lunes, 21 de enero de 2019

El día de la marmota y la docencia universitaria

Escribe Faraón Llorens

Groucho Marx, en sus particulares memorias tituladas Groucho y Yo, escribió que “al año siguiente era un año más viejo y por una curiosa coincidencia, todas las chicas que conocía también habían envejecido un año”. Esto que parece una perogrullada, sin embargo no se cumple en la labor de los profesores. Nosotros cada año somos un año más viejos, pero nuestros estudiantes siempre tienen la misma edad (dieciocho años los de primero de universidad). Hace unos años me atreví a hacer un monólogo sobre la labor del profesor (ver aquí). En el mismo comentaba que los profesores vivimos atrapados en un bucle temporal, condenados a revivir, una y otra vez, “el día de la marmota”. Pero en lugar de cada día, cada año. Cuando consigues saberte el nombre de tus estudiantes, conocer sus virtudes y sus defectos y estás en condiciones de sacar el máximo partido de ellos, finaliza el curso. Te vas de vacaciones en agosto para descansar y cuando vuelves, te han cambiado los alumnos. ¡Y vuelta a empezar!
Sobre esta circunstancia quiero proponer algunas reflexiones, y lo haré apoyándome en la película Atrapado en el tiempo que, por cierto, este año cumple 25 años[1]. Os recuerdo brevemente su argumento. El hombre del tiempo de una cadena de televisión acude con su equipo a un pequeño pueblo a cubrir la información del festival del Día de la Marmota. Es un hombre gruñón y antipático, frustrado en sus ambiciones y aburrido con su trabajo; en su arrogancia piensa que su carrera profesional no avanza todo lo rápido que merecería (¿os resulta familiar?). Finalizado su trabajo se disponen a volver, pero se ven sorprendidos por una tormenta de nieve que les obliga a regresar al pueblo. A la mañana siguiente suena el despertador y, a medida que avanza el día, comprueba que está viviendo otra vez el Día de la Marmota. Tras repetirse la situación y comprobar que es el único consciente de este extraño fenómeno, decide aprovecharse de esta ventaja para beneficiarse de la situación. Con esta simple premisa se desarrolla un divertido guion con situaciones ingeniosas y asistimos al cambio progresivo de valores del protagonista. Y este cambio del protagonista es el que le permite romper el maleficio y salir del bucle.
Desde mi mentalidad de ingeniero, esta película me recuerda al ciclo de mejora continua. Este ciclo de diseño, aplicación, evaluación y rediseño, también puede ser aplicado al proceso docente. En la figura podemos verlo. El profesor diseña su asignatura y hace su planificación a principio de curso. Esta planificación la intenta ejecutar en las distintas sesiones de clase, pero se topa con la realidad: las particularidades de sus alumnos, tanto a nivel individual como del grupo, sus ánimos de ese día, cómo le salga la clase… Todo profesor sabe que, aunque repita la misma clase dos días seguidos en dos grupos distintos, el resultado no es el mismo. Fruto de esa interacción con los alumnos y de la experiencia vivida, anota las posibles mejoras para así incorporarlas al curso siguiente. Y vuelta a empezar.
Esto ya lo conocemos todos los profesores. Entonces ¿por qué quiero utilizar el símil de la película atrapados en el tiempo? Porque tal como dicen Douglas Hofstadter y Emmanuel Sander[2], la analogía es el motor del pensamiento. Las analogías ayudan a entender lo nuevo y extraño a partir de lo viejo y conocido. Y, en este caso, a los que se hayan divertido con la película, les ayudará a comprender el trabajo de los profesores (la diversión también es una gran fijadora de conocimientos). Pero hay que tener cuidado con las analogías que se utilizan, ya que no todos los aspectos son transferibles a la nueva experiencia. Veamos pues en qué se asemejan y en qué se diferencian estas dos situaciones y qué podemos aprender los profesores de la película.
El primer aspecto que destaca es la predisposición humana al aburrimiento ante una tarea repetida continuamente. La mayoría asumimos como una condena cada vez que suena el despertador a la misma hora indicándonos que ha llegado el momento de hacer lo mismo que hicimos ayer con ligeras variaciones. Los profesores debemos evitar caer en el hastío y ver como una condena el repetir un año más la misma lección. Para nosotros no es la primera vez que impartimos esa clase, pero para el estudiante sí que es la primera vez que la recibe. Por tanto, aspectos que damos por supuestos, que vemos obvios de tanto repetirlos, son nuevos para nuestros alumnos. Si no queremos caer en el aburrimiento, debemos estar continuamente actualizando la asignatura, tanto los contenidos como la metodología. Y si ya estamos cansados, pues cambiemos de asignatura.
Nuestro protagonista, al descubrir que se repite el mismo día, primero se regodea en los placeres más primarios (comer, beber…), después da rienda suelta a sus instintos autodestructivos (suicidándose de distintos modos) y finalmente, por puro aburrimiento, empieza a mirar; a prestar atención a los otros. Y aquí es cuando empieza a disfrutar. Aprovechemos los profesores esa repetición, año tras año, para mirar a nuestro alrededor, fijarnos en nuestros estudiantes, siempre distintos, pero con características comunes. Sirvámonos de la repetición para aprender y mejorar. Cada nueva situación la abordamos con más información. El protagonista de la película se aprovecha de esta situación: memoriza todas las respuestas del concurso Jeopardy!, aprende francés para ligarse a su compañera recitando poemas y conoce cada detalle de las vidas de todos los vecinos del pueblo. Como los profesores, fruto de esa repetición anual, tenemos más información que los estudiantes, ayudémosles a enfrentarse a la situación nueva para ellos de aprender nuestra asignatura.
Pero evidentemente el símil no es completo. Entre las diferencias tenemos que el protagonista de la película se enfrenta cada día a la misma situación: mismo escenario, mismos actores, mismos acontecimientos. Pero a los profesores nos cambian los alumnos cada curso, no son los mismos, aunque sean similares. Por otro lado, también cambia el contexto. La sociedad evoluciona y con ella las peculiaridades de nuestros estudiantes. Y más aún en este mundo altamente tecnificado. Pero de las tecnologías en la universidad ya he hablado en este blog (ver aquí) y lo haré en entradas futuras.
La moraleja de la película es que el protagonista queda atrapado en el tiempo hasta que es capaz de valorar las cosas. No nos quedemos atrapados en el tiempo. Afrontemos cada curso nuevo como una oportunidad para hacer las cosas mejor, ya que disponemos de más conocimiento. Solo de esta manera seremos los profesores capaces de salir del bucle en que nos podemos quedar atrapados.

