martes, 25 de agosto de 2026

Un agente de IA hace el boletín semanal de dos comunidades docentes

Juan José de Haro

Introducción

Los boletines de los grupos de Telegram ChatGPT-IA-edu y Vibe Coding Educativo se publican desde 2023 y, por primera vez, su creación se ha automatizado por completo. Una simple instrucción pone en marcha un agente de IA que se encarga absolutamente de todo, desde la creación y publicación hasta la difusión en redes sociales. Le he pedido a Claude Code Opus 5 que escriba el artículo que hay a continuación. Utiliza sus propias palabras y forma de ver todo el asunto, incluyendo sus menciones a mi persona. Únicamente le indiqué el público docente al que va encaminado el artículo y le he hecho algunas correcciones, tanto de contenido como de estilo (cosa que él explica perfectamente más abajo).

Hacer el boletín semanal de dos comunidades educativas era una tarea de tarde entera. Hoy el boletín está hecho y publicado en media hora —y difundido en redes en un cuarto de hora más—, y lo ejecuta entero un agente de IA.

La palabra importa, y merece una aclaración temprana. Un asistente responde: le preguntas algo y te contesta. Un agente actúa: recibe un encargo y lo lleva a cabo por su cuenta, ejecutando programas, entrando en servicios, comprobando resultados y corrigiendo el rumbo cuando algo falla. La diferencia no es de inteligencia, sino de permisos y de autonomía: al agente no se le pregunta, se le encarga.

Conviene decirlo desde el principio, porque es lo que suele malinterpretarse: todos los pasos que vienen a continuación los ejecuta el agente, incluidas las decisiones de redacción y las comprobaciones intermedias. Juan José de Haro, que coordina las dos comunidades, no ejecuta ninguno de ellos.

Lo que sí hace es lo que ninguna máquina puede hacer por él: encarga, revisa, valida y, cuando algo no está a la altura, lo manda repetir. La última palabra es suya, y la ejerce. Este mismo artículo pasó por varias correcciones suyas antes de llegar aquí: un dato mal atribuido, un cierre que se leía como una enmienda al propio trabajo, unos diagramas con la letra demasiado pequeña para la columna del blog. Nada de eso lo detectó el agente que los produjo.

Esa es la división real del trabajo: la ejecución es automática de principio a fin; el criterio sobre si el resultado vale, no.

De qué estamos hablando

Cada semana, dos grupos de Telegram —ChatGPT-IA-edu y Vibe Coding Educativo— generan cientos de mensajes: enlaces, dudas, hallazgos, debates, aplicaciones que alguien ha creado y comparte. Es material valioso, pero se pierde: quien no entra un par de días ya no lo recupera.

El boletín semanal existe para rescatarlo. Y no es solo un texto. De cada semana y de cada grupo salen:

  • un boletín escrito, publicado en una web consultable;
  • una infografía que resume visualmente la semana;
  • un pódcast de quince o veinte minutos, en formato conversación;
  • un vídeo de unos seis minutos, publicado en YouTube;
  • y la difusión de todo ello en Telegram, X y LinkedIn.

Todo está abierto y se puede consultar sin cuenta ni permiso:

ComunidadBoletinesVídeosPódcast
ChatGPT-IA-educhatgpt-ia-edu.github.io/boletinlista en YouTubearchive.org/details/boletinia_2026
Vibe Coding Educativovibe-coding-educativo.github.io/boletinlista en YouTubearchive.org/details/vce_2026

Seis archivos multimedia, dos boletines, dos vídeos publicados y una veintena de mensajes en redes. Cada semana. Hecho a mano, eso son horas.

La idea de fondo: una skill, que es una receta escrita

Lo primero que hay que entender es que la automatización no empezó por programar, sino por escribir. Todo el proceso está documentado en un único archivo que actúa como receta: qué se hace, en qué orden, qué puede fallar y qué decisiones no se pueden tomar a la ligera.

