jueves, 12 de diciembre de 2019

La digitalización de los servicios públicos en seis países europeos

Escribe Julio Arevalo

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Digital Gov’ Barometer 2019. The digitalization of public services in six European countries’ Sopra Steria Next e IPSOS, 2019
 Por quinto año consecutivo, Sopra Steria Next ha publicado su barómetro* sobre la digitalización de los servicios públicos y su percepción entre los ciudadanos europeos, en colaboración con IPSOS:
  • Mientras que el 75 % de los europeos encuestados cree que los servicios públicos están cada vez más digitalizados, sólo el 62 % de ellos cree que son cada vez más fáciles de utilizar.
  • Los franceses confirman su confianza en la capacidad del Gobierno para desarrollar servicios públicos digitales (44%). Esto es mucho más optimista que sus vecinos de Alemania (10%), Reino Unido (19%), Noruega (29%) o incluso España (38%).
  • En el marco de esta digitalización, los ciudadanos europeos prefieren el apoyo local de un agente universal (71% en Francia, 78% en el Reino Unido, 64% en España) en lugar de tener que desplazarse para reunirse con un especialista.
  • En última instancia, la protección de datos sigue siendo una cuestión clave, ya que el 67 % de los ciudadanos europeos encuestados temen que otra persona pueda tener acceso a sus datos personales.
  • La transformación de los servicios públicos sigue siendo muy heterogénea. En Europa, es necesario responder a las nuevas expectativas de los ciudadanos garantizando al mismo tiempo la inclusión digital de todos los usuarios.
  • El barómetro también revela una disparidad en los servicios, entre las expectativas de los ciudadanos y los servicios que consideran más avanzados.
Tomado de Universo Abierto 



miércoles, 11 de diciembre de 2019

Rompiendo con la tiranía del influencer: conversaciones más saludables en twitter

Escribe Dolors Reig

Es un experimento aún pero sí, Twitter puede que nos sorprenda pronto con una propuesta fresca y socialmente interesante. La idea es simple: eliminar las métricas de engagement (likes, retwitts, respuestas) de cada posteo. La nueva app, aún en beta, se llama Twittr (en honor al primer tweet que publicaron el día de hoy en 2006) y no elimina completamente, pero sí hace que para ver todos esos datos tengamos que abrir el twitt en cuestión.
El tema forma parte de una nueva estrategia para hacer de Twitter una herramienta un poco más agradable en el tema comunicación, concretamente, en palabras de sus directivos, para mejorar la salud de sus conversaciones y evitar la difusión de noticias falsas, tan habitual en la actualidad.  La nueva app, además, permite ordenar la conversación según sean o no nuestros contactos los que respondan, cambia los colores para hacer más reconocibles las conversaciones, más usable el conversar. Adicionalmente, en línea con el predominio de lo visual, incorpora mayores facilidades a la hora de subir fotos y video a la red social.
Posteo sobre ello porque me ha parecido una idea interesante, en época de algunos/as influencers de integridad y seriedad dudosa, para quienes buscamos contenidos un poco más interesantes en la red.
Aún así, me uno a las sospechas reflejadas en la red ante la noticia. Muchos usuarios veían en la propuesta un intento de favorecer a esos mismos influencers, de cubrir las múltiples ocurrencias en que usuarios con muchos seguidores meten la pata o dicen algo manifiestamente impopular (racista, homófobo, etc), reflejando esos twitts el juicio del público a través de muy pocos likes o retwitts pero sí muchísimas respuestas.
Además, a día de hoy y desde la app oficial actual ya es posible consultar los twitts según popularidad o cronología (pestaña “más recientes”), así que no parece que sea necesario ocultar las métricas para crear una conversación más democrática.

En fin… sea como sea se verá cómo resulta la próxima evolución de twitter. Podéis postular aquí vuestra cuenta si queréis probar la nueva experiencia.  Esperemos que realmente mejore lo existente…
Tomado de El Caparazón con permiso de su autora 