Notas
[1] Cuando estaba escribiendo esta entrada, han presentado la campaña de este año de la lotería nacional titulada “22 otra vez”, como homenaje a esta película.
[2] Douglas Hofstadter y Emmanuel Sander. La analogía. El motor del pensamiento. Tusquets Editores.
Tomado del blog de Studia XXI con permiso de sus editores

sábado, 19 de enero de 2019

Estar informado (semanal 19/1/2019)

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viernes, 18 de enero de 2019

Y mi plaza, ¿cuándo sale?

Escribe Neila Campos

Esta es seguramente una de las preguntas más políticamente incorrectas que uno puede hacer en la Universidad, ya que las plazas que se convocan son públicas y, por tanto, no son de nadie. Si uno lleva un tiempo trabajando en el ámbito universitario, podría preguntarse, como mucho, “cuándo saldrá una plaza a la que yo me pueda presentar”. Así, en teoría, se convoca la plaza, uno se presenta y, si es el mejor, la obtiene.
Eso parece muy fácil de decir, pero hay un factor del que nos estamos olvidando. En cualquier entorno laboral normalmente hay una trayectoria profesional: uno comienza por el nivel más bajo del escalafón y, si es competente y hace bien su trabajo, va ascendiendo escalones. Quizá el trabajador puede empezar pasando un período de prueba y, si la supera, avanzar a la siguiente fase.
Más o menos eso es lo que se hace en las universidades de la mayoría de los países punteros en el mundo: un profesor universitario ha de pasar un “período de prueba” cuya duración es fija (normalmente entre cuatro y seis años), y después de dicho período la universidad decide si la persona es adecuada o no para ocupar un puesto de plantilla. El candidato sabe que durante ese período ha de alcanzar determinadas metas en cuanto a investigación y docencia, y pasa evaluaciones intermedias que le ayudan a saber si está cumpliendo los objetivos o si por el contrario debe esforzarse más.
Dicho sistema es lo que suele llamarse en inglés tenure track, que podría traducirse como “camino hacia la posición fija”. Lo cual significa, entre otras cosas, que en estas universidades hay un camino y que desde el principio está claro cómo recorrerlo y en cuánto tiempo. Nadie tiene que preguntarse “cuándo sale su plaza”. Pero en el sistema español a veces parece que no hay camino, y ni siquiera se hace al andar.
Track también tiene en inglés el sentido de monitorizar. El candidato es monitorizado durante todo el tiempo que dura esta fase; proceso que puede culminar con una evaluación final, pero que no depende solo de ella. Después, una vez conseguida la plaza fija o de plantilla, similares criterios se pueden utilizar para que el docente continúe ascendiendo en el escalafón: se monitoriza su desempeño a lo largo de los años y, si es satisfactorio, se le sigue promocionando.
Estas universidades saben la importancia de estabilizar a una plantilla de calidad. Y también saben la importancia de incorporar nuevos talentos. Por eso, cuando convocan públicamente una plaza para atraer a los mejores candidatos y así abrir la puerta a aires nuevos, ello no interfiere para nada en la promoción de los profesores en tenure track: se trata de dos procesos independientes.
Los sistemas tipo tenure track, con distintas variantes y matices, se utilizan en países como Estados Unidos, Canadá, y desde hace unos años en la mayor parte de la Unión Europea, salvo de momento excepciones como Gran Bretaña, Francia y España. En algunos países sirve para alcanzar el estatus funcionarial o equivalente; en otros no existe dicho estatus sino el de contrato indefinido o permanente que se puede revocar bajo determinadas circunstancias. También, en algunos lugares se valora, y en otros se exige, que antes de entrar en el período de prueba el candidato haya trabajado durante un tiempo fuera de la misma universidad.
En nuestro país, como es sabido, sí existe para el profesorado universitario el estatus funcionarial.  Pero el camino para alcanzarlo dista mucho de estar claro.