Ese archivo tiene nombre propio en el mundo de los agentes de IA: es una skill. Conviene explicarlo porque el término se va a oír cada vez más.

Una skill («habilidad», aunque casi nadie la traduce) es un documento escrito en lenguaje corriente que le enseña a un agente de IA a hacer una tarea concreta de la forma en que tú quieres que se haga. No es un programa: es un texto, con sus instrucciones, sus advertencias y sus ejemplos. El agente lo lee cuando toca hacer esa tarea, y actúa en consecuencia.

La comparación que mejor funciona es la del profesorado sustituto. Si dejas escrito «segunda hora, 3.º B, seguid por la página 84; a Marcos hay que sentarlo delante; el proyector solo va con el cable HDMI de la derecha», quien llegue podrá dar la clase decentemente aunque no conozca al grupo. Una skill es eso mismo: el conocimiento acumulado de hacer algo muchas veces, puesto por escrito para que otro pueda ejecutarlo sin haber estado allí. La del boletín pasa de las setecientas líneas, y buena parte son cosas que solo se aprenden fallando: que hay que acotar el resumen a la semana o saldrá el histórico entero, o que la transcripción confunde los nombres propios.

Como está escrita en lenguaje corriente y no en código, no está atada a un agente concreto: puede seguirla cualquiera de los que hoy existen —Claude Code, Codex, Antigravity CLI (Agy CLI)—, y de hecho el boletín no siempre lo hace el mismo. De ahí la consecuencia práctica que conviene tener presente al montar algo así: lo valioso, lo que cuesta construir y no debe perderse, es el documento. El agente es intercambiable.

De esa skill cuelgan una serie de pequeños programas —los llamamos scripts— que son simplemente listas de órdenes que el ordenador ejecuta solo. Nada exótico: es el equivalente informático de una macro de hoja de cálculo, pero capaz de hablar con Telegram, con Google o con YouTube. La skill es el guion; los scripts son las manos.

Cómo transcurre una semana

1. Recoger la conversación y poner a trabajar a Gemini Notebook

Un programa se conecta a los dos grupos de Telegram y descarga todos los mensajes de la semana pasada, de lunes a domingo. Con ellos monta dos cosas: un archivo de datos que servirá para redactar, y un PDF con la conversación ordenada y legible. Tarda dos o tres segundos por grupo.

Con ese PDF entra en juego la pieza que más sorprende a quien no la conoce. Gemini Notebook —el nombre actual de lo que hasta hace poco se llamaba NotebookLM— es la herramienta de Google que lee documentos y produce resúmenes, esquemas, audios y vídeos a partir de ellos. Lo habitual es usarla desde su página web (notebooklm.google.com), subiendo archivos a mano.

En este proceso se le habla directamente, sin abrir el navegador: se le sube el PDF de la semana y se le encargan de golpe las seis piezas —infografía, pódcast y vídeo para cada grupo— con instrucciones que están guardadas y son siempre las mismas. Eso garantiza que el boletín de esta semana se parezca al de la anterior y al de dentro de tres meses.

Un detalle que costó aprender: cada cuaderno de Gemini Notebook acumula una fuente por semana desde 2025. Si no se le dice explícitamente «resume esta semana», resume el histórico entero y produce un material que no sirve para nada. Es el tipo de error que no da ningún mensaje de fallo: simplemente sale mal.

Estas generaciones tardan entre veinticinco y treinta y cinco minutos. Y aquí está el truco que ahorra media hora: se lanzan antes de escribir nada. Mientras Google genera, el agente redacta.

2. Redactar el boletín (aquí el agente decide)

Con los mensajes de la semana delante, el agente redacta cada boletín siguiendo una guía de estilo propia para cada comunidad —tienen tonos distintos— y tomando como referencia boletines reales ya publicados. No es un resumen mecánico: selecciona qué merece contarse, agrupa temas, redacta un cuerpo de al menos seiscientas palabras, prepara un apartado de preguntas frecuentes y extrae las palabras clave.