martes, 10 de diciembre de 2019

La razón de ser de la Universidad

Escribe Juan Alfredo Obarrio

La pregunta sobre el papel que juega la universidad, y el lugar que ocupa en la sociedad como entidad educativa, constituyó un interrogante y una reflexión en voz alta que acompañó a buena parte de los intelectuales del siglo XX, quienes –muy a menudo–vieron en ella el declinar de una época y de un saber que había conformado la historia de nuestra cultura.
Dentro del debate de ideas que la Universidad originaba a mediados del siglo pasado, Jacques Derrida, en su lección “Las pupilas de la Universidad. El principio de razón y la idea de la Universidad” (Cómo no hablar y otros textos), se cuestionó si aún era posible ver en la universidad una razón de ser que la hiciera singular.
Fiel a su pensamiento, en este breve pero intenso texto, se enfrenta al devenir de la universidad, lo que le llevó a mostrar las fisuras de un edificio aparentemente bien construido, pero sólo valioso en su envoltura, porque, si fuésemos capaces de colocar una lupa de aumento sobre sus pilares, podríamos advertir que la universidad se nos muestra como un sujeto frágil, confuso y fragmentario; como una institución en la que habitan las zonas cubiertas por la ambivalencia, la política y la paradoja, y en cuya desgastada arquitectura se ponen al descubierto los hilos que tejen un nuevo entramado, que no es otro que ese culto al rendimiento, a la eficacia, a la competitividad y a la rentabilidad, criterios que han hecho de la universitas un centro superior de oficios varios, y no el sagrado refugio de unas formas de saber cualificadas y bien valoradas, en donde el saber se aleja del ideal humboldtiano de la búsqueda de un conocimiento lo más universal y completo posible, para adentrase por las sendas de la especialización –«los nuevos bárbaros”, que diría Ortega–, de la mera utilidad o del binomio coste-beneficio, caminos que me obligan a recordar que sin ese saber que busca la verdad, sólo podremos dar cuenta y razón de una parte muy pequeña de nuestra experiencia vital.
El texto mencionado nos lleva a preguntarnos, entonces ¿por qué la Universidad? o, si se prefiere, la universidad ¿con vistas a qué? Derrida diría que esas vistas se deben asociar con el saber, y el saber con el saber-aprender y con el saber-enseñar. Pero, para aprender a saber, la vista, la inteligencia, los medios audiovisuales o la memoria no son suficientes: hay que saber oír, saber escuchar las voces y los signos que los maestros nos transmiten, voces que son un nexo entre el saber y la escucha, entre el docente y el discente, entre el deseo de enseñar y de aprender; voces que nos interpelan y, al hacerlo, nos obligan a responder, y al responder, a pensar, y al pensar, a cuestionar. Por esta razón, para Derrida, como para tantos intelectuales, la universidad no puede ser otra cosa que el lugar al que se acude para buscar la verdad en la duda, en esa duda que puede destruirnos” y no porque “adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar”, que diría Camus, sino porque pensar es siempre pensar frente a otro pensar, contra lo establecido y no suficientemente razonado o ponderado.
Admitida esta realidad, a lo largo de su exposición, el autor nos invita a que sintamos como nuestra la crisis en la que está envuelta la universidad. Una universidad que se hace y deshace bajo unos parámetros de legitimación que nada tienen que ver con su naturaleza y su finalidad: son los parámetros de la productividad, de la eficacia y de la rentabilidad; criterios que no despreciamos, pero que entendemos que no son los que la formaron y la guiaron en su larga singladura histórica, y sobre los que, por desgracia, se jerarquiza toda la transmisión del saber. Una lógica de la funcionalidad que tiene su reflejo en una enseñanza cada vez más alejada de una dimensión reflexiva y crítica. Y lo que es más grave: “En ningún momento –como escribe Martha Nussbaum– hemos deliberado acerca de estos cambios ni los hemos elegido a conciencia, pero aun así, cada vez limitan más nuestro futuro”. No le falta razón. Valga un ejemplo, el del gran director de cine, Martin Scorsese, quien no dudó en afirmar: “Las universidades suelen estar divorciadas del mundo […], y el mundo real es el de las grandes empresas […] por lo que deben centrar sus funciones en responder a las demandas de su clientes, que son los estudiantes, y no deben funcionar creyendo que enseñar es un fin en sí mismo”. Una triste verdad que nos lleva a la reflexión que hiciera Alain Finfielkraut en su obra La derrota del pensamiento, quien sostiene que cuando “Un par de botas vale más que Shakespeare”, “el arte debe dar la espalda a Shakespeare, y aproximarse, lo más posible, al par de botas”. Tomen nota.
Llegados a este punto, cabe recordar las palabras que George Steiner escribiera en su obra Errata: examen de una vida: “Las universidades son, desde su instauración […] bestias frágiles, aunque tenaces. […] Están sometidas en todo momento a tensiones fundamentales”. Sí, están expuestas a los vaivenes de un mercado que se impone al saber. Si alguien lo duda, que mire –si es que puede hacerlo sin rubor– los llamados sexenios de transferencia del conocimiento. Inocente pregunta: ¿la transmisión del saber no lleva implícito la transferencia del conocimiento, y la consecuente rentabilidad para el tejido social? Perdonen la ingenuidad de un docente que sigue creyendo en la dedicatoria esculpida en el frontón de la Universidad de Heidelberg: Al espíritu viviente. Pero hoy el espíritu viviente, como apuntaba Lyotard, es aquél que indica que “se es operativo o sólo cabe desaparecer”. Es la lógica de una Universidad que se define por el binomio eficiencia-rentabilidad, por esa [i]lógica que señala que el saber se puede –y se debe– contabilizar en un frío balance contable. Ante esta [i]lógica, yo exclamo: ¡Non sequitur!
El espacio que se otorga a un escritor es siempre escaso. Pero no quisiera concluir sin antes recordar que la misión de la universidad debe seguir siendo la de transmitir una educación socrática, porque “la universidad plantea –en palabras de Karl Jaspers–la exigencia de la voluntad de saber sin compromisos”, con total independencia. Es lógico que así sea, porque “dentro de su esfera, ella no reconoce ninguna autoridad: sólo respeta la verdad en sus formas infinitas, esa verdad que todos buscan, pero que ninguno posee en forma definitiva y acabada”; esa búsqueda de la verdad que se sustenta en la voluntad de un saber que es un fin en sí mismo, y a ese fin está destinado el estudiante, el futuro hombre de ciencia, el investigador en ciernes, y toda persona que sabe, con Nietzsche, que “nadie puede construirte el puente por el que has de caminar sobre la corriente de la vida. Nadie a excepción de ti”.
Así lo entendemos y por esta razón deseamos dejarlo por escrito, no por vanidad ni por mera rebeldía, sino porque seguimos creyendo, con Kant, que “La Universidad no es una mala idea”.
Tomado del Blog de Studia XXI con permiso de sus editores

lunes, 9 de diciembre de 2019

Cómo aplicar las últimas tendencias de Innovación Educativa en