Por ejemplo, supongamos que se convoca –sin que sea previsible cuándo– una plaza de profesor titular. Esto puede servir para dos cosas: para estabilizar a un miembro de la plantilla ya existente, si éste se presenta a la plaza, o bien para incorporar a una nueva adquisición. Pero no las dos cosas, porque la plaza solo es una. Esto pone en una situación muy incómoda a todos: al candidato nuevo, porque piensa que ya hay un aspirante “dentro”; al que ya está dentro, porque alguien “de fuera” va a interferir en su trayectoria de promoción; y al tribunal, porque tiene que elegir entre incorporar y estabilizar, cuando ambas son vitales e imprescindibles para la universidad y no deberían nunca entrar en conflicto.
Esto último resulta más evidente si tenemos en cuenta que algunas figuras docentes en nuestro país tienen fecha de caducidad, como por ejemplo las figuras de profesor ayudante y ayudante doctor, que solo se pueden ocupar durante 4+4 años. Si se acaba el tiempo, la persona ya no puede continuar con la misma figura, ni siquiera en otra universidad española. Con lo cual, pasado ese período, uno puede fácilmente irse “a la calle”incluso aunque haya cumplido los objetivos en su trabajoPara ello, solo hace falta que cuando “salga la plaza” ocurra la casualidad de que se presente otra persona con un mejor currículum. Estas perspectivas conducen a confusión y falta de claridad en el planteamiento de la trayectoria profesional, además de contribuir al desánimo entre quienes eligen la carrera académica. ¿Sucede alguna situación similar en otros ámbitos laborales?
Señalemos que en las universidades con tenure track también el candidato puede “suspender” la evaluación, y en ese caso igualmente se va “a la calle”Pero eso dependerá exclusivamente de sus propios méritos –o de la falta de ellos–, y no del factor (fundamentalmente aleatorio) de quién acierte a presentarse en ese momento a la misma plaza. También es posible que, en algunos sistemas, el número de plazas fijas ofrecidas sea menor que el número de aspirantes en tenure track, por lo cual se produce necesariamente una selección, limitada en este caso a la promoción interna.
Por otra parte, nuestro sistema de plazas abiertas -si creemos que la intención es buena- está diseñado supuestamente para seleccionar a los mejores. Si alguien tiene más méritos en su currículum, ¿qué importa si esa persona viene de “fuera” o de “dentro”? ¿No es bueno elegir siempre a los mejores? (aunque esto dependerá de lo que uno entienda por “mejores”, claro).
Ese es un modo de ver las cosas. Pero también los sistemas tipo tenure track seleccionan a los mejores, y no solo los eligen sino que además los retienen. Los mejores tendrán que lograr entrar y, una vez allí, tendrán que lograr mantenerse. Captar y retener al talento es fundamental para la supervivencia de la universidad, la cual ha de ofrecer cierta estabilidad laboral. Si no, una buena parte de los más capacitados se irá -mejor dicho, se seguirá yendo- a otros países, o a la siempre mejor pagada empresa privada.
En definitiva, si en esta trayectoria profesional no hay mecanismos de promoción interna, dicha promoción habrá de efectuarse de la única manera posible: mediante la convocatoria de una plaza abierta a todas las candidaturas.
La tan traída y llevada endogamia universitaria parece muy difícil de erradicar, pero quizá la situación mejoraría con un adecuado diseño y regulación de la carrera académica, incluyendo adoptar un sistema en que la incorporación de nuevo personal y la promoción de la plantilla no se estorben mutuamente. Así podría darse a cada una de las dos facetas la importancia que se merece para el desarrollo de una universidad de calidad.
La reivindicación de una carrera académica bien diseñada y estable en nuestro país es uno de los puntos del Decálogo de La Facultad Invisible.
Tomado del Blog de Studia XXI con permiso de sus editores

