamericana de Educación a Distancia”. Sobre esta segunda exposición,  en una futura entrada en este blog, trataré de mostrarles un vídeo.
En esta ocasión les animo a escuchar esta entrevista, emitida el pasado 13 de octubre,  en la que se tratan temas relevantes sobre la evolución de la educación a distancia, sobre sus retos, sus transformaciones, los temas candentes, la transformación de la universidad, etc.
Citar así esta entrada:
García Aretio, L. (15/10/2018). Entrevista radiofónica. De la “D” de Distancia a la “D” de Digital, desde RIED.. Contextos universitarios mediados. (ISSN: 2340-552X). Recuperado de https://aretio.hypotheses.org/2819.
Tomado de Contextos universitarios mediados con permiso de su autor

martes, 16 de octubre de 2018

Los quijotes en ciencia también existen

Escribe María del Mar Camacho

Dícese “quijote” de una persona, hombre o mujer, que tiene ideales elevados. Muchos hablan de los científicos como personas abnegadas dedicadas a la investigación, que dedican parte de su vida a promover el conocimiento básico en un campo científico concreto. Sin embargo, muchas personas en nuestro país entienden que sólo el descubrimiento de un nuevo medicamento, una patente, una nueva tecnología o el funcionamiento de las células del cáncer se pueden considerar ciencia. También existen otras investigaciones relevantes, reconocidas como tales en muchos países del mundo, como puede ser un nuevo yacimiento arqueológico en el que se descubren huellas de nuestro pasado, si la educación física condiciona el perfil psicológico de nuestros adolescentes, la explicación de cómo se adquieren mejor competencias lingüísticas en inglés, cómo es más rentable la orientación de un molino de viento o cómo se comprende mejor un texto. Eso también es ciencia.
Desde el campo al que me dedico, la contabilidad, reivindico la existencia de investigaciones científicas en esta área de los negocios. Llegados a este punto algunos lectores se podrán preguntar qué investigamos. Muchos colegas investigadores intentamos explicar, por ejemplo, qué indicadores económico-financieros pueden ayudar a intuir una insolvencia o a propiciar una reorganización empresarial, intentamos correlacionar variables de auditoría con una posible quiebra, analizamos cómo la manipulación de resultados (earnings management) puede ser una posible causa-efecto del concurso de acreedores, etc. Y no sólo podemos dedicar parte de nuestra curiosidad, de nuestro tiempo y de nuestra vida a estos trabajos académicos, sino que me permito afirmar, sin lugar a dudas, de que podemos hacerlo muy bien a nivel internacional. Permítanme que me explique a continuación con más detalle.
Concretamente hace unos días recibimos la aceptación de un artículo en una revista de gran prestigio internacional en el área de “Business”, con un elevado índice de impacto. Esto significa que la academia internacional en nuestra área reconoce la valía y la contribución de nuestra investigación. Después de cuatro años de investigación, sin medios de apoyo a la investigación, sin proyectos que financien nuestros congresos, sin becarios ni colaboradores internacionales, sin alicientes adicionales, sin apoyo de ningún “lobby”, impartiendo las mismas horas de clase que el resto de nuestros compañeros a tiempo completo, e incluso sin el reconocimiento expreso de nuestra institución (me atrevería a decir, aunque sea políticamente incorrecto), hemos conseguido publicar en una revista académica de primer cuartil de la base de datos de revistas científicas más prestigiosa a nivel mundial, el Journal of Citation Reports (JCR). No aspiramos a salir en el telediario, desde luego, somos una gota en el océano: una profesora recién doctorada, una profesora experta en metodologías de inteligencia artificial, y dos profesores de contabilidad. Tres mujeres y un hombre, con 9 hijos en el equipo, de edades que van desde los 18 años a los 5, conciliando cada día…
Con toda la humildad del mundo, nos reafirmamos en la creencia de que con mucha ilusión, mucha constancia y mucho esfuerzo, se pueden conseguir grandes logros investigadores como el recién conseguido. Y no es vanagloria ni falso orgullo, sino un mensaje muy claro a los doctorandos y jóvenes investigadores españoles: se puede investigar con calidad, hay que marcarse objetivos elevados, al menos hay que intentarlo. Se fracasa muchas veces pero, alguna vez, también se consigue. El coste es elevado y desafortunadamente te sientes incomprendido, y muy poco valorado, un quijote. Pero echando la vista atrás, creo que ha merecido la pena. Recibir el correo electrónico con la noticia es una sensación maravillosa. No obstante, no compensa las horas que le quitamos al sueño y a nosotros mismos. Principalmente merece la pena porque, durante el proceso de investigación, hemos disfrutado mucho, tanto a nivel humano como profesional. Hemos aprendido unos de otros, superado muchos retos, rebatido a los revisores y al editor, expertos internacionales en el área… y les hemos convencido de que nuestra investigación[1] es relevante. Se trata de utilizar el contenido del informe de auditoría para la predicción del concurso de acreedores, es decir, conocer si una empresa puede ser insolvente con la lectura detallada de la opinión del auditor, del número de sus comentarios, si los hay, y de qué tipo de salvedades recoja dicho informe.
Finalmente me pregunto: ¿qué hubiésemos conseguido con más apoyo, con proyectos financiados, con más dedicación…? Dejo la pregunta al aire. Sinceramente, no quiero entrar en detalles. Prefiero seguir disfrutando de mi investigación, día a día, y poco a poco. Reto a reto y paso a paso. ¡Gracias, equipo! Como decía la científica premio Nobel de Ciencia Dra. Rita Levi-Montalcini “together we are wonderful!”