Este es uno de los dos puntos del proceso donde hay juicio de verdad, no ejecución.

3. Publicar la fila en la hoja de cálculo

Los boletines viven en una hoja de cálculo de Google, que es lo que alimenta las webs públicas donde se consultan: chatgpt-ia-edu.github.io/boletin y vibe-coding-educativo.github.io/boletin. Cada boletín tiene además una dirección propia, con el año y la semana, para poder enlazar uno concreto:

https://chatgpt-ia-edu.github.io/boletin/?boletin=2026-33_2026-08-10_2026-08-16

Un programa escribe cada boletín en su hoja, y lo hace con tres precauciones que conviene destacar porque son las que evitan desastres:

  • comprueba justo antes de escribir si esa semana ya está publicada, para no duplicarla;
  • escribe en la primera fila libre, sin tocar nada más;
  • y después vuelve a leer lo que ha escrito y lo compara campo a campo con lo que debía escribir. Si algo no cuadra, se detiene y avisa.

Esa última comprobación es la diferencia entre automatizar y confiar. Un proceso automático que no verifica su propio resultado es un proceso que falla en silencio.

4. Recoger las seis piezas

Cuando Gemini Notebook termina, otro programa descarga los seis archivos, les pone nombres consistentes y convierte los audios. Aquí hay un detalle práctico: Gemini Notebook entrega el pódcast en un formato innecesariamente pesado para voz hablada, así que se reconvierte a uno más ligero y queda en la cuarta parte de su tamaño, sin pérdida audible. Importa para quien lo escuche desde el móvil con datos.

5. Los vídeos a YouTube (y el segundo punto donde decide)

Antes de subir un vídeo hay que describirlo. Y para describirlo hay que saber qué dice. El proceso lo transcribe automáticamente en el propio ordenador, sin enviar nada a ningún servicio externo.

Ahora bien: la transcripción automática se equivoca con los nombres propios y con el vocabulario técnico. En las pruebas apareció «Resulen» por resumen, «bargas de agua» por marcas de agua y «a Yafgos» por hallazgos. Por eso la skill obliga a un paso más: el agente relee la transcripción entera, corrige lo que está mal escrito y comprueba que el texto tiene sentido antes de resumir nada. Solo después redacta la descripción del vídeo.

Es una revisión de verdad, no un trámite: si la transcripción dice algo incoherente, corregirlo exige entender de qué se estaba hablando esa semana.

Y una advertencia que parece obvia y no lo es: la descripción debe resumir el vídeo, no el PDF de conversaciones. El vídeo dura seis minutos y cubre una parte de los temas de la semana. Resumir el PDF produce descripciones que prometen contenidos que el vídeo no tiene.

Hecho eso, la subida es automática: publica, añade el vídeo a su lista de reproducción y escribe la dirección resultante en la hoja de cálculo. Cada comunidad tiene la suya, y ahí están todas las semanas seguidas:

6. Los pódcast a Internet Archive

Los audios se alojan en Internet Archive, la biblioteca digital sin ánimo de lucro. Es una decisión deliberada: un enlace estable, gratuito y que no depende de que una empresa decida cerrar el servicio. Hay una colección por comunidad y por año, con todos los pódcast juntos:

Cada audio tiene además su enlace directo, que es el que se comparte en redes para poder escucharlo sin descargar nada:

https://archive.org/download/boletinia_2026/boletinia_audio2026-33.mp3

También aquí hubo que aprender algo: Internet Archive acepta el archivo al instante pero tarda uno o dos minutos en indexarlo. Durante ese rato el enlace no funciona, y parece un error sin serlo. El programa espera a que el archivo esté realmente disponible antes de anotar la dirección. Si no lo estuviera, no la escribe: prefiere dejar la casilla vacía a dejar un enlace roto.