jueves, 17 de enero de 2019

5ª Edición de STM Report

Escribe Marta Ruiz Corbella. Editora de Educación XX1 y de Aula Magna 2.0
Desde hace 12 años esta asociación lleva a cabo un análisis sobre la situación y evolución de los elementos clave de la edición de las revistas científicas pertenecientes a su Asociación, proporcionando una interesante revisión de la comunicación científica, la evolución de los diferentes ámbitos de la edición y las innovaciones que se producen en este campo. Aunque se centre en las publicaciones asociadas a este consorcio, es un indudable referente en este campo. En cuanto al contenido que aborda este informe, se centra en la comunicación científica, las revistas, el acceso abierto en estas publicaciones, y los avances tecnológicos en la edición de estas revistas como grandes apartados.
Es sintomático que el número revistas y de artículos publicados cada año crece de manera sostenida durante las últimas décadas  en una proporción de, aproximadamente, un 3,5% por año. Ahora, debemos ser conscientes de que en los últimos años, este crecimiento se ha acelerado a un 5% por año. La razón de este incremento es el crecimiento de los gastos en investigación y desarrollo, junto con el aumento del número de investigadores. Y en este punto, por primera vez, China ha superado a los Estados Unidos al convertirse en el principal productor de investigación a nivel mundial. 
Retomando este quinto Informe, en él se continua insistiendo en que las revistas son parte clave del proceso comunicación académica, a la vez que parte fundamental del proceso de la investigación científica. Esto se debe a que todavía se mantienen como referentes para el registro de la producción bibliográfica del autor; el mantenimiento de la calidad a través de la revisión por pares y la prestación de su conservación y recuperación. Además, la comunidad científica sigue valorando los temas de calidad y confianza que aportan las revistas científicas, y cuestionan otros canales de comunicación científica que no estén sujetos a la revisión por pares o no presenten un reconocimiento por parte de esta comunidad.
Destacan la evolución de la publicación científica hacia un proceso continuo, en el que la edición se lleva a cabo de forma inmediata, vinculada a los datos de la investigación. Continúan manteniendo la revisión por pares como fase clave para los académicos, aunque son conscientes de las deficiencias que deben ser solventadas. Esto se debe, en parte al crecimiento en investigación y a que están surgiendo voces que reclaman un proceso más transparente, proponiendo nuevas fórmulas para la revisión de los originales.
En cuanto al uso de las redes sociales para la comunicación científica, el correo electrónico continua siendo el medio estrella, aunque Twitter se va convirtiendo en un medio cada vez más común entre este colectivo. Otra vía muy usada es ResearchGate, que se utiliza más como presentación del perfil científico, que como canal de comunicación.
Otro punto conflictivo se centra en el Factor de Impacto, ámbito en el que las crecientes propuestas de métricas alternativas están alcanzando mayor reconocimiento entre la comunidad científica.
Otros muchos temas son abordados en este Informe, por lo que invitamos a leerlo.
Tomado de Aula Magna 2.0 con permiso de sus editores