Tomado del blog de Studia XXI con permiso de sus editores

lunes, 15 de octubre de 2018

De la miseria en el medio profesoral

Escribe Antonio Embid. Universidad de Zaragoza 
Las personas que conmigo compartan edad (próxima a la jubilación) o la superen, e incluso algunos más jóvenes aficionados a la historia de las ideas, habrán reconocido en el título de estas paginitas un recuerdo al opúsculo situacionista publicado en Estrasburgo en 1966 con sus primeras palabras: “Sobre la miseria en el medio estudiantil” y, de seguro, habrán tenido algún miedo de pensar que en los siguientes renglones pudiera intentarse algo parecido a la continuación del título del famoso texto: “Considerada bajo sus aspectos económicos, políticos, psicológicos, sexuales y particularmente intelectuales, y algunas formas de tratarla”.
Pues no tengan miedo de encontrar lo que no por falta de ganas, lo confieso, no va a poder ser buscado en estas líneas. En realidad voy a hacer ligeros comentarios sobre lo que específicamente y en su aspecto estricto corresponde al concepto de “miseria”, o sea sus aspectos económicos y lo que puede extenderse, a partir de ellos, al desarrollo de la función profesoral, que consiste, creo, en enseñar.
Por motivos que se me escapan, la atención de estos últimos días se vuelve a poner en una de las múltiples perversiones a las que nos tiene acostumbrados este país de nuestras querencias (o sea, España en lo que a mí respecta). Llamo perversión a la capacidad extrema de disfrazar el cumplimiento de la norma con actuaciones que nada tienen que ver con ella. O configurar normas que nada tienen que ver con la realidad. Hasta el punto que con la combinación de ambas líneas de actitudes creamos realidades que resultan simplemente inexplicables. Esquizofrenia en estado puro.
Llamo perversión a la capacidad extrema de disfrazar el cumplimiento de la norma con actuaciones que nada tienen que ver con ella.
Y una de ellas consiste en confiar buena parte de la enseñanza universitaria a un conjunto de profesores que se agrupan con el nombre de “asociados” (o sea, socios de otros, pero no en pie de igualdad, sino “pegados” a ellos, a-sociados), que, en teoría, desarrollan su principal actividad fuera de la Universidad y que vuelcan en el alma máter el tesoro impagable de esa experiencia profesional que a los socios (o sea, a los profesores no asociados y que parece que no la tienen) les viene muy bien, resultando tal cooperación entre teoría (es el planteamiento teórico) y práctica (la de los asociados) en una arcadia feliz en la que los enseñados (los estudiantes) reciben todo tipo de bendiciones.
Y aquí está la perversión, porque la mayor parte de los asociados no son profesionales y, además, desarrollan su función por unos 300-400 euros mensuales aunque esa sea su única actividad profesional (para más detalles vid. el excelente cuaderno de trabajo nº 9 de Studia XXI, “Demografía universitaria española: aproximación a su dimensión estructura y evolución”, de Juan Hernández Armenteros y José Antonio Pérez García).
Esta es la descripción de una situación muy generalizada en las Universidades españolas, con mayor peso en unas que en otras y con diversidades según áreas de conocimiento. Eso es lo de menos. Lo de más es saber –por experiencia y por números- que alrededor del 50% de la carga docente de las Universidades públicas españolas (no hablemos de las otras) se desarrolla por este tipo de personal (en general, por el no funcionario, por el no permanente) a quien los profesionales (los teóricos de la teoría) debemos estar inmensamente agradecidos, por cierto.
Esa realidad inventada pero, finalmente, real, resulta tremendamente perversa. Porque la proclama constante de los cargos públicos –sean universitarios o de los otros- es que el objetivo es la Universidad de la excelencia, la excelencia en la investigación, la excelencia en la calidad. Y para predicar con el ejemplo (con la acción) se configuran unos criterios de acceso a la acreditación que, como se ha hecho público, buena parte de los actuales premios Nobel de las áreas científicas no estarían en capacidad de sobrepasar. ¡Toma ya! O ¡Ahí queda eso! Porque queda.