7. La difusión en redes

La última fase publica en Telegram, X y LinkedIn. Es la fase que se trata con más respeto, porque es la única que no se puede ensayar: cualquier ejecución es visible al instante para toda la comunidad.

Por eso existe un comando previo que lo revisa todo —los archivos, sus formatos, sus duraciones, los textos, los enlaces— y muestra una vista previa sin publicar nada. La IA lo ejecuta y lee el resultado siempre, sin excepción, antes de tocar nada público.

Telegram y X se publican con sus respectivas conexiones automáticas. LinkedIn es otra historia, y es la parte más curiosa de todo el proceso.

LinkedIn no ofrece una puerta de entrada para programas como esta, y tampoco vale el atajo habitual —copiar las credenciales de la sesión a un navegador automatizado—, porque puede invalidar la sesión. Así que la solución fue otra: el agente usa el navegador que ya está abierto en el ordenador, exactamente como lo usaría una persona. Trae al frente la ventana de Firefox, teclea la dirección, pulsa el botón Vídeo, elige el archivo, pega el texto y publica. Mueve el ratón y el teclado igual que tú.

¿Y cómo sabe si el clic ha funcionado? Haciendo una captura de pantalla después de cada paso y mirándola. Esa es toda la verificación que hay: mira si el diálogo se abrió, si el texto es el correcto, si el aviso de Procesando ya desapareció. Si algo no está donde debía, se detiene en lugar de seguir haciendo clics a ciegas.

Es un método poco elegante y frágil —un rediseño de LinkedIn lo rompe—, pero resuelve un problema real: cuando un servicio no ofrece forma de automatizarlo, queda la de usarlo como lo usa una persona.

Lo que tarda cada cosa

Estos tiempos no son estimaciones: cada fase deja una marca al empezar y otra al terminar, y un comando las suma al acabar. Son de una semana normal, con los dos grupos.

PasoTiempo
Exportar la semana de un grupo de Telegram2-3 segundos
Que Gemini Notebook indexe el PDF30 s a 2 min
Generar una infografíaunos 3 min
Generar un pódcast13-16 min
Generar un vídeo18-24 min
Redactar un boletínocurre dentro de la espera anterior
Publicar una fila en la hoja2-3 segundos
Convertir un audio a MP3 ligero3-5 segundos
Transcribir un vídeo1-2 min
Subir un vídeo a YouTube5-10 segundos
Subir un audio a Internet Archive10 s, más 1-2 min de indexado
Publicar en Telegram1-2 min
Publicar en X3-5 min
Publicar en LinkedIn5-10 min
Hasta tenerlo todo publicado25-35 min
Con la difusión en redes incluida40-50 min

Dos cosas llaman la atención en esa lista. La primera, que lo que tarda no es el trabajo, sino la espera: generar el vídeo y el pódcast se lleva la mitad del tiempo, y ahí no hay nada que hacer salvo aprovecharlo. La segunda, que publicar en LinkedIn a mano cuesta más que todo el proceso de creación, y es justo la parte que ningún programa puede acortar.

De la redacción no hay cronómetro: es lo único que no ejecuta un script, y sucede mientras Google genera, así que no añade tiempo al total.

Qué he aprendido de todo esto

La automatización no elimina el criterio, lo reparte. Dentro del proceso hay dos momentos que exigen pensar —decidir qué merece contarse de la semana y comprobar que lo transcrito tiene sentido—, y esos los ejerce el agente. Pero por encima queda un tercero que no se delega: decidir si el resultado vale. Ese sigue siendo de quien firma la publicación, y es el que corrige las cosas que el agente no puede ver desde dentro. Lo que ha desaparecido es el trabajo mecánico que rodeaba a todos ellos: descargar, renombrar, convertir, pegar, subir, verificar.

Lo que no se verifica, falla en silencio. Cada paso comprueba su propio resultado, porque un proceso que publica sin mirar acaba publicando basura durante semanas sin que nadie se entere.