miércoles, 16 de enero de 2019

La voz de los estudiantes en la Universidad

Escribe Iker Del Var Suárez

Desde el pupitre del estudiante, la universidad se ve de manera diferente. Mi experiencia este año en la universidad española, teñida por cierta desilusión, me lleva a escribir estas líneas, con el ánimo de poder trascender las conversaciones y quejas entre compañeros y llegar a un espacio de debate constructivo.
Como estudiante, uno llega a la universidad con la esperanza de encontrar los conocimientos que le formarán como persona y ciudadano. Y, si bien, por supuesto, la mayoría de los profesores corresponden tales expectativas, es cierto que algunos otros no.
En mi experiencia en la universidad, he encontrado profesores que no vienen a clase, o pierden la mitad del tiempo lectivo con sus retrasos, improvisan manifiestamente la lección, no siguen ningún tipo de programa, expresan su indiferencia ante el curso enseñado… Éstas son realidades que, aunque no habituales, se dan hoy en día en nuestras universidades.
En estos casos concretos –que, es preciso resaltar, no son tan frecuentes–, como estudiantes, es fácil que nos frustremos y, en último término, sintamos cierta decepción. Muchos de nosotros, en estos casos, caemos en una espiral que nos lleva a perder nuestra motivación inicial. Muchas veces, además, estos profesores no reciben una crítica constructiva que les permita mejorar. En esta situación nadie sale beneficiado: los docentes quedan indiferentes y nosotros desorientados. No es culpa de ninguno de los dos; creo que, por el contrario, simplemente hay una falta comunicación entre las partes.
Nosotros sabemos de la importancia y la grandeza de la universidad. Es más, venimos con ganas de beber de ella y empoderarnos: la universidad es el futuro de nuestra sociedad, el núcleo de nuestros horizontes. De manera que ¿cómo podríamos volver a estimular esa inquietud por enseñar en aquellos docentes faltos de ilusión? ¿Cómo podemos mejorar estas situaciones para crear espacios educativos sanos para alumno y profesor?
Un lugar por el que comenzar sería aumentar los estímulos positivos que damos al profesorado en nuestras instituciones. Por ejemplo, instaurar premios anuales a los mejores docentes, basándose en los votos tanto de colegas como de estudiantes. Ello incentivaría un mayor dinamismo pedagógico y dinámicas más interactivas, involucrando y motivando de igual manera a estudiante y docente. Algo tan simple y simbólico como esto introduciría en el debate público de la universidad el crucial tema de la mejora de nuestra educación, y nos permitiría fortalecer nuestras relaciones para, juntos, emprender esta tarea.
De la parte de los estudiantes, por supuesto, también hay responsabilidad, y creo que más de uno de nosotros estaría dispuesto a aceptarlo y mejorar. Pero para unir nuestros esfuerzos y hacerlo colectivamente, docentes y estudiantes, es preciso que nos comuniquemos; que nos expresemos y que compartamos nuestras inquietudes entre nosotros. Para llegar a ideas innovadoras necesitamos pensar juntos.
Es por ello que creo que el diálogo es no solo necesario, sino que guarda un gran potencial para la educación. Un diálogo más allá de los rígidos marcos institucionales de los consejos universitarios, quizá enmarcado en metodologías nuevas, voluntarias y sugerentes. En espacios innovadores donde administradores, docentes y estudiantes pudieran discutir e intercambiar ideas con miras en mejorar nuestra educación y el ambiente laboral universitario, así como la calidad de nuestras instituciones educativas. Donde veamos como la inquietud del profesor no tiene porque ser incompatible con la del estudiante. Y donde juntos podamos luchar por una mejora de nuestra educación y de nuestro día a día.
En la universidad, como en todo lugar, no todo es ideal. Pero para luchar por que lo sea, debemos partir de la comunidad de experiencias. Y el diálogo es clave para emprender ese camino.
Tomado del Blog de Studia XXI con permiso de sus editores