Con esos mimbres (que son permanentes, porque así estamos desde 1983) no es nada extraño que la actividad científica y el progreso de la investigación y de la docencia en España, haya alcanzado cimas incomensurables. ¡Y las que alcanzará con las adecuadas políticas! Bastaría rebajar cien euros más la retribución de los asociados, o aumentar un 10% la carga docente que asumen, para que la excelencia rebosara por las costuras europeas y alcanzara, como marea imparable, las costas de la Universidad inglesa, norteamericana o japonesa. Si además de eso, exportábamos en la cúpula de la marea, nuestro también incomparable modelo de gobernanza universitaria, en muy pocos años solo se hablaría español en las ceremonias periódicas que se celebran en Oslo y Estocolmo.
Pero lo que digo en relación a los asociados no es exclusivo para ellos. Los sueldos de los ayudantes, de los profesores ayudantes doctores, de los titulares o de los catedráticos, no aguantan comparación con ningún grupo funcionarial. Y ello que para la mayor parte de las categorías que he nombrado, se exige el título de Doctor, cosa que no es requisito ni para los Letrados del Consejo de Estado, por poner el ejemplo, quizá, de cuerpo más excelso en sus conocimientos. Y el problema, aunque sea ésta la fácil respuesta, no consiste en imputar a la crisis económica este resultado. Los orígenes de la situación que narro vienen de mucho más atrás en el tiempo y guardan relación con el concepto de “lujo” con que, en el fondo, siempre se ha contemplado en este país a la enseñanza superior y a la investigación. Salvo destellos casi irreales (como estrellas fugaces cuyo rastro se acaba en un suspiro), como la Junta de Ampliación de Estudios, algunas actuaciones en la Segunda República, las buenas intenciones de la Ley General de Educación de 1970, o el período de más o menos diez años que sigue a la Ley de Reforma Universitaria de 1983, la enseñanza universitaria no ha sido algo más que un dolor de cabeza para los responsables políticos entrando en el catálogo de “preocupaciones varias”. Hoy las élites no se educan mayoritariamente en las Universidades públicas y animo a un trabajo particular sobre la cuestión cuyos resultados (donde se educan los responsables de las grandes corporaciones, bancos etc…, si se quiere hasta los ministros, aun cuando éstos hoy no pertenecen a las élites a las que me refiero) serían sorprendentes. Y descorazonadores.
Los sueldos de los ayudantes, de los profesores ayudantes doctores, de los titulares o de los catedráticos, no aguantan comparación con ningún grupo funcionarial.
Y dejando esa pequeña digresión vuelvo al tema: Es obvio que alguien deberá algún día reflexionar acerca del modelo de profesorado que quiere para la Universidad española. El que se debería alcanzar. Es decir: no el de las normas. Es decir: no el de la realidad (¿o sí?), sino el de la utopía, el que corresponde para que buena parte de nuestros compañeros profesores (no en la década de los veinte o de los treinta de edad, precisamente) puedan acompañar a su misión profesoral palabra distinta de la miseria. De la miseria económica, sin más (¿cuántos libros o suscripciones de revistas se pueden comprar con 400 euros mensuales?), y sin referirme a los aspectos políticos, sexuales, psicológicos e intelectuales, tal y como clamaban hace más de sesenta años, aquellos estudiantes de Estrasburgo que se atrevieron a poner en solfa y desde su específica posición ideológica, la situación acomodada, acomodaticia, en espera, en silencio, del medio estudiantil del momento.
Tomado del Blog de Studia XXI con permiso de sus editores