Ha llegado a ocurrir: una de las seis generaciones se encargó correctamente, pero su identificador no llegó a quedar anotado en la lista de encargos pendientes. La descarga terminó con cinco piezas de seis, informó de que todo había ido bien y no dio ningún error. Lo delató contar los archivos. El proceso ya comprueba que eso no vuelva a pasar, pero la lección es la de siempre: un programa solo detecta los fallos que alguien previó.

Pero hay errores que ninguna comprobación automática detecta. Un resumen de la semana equivocada pasa todos los controles técnicos con sobresaliente: el archivo existe, pesa lo que debe y el enlace funciona. Todo perfecto salvo lo único que importaba, que es el contenido. Por eso la revisión final es de otra naturaleza —abrir la infografía y leerla, escuchar un fragmento del audio— y por eso la hace también una persona: quien produce algo tiende a darlo por bueno, y la mirada que puede decir «esto no vale, hazlo otra vez» tiene que venir de fuera.

Para quien esté pensando en algo parecido

No hace falta empezar por aquí. Este sistema funciona porque se construyó en el orden correcto: primero haciendo el boletín a mano, hasta entender bien cada paso; después escribiendo esa experiencia como skill; y solo entonces automatizando lo que ya se hacía siempre igual.

Y la parte más aprovechable no es la más técnica. Escribir la skill —dejar por escrito, con precisión, cómo se hace algo que ya sabes hacer— es una tarea docente de toda la vida, y sirve para cualquier rutina que se repita cada curso: preparar las actas, montar los grupos, redactar los informes trimestrales. Ese documento vale por sí solo, aunque nunca llegue a automatizarse nada.

El resultado, al final, no es un ahorro de tiempo. Es que cada semana de conversación de dos comunidades docentes queda recogida, resumida, escuchable y consultable, en vez de perderse en el desplazamiento infinito de un grupo de Telegram. Eso antes no se hacía porque no había tiempo material para hacerlo. Ahora se hace todas las semanas.


Artículo redactado por Claude (Anthropic) bajo la guía de Juan José de Haro. El sistema que aquí se describe —los scripts, la skill que lo documenta y las soluciones a los problemas que fueron surgiendo— se construyó entre los dos: él decidiendo qué debía hacer el proceso, probándolo, señalando lo que fallaba y exigiendo que se rehiciera cuando hacía falta; el agente escribiendo el código, la documentación y este texto. Otros agentes ejecutan el proceso algunas semanas, y alguno ha revisado puntualmente este trabajo.

Tomado de Bilateria

lunes, 24 de agosto de 2026

IA agéntica y enseñanzas online: un gato sin cascabel

 


En mi anterior artículo en este blog, he reflexionado acerca del cambio sustancial que supone la irrupción de la IA agéntica en el proceso de enseñanza y aprendizaje, ya que acelera la automatización de las tareas escritas que requieran completar, rellenar, definir, comparar, analizar, compilar, estructurar, argumentar, calcular, editar... Cuestionarios, preguntas, ejercicios, comentarios de texto, informes, casos prácticos, proyectos, son susceptibles de una cómoda delegación.

Si antes debías promptear a través múltiples iteraciones, hasta obtener el resultado, ahora la IA agéntica hace eso mismo, pero con menor iteración, en modo voz y haciéndolo ella por ti desde tu dispositivo. Esto, en manos de estudiantes con una suficiente competencia en IA y pocas ganas de realizar el paciente y voluntarioso ejercicio cognitivo que requieren esas tareas, permite una delegación completa, sin apenas arbitrio de pensamiento. Por supuesto, también permite lo contrario y su término medio. No es tanto una cuestión de poder hacerlo o no, de que existan guardarraíles técnicos que lo impidan -no los hay apenas-, sino de ética profesional. Todo queda a voluntad del estudiante. 

Aunque las universidades y centros de formación hacen grandes esfuerzos por impedir esto, la tecnología siempre va más rápido. De nada sirve poner contraseña y doble factor, detectores de IA, rúbricas complejas, declaraciones de honestidad. Incluso el efecto es limitado cuando se recurre al captcha, la detección de agentes, la proctoring (supervisión remota en exámenes online), la limitación de descargar en aulas virtuales, los patrones de comportamiento en plataformas online... 

Solo podría funcionar, aunque no exento de casuísticas no deseadas, la prueba síncrona online supervisada, defensa oral online en directo, resolución de casos nuevos en directo o una verificación práctica online con interacción real. Pero esos métodos de evaluación en enseñanzas online requieren muchos días más de trabajo docente. Sucede algo similar en la enseñanza presencial. Más allá del examen estándar, los métodos más competenciales requieren formación, planificación y una evaluación de la propia evaluación. Hoy por hoy, el mayor porcentaje de tareas en enseñanzas online e híbridas (también presenciales) son automatizables por una IA agéntica, incluso una IA rudimentaria en cuenta gratuita. Y las instituciones educativas apenas han modificado estos métodos de evaluación. La IA agéntica viene a incomodar el sedentarismo educativo. 



Este escenario impacta frontalmente en aquellas enseñanzas que requieren un modelo online o híbrido, y en métodos de evaluación que recurren a tareas o proyectos que se prestan a esa automatización. La delegación puede ser directa (el agente de IA entra en aula virtual y hace la tarea por ti), indirecta (eso mismo, pero el estudiante aporta a la IA los materiales que debe usar para realizar esa tarea) o asistida (la IA agéntica ve el aula virtual y la tarea del estudiante, pero solo le guía en el proceso). 

Universidades online como UNED o UDIMA aplican métodos que permiten automatizar con IA agéntica de un 70% a un 90% de las tareas que proponen a los estudiantes. No cambia mucho cuando hablamos de FP online o híbrida. Hay que tener en cuenta que los modelos de IA ya permiten que les des permiso para que vean y actúen en tu ordenador. Si un estudiante entra con su contraseña en el aula virtual de esa universidad y da ese permiso al agente de IA, éste puede con las indicaciones del estudiante realizar o guiar en las tareas de la plataforma. 

Estos centros formativos tienen por delante retos urgentes, más allá de una estrategia defensiva, de control y vigilancia. Por ejemplo, reformular el proceso de enseñanza y aprendizaje, diseñando tareas más competenciales, donde la IA no sea un enemigo y se propicie que el estudiante registre su huella de uso durante el proceso. Inevitablemente, el rol del docente dejaría de ser el de aquel que corrige tareas cuando se las entregan y resuelve dudas en el foro virtual. Debería estar más presente durante todo el proceso, acompañar mediante sesiones prácticas online, supervisar el trabajo del estudiante durante y no solo al final. Propiciar proyectos colaborativos con roles de trabajo específicos y tareas comunes que requieran múltiples herramientas y metodologías. Por supuesto, la tarea estándar de trabajo escrito a entregar x día está en vías de extinción, a no ser que forme parte de un proyecto enriquecido con destrezas variadas.

Pero un modelo de enseñanza así requiere más docentes, más formación, una autoevaluación del docente, un cambio sustancial en la estructura del aula virtual y un cambio en los currículos. A menudo, las instituciones prefieren no mover estos elementos y centrarse en el control y vigilancia. Un error mayúsculo. Viene a ser como barrer y ocultar el polvo bajo la alfombra. 

Esto que sucede con las enseñanzas online e híbridas es sin duda un aviso a navegantes de la enseñanza presencial, donde los currículos y métodos de evaluación suelen propiciar el uso pasivo de la IA, otorgándole una delegación no deseada. 

