viernes, 15 de mayo de 2026

Nada sobre nosotros sin nosotros

Por Carlos Magro

Nada sobre nosotros sin nosotros

No sobra nadie, pero sí faltan actores. Faltan actores para poder hacernos cargo de los problemas del mundo. Para garantizar la vida común. Para poder hacernos cargo de nuestras vidas.

Los modernos nos adiestraron para sacar del laboratorio todo lo que pudiera resonar con las emociones personales, los enraizamientos locales y los saberes ancestrales. Declararon la guerra a todo cuanto la razón no supiera cómo pensar, es decir, a lo particular, lo arraigado y lo encarnado. Pero es que la vida, nuestras vidas, se juega precisamente en el terreno de lo concreto, lo particular y lo encarnado. Y nadie puede negar que de lo que pasa en nuestro cuerpo, en nuestra calle y en nuestra comunidad sabemos mucho. No lo sabemos todo, cierto, pero sí mucho. Todos somos, como nos recuerda siempre Antonio Lafuente, expertos en experiencia.

No necesitamos más conciencia hacia lo que pasa, necesitamos sentir más lo que pasa, lo que nos pasa. No necesitamos más crítica y más opinión lanzados desde lejos, sino activar, dice Amador Fernández Savater, la capacidad de plantear problemas propios (pensamiento) y de ensayar respuestas encarnadas (creación).

Nuestro mundo necesita con urgencia construir respuestas que nos involucren a todos, o dicho de otra manera que incluyan tanto los saberes especializados como los experienciales, los saberes que nacen del laboratorio y los saberes que se asientan en la experiencia. Que incluya lo que pasa y lo que nos pasa. Es un asunto de justicia epistémica.

Decir que no sobra nadie pero que faltan actores es reclamar un ensanchamiento del espacio público que nos permita hacernos otras preguntas y nos fuerce a encontrar respuestas distintas. Querer que la ciencia sea otra cosa, querer que se ocupe de lo que nos preocupa, que sea más terrenal, más cercana y más lúdica, no es estar contra la ciencia, como nos recuerda Antonio, no es una locura antimoderna, ni nihilista. Es volver a insistir en esta idea sencilla: No sobra nadie, pero sí faltan actores. O dicho de otra manera, debemos actualizar y dar sentido al viejo lema ilustrado: “nada sobre nosotros sin nosotros.

Es cierto que queda mucho recorrido antes de que todos aceptemos que la ciencia nunca debió alejarse de la idea del bien común. Queda mucho camino para entender que lo que realmente necesitamos es una ciencia común y una ciencia en común. Una ciencia sin dueño que es de todos y de nadie al mismo tiempo.

Y aquí Antonio hace una distinción preciosa entre lo que podríamos llamar ciencia pública y ciencia comúnSi lo público, dice, se caracteriza por ser para todos, lo común es entre todos. Y aquí la palabra clave no es ciencia, sino la preposición “entre”.

Lo determinante es el “entre”, la clave está en lo que sucede en ese entre (espacio/tiempo) y en cómo sucedeLo relevante es con quién y cómo se construye (la ciencia). Cómo se co-construye.

Lo relevante no es tanto o no es solo el resultado, sino la forma en la que obtenemos ese resultado. El objetivo no es solo producir soluciones, sino en diseñar respuestas que nos representen a todos por igual. Asumiendo que ese todos puede es muy heterogéneo. Y sabiendo que el fin casi nunca justifica los medios.

Pero decir que lo importante es el entre es también asumir el coste de tiempo que supone “entretenernos”, “demorarnos”, parar. Ya no estamos en el terreno de la eficiencia. No se trata de hacer más en menos tiempo o con menos recursos, sino de hacer mejor y hacerlo entre todosPor eso la ciencia en común, como todo lo que hacemos entre muchos, es más lenta. La ciencia común reclama lentitud. Como dice el verso callejero, vamos despacio porque vamos lejos.

La ciencia en común tiene una serie de características. En primer lugar no es universal, ni quiere o puede serlo.

La ciencia es situada y local. Está abierta a quienes deseen integrarse en el proceso. La ciencia en común siempre es híbrida, mestiza, mostrenca y bastarda. Necesitas de todos, también de quienes fueron excluidos del mundo de la ciencia, los afectados, los activistas, los hackers, los legos, los “idiotas” que como, dice Antonio, es el genérico que describe a “los amateurs, las brujas, los comunes y, en general, a todos los no acreditados”. Recordemos que no sobraba nadie, pero sí faltaban actores.

La ciencia en común se produce con lo que tenemos a mano y entre quienes disponen de tiempo, recursos o capacidades. Nadie lo hace para matar el tiempo o porque no tengan cosas mejores que hacer: lo hace para sobrevivir. Para hacernos cargo de nuestras vidas, decíamos antes.

La ciencia en común es una responsabilidad de y entre todos

La mejor forma de hacer ciencia en común es hacer ciencia ciudadana. Abordar los desafíos de forma colectiva, colaborativa y abierta. Mezclar motivaciones e hibridar lenguajes. Hacer posibles conversaciones imposibles, dar forma realista a los problemas que tenemos, ensayar modos nuevos de coproducir el mundo. Hacer mundo entre todos. Incorporar actores. Distribuir la esperanza (en la ciencia). Oponernos y resistirnos, en definitiva, a la la privatización de la esperanza.

Este texto es la versión escrita de lo que ayer dije en la presentación del libro Ciencia en común (Ned ediciones, 2026) de mi querido amigo Antonio Lafuente, en TeamLabs. Todo lo que he escrito aquí no solo se lo debo a Antonio sino que está en su libro, que a su vez, es el reflejo de toda una vida de pensamiento, conversaciones y acciones.

Tomado de co.labora.red





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