Si las instituciones no mueven ficha, debemos los docentes intentar mitigar ese efecto con una reflexión que lleve a decisiones compartidas en los equipos docentes. Las enseñanzas online e híbridas tienen manos y pies más atados. Dependen de una plataforma que determina todo el proceso y da un margen muy estrecho al docente para enriquecer el proceso de aprendizaje. No tengo muchas esperanzas de que las instituciones basculen hacia modelos más competenciales. Más bien escribirán más normativas de estrecha eficacia, reforzarán los métodos de control y vigilancia y aplicarán metodologías que limiten los márgenes de subjetividad de las pruebas.

Por otro lado, el uso de la IA agéntica requiere un cierto grado de competencia digital que no todos los estudiantes poseen, aunque la picaresca se aviva cuando el resultado ofrece garantías de trabajar menos en tareas mecánicas o de escaso interés. 




Comparto contigo algunos materiales que amplían o enriquecen esta reflexión.

Infografías que ilustran este asunto

Paper (fruto de mi diálogo con ChatGPT)

Cuaderno de NotebookLM

Matriz comparativa de casos o actividades

El cuaderno es un recurso muy útil si quieres seguir reflexionando, indagando o buscando soluciones a este escenario. Está enriquecido con múltiples materiales que puedes ampliar tú mismo con tu iteración posterior. Por ejemplo, incluye un banco de ideas para rediseñar la evaluación y otro con casos prácticos. Si vas al chat del cuaderno, verás que he incluido algunas preguntas que pueden ayudarte a adaptarlo a tu contexto. Algunas de esas preguntas las he convertido en Notas o Fuentes. Incluye también recursos multimodales como una presentación y un podcast.

La matriz comparativa puede ayudarte a analizar diferentes casos. Quizá alguno te haga reflexionar y buscar nuevos enfoques de evaluación.

Tomado de IA educativa

viernes, 21 de agosto de 2026

¿Sigue siendo un fraude el artículo científico? La ciencia, la creatividad y el factor humano en la era de la IA

 Por Universo Abierto

Three scientists discussing annotated research paper at wooden table in laboratory

Tregoning, John S. “Is the scientific paper still a fraud?PLOS Biology, vol. 24, n.º 8, 2026, e3003912. Publicado el 4 de agosto de 2026. DOI: 10.1371/journal.pbio.3003912 https://journals.plos.org/plosbiology/article?id=10.1371/journal.pbio.3003912

John S. Tregoning recupera una provocadora idea formulada en 1963 por el inmunólogo y premio Nobel Peter Medawar: “el artículo científico es un fraude”. La expresión no se refiere al fraude científico entendido como falsificación, plagio o fabricación de datos, sino a que el formato convencional del artículo científico ofrece una representación engañosa de cómo se desarrolla realmente la investigación.

El esquema habitual —planteamiento del problema, metodología, resultados y conclusiones— presenta la ciencia como un proceso lineal, ordenado y casi inevitable, cuando en realidad investigar implica dudas, caminos descartados, errores, intuiciones, cambios de rumbo, casualidades y decisiones humanas.

El autor sostiene que el artículo científico oculta buena parte del proceso creativo que existe detrás de los resultados. Las hipótesis aparecen en los artículos como si hubieran sido formuladas desde el principio de manera clara y racional, pero Medawar señalaba que muchas surgen mediante conjeturas, intuiciones y recorridos intelectuales difíciles de reconstruir. Para Tregoning, esta dimensión creativa no es un defecto de la ciencia, sino una de sus características fundamentales. La imaginación permite formular preguntas nuevas, encontrar conexiones inesperadas y decidir qué caminos experimentales merece la pena explorar.

Esta cuestión adquiere una nueva dimensión con la inteligencia artificial. Tregoning reconoce que la IA puede ser extraordinariamente útil, especialmente para trabajar con grandes conjuntos de datos que superan la capacidad de procesamiento humano, pero establece una diferencia esencial entre procesar información y generar auténtica imaginación científica. En su opinión, la ciencia necesita todavía esa capacidad humana para formular hipótesis, interpretar situaciones ambiguas y descubrir posibilidades que no estaban previamente determinadas por los datos. Por ello, la creciente automatización de la producción científica hace todavía más importante recordar que detrás de cada investigación existe una persona que formula preguntas, toma decisiones e interpreta resultados.

Otro problema importante es que los artículos científicos reconstruyen retrospectivamente la investigación como una historia coherente, aunque el trabajo real haya sido mucho más desordenado. En ocasiones, el experimento que aparece como primera figura fue en realidad el último que se realizó; determinados resultados pueden proceder de investigaciones independientes desarrolladas por personas diferentes o en momentos distintos. El investigador selecciona posteriormente aquellos datos que permiten construir una narración científica comprensible. Esto no significa necesariamente que exista manipulación: significa que la publicación científica exige transformar un proceso complejo y contingente en un relato estructurado.

Tregoning relaciona esta reconstrucción narrativa con uno de los grandes problemas de la ciencia contemporánea: la presión por publicar resultados positivos. Cuando los investigadores disponen de recursos limitados, existe una tendencia a realizar experimentos de los que esperan obtener resultados publicables. Los resultados negativos o los experimentos que no conducen a conclusiones interesantes tienen mucha menos presencia en la literatura. El sistema de publish or perish puede acabar influyendo incluso en las preguntas que los científicos deciden investigar, favoreciendo historias de éxito frente a la realidad mucho más irregular del proceso investigador.

El artículo también cuestiona la idea de que la escritura científica deba eliminar completamente la presencia del investigador. El uso de una voz impersonal y uniforme pretende transmitir objetividad, pero también borra las decisiones, perspectivas y elecciones de los autores. Tregoning considera que los investigadores son quienes deciden qué caminos seguir, qué datos seleccionar y cómo interpretar aquello que han encontrado. Incluso los revisores y editores intervienen en la construcción final del relato, porque sus observaciones pueden modificar qué aspectos se destacan y cómo se presenta la investigación.

Una de las consecuencias educativas de este modelo es especialmente interesante. Si los estudiantes aprenden ciencia fundamentalmente a través de artículos científicos, pueden adquirir una imagen falsa de cómo se hace investigación: podrían pensar que primero se formula una hipótesis perfectamente definida, después se realiza un experimento y finalmente se obtiene una conclusión. La realidad es mucho más exploratoria. La investigación científica avanza mediante tanteos, fracasos, resultados inesperados, modificaciones de hipótesis y decisiones que difícilmente pueden reflejarse en la estructura convencional de un artículo.

Tregoning no propone abandonar el artículo científico. Reconoce que continúa siendo la unidad fundamental de comunicación de la ciencia y que probablemente seguirá desempeñando ese papel durante mucho tiempo. Sin embargo, propone complementarlo con otras formas de comunicación, como congresos, blogs y redes sociales, que permitan mostrar mejor el proceso, las personas que participan en él y las circunstancias que rodean la producción del conocimiento. También menciona iniciativas que intentan modificar el modelo tradicional de publicación y revisión, como los preprints, Review Commons o el nuevo modelo editorial de eLife.

La conclusión resulta especialmente pertinente en el contexto actual de la IA generativa y la proliferación de contenidos científicos automatizados. Si los sistemas de IA pueden producir textos que imitan perfectamente la forma convencional de un artículo científico, existe el riesgo de confundir la calidad formal del producto con la calidad del proceso que lo ha generado. Para Tregoning, precisamente por eso debemos prestar más atención a aquello que tradicionalmente queda fuera del artículo: la innovación, la intuición, la imaginación, las decisiones y el razonamiento humano. El artículo científico no debería ser considerado la investigación misma, sino la manifestación externa y estructurada de un proceso intelectual mucho más complejo.

La ciencia no es solamente el resultado que aparece publicado; es también el conjunto de decisiones, dudas, experimentos, errores, intuiciones y descubrimientos humanos que hicieron posible llegar hasta él.

Tomado de Universo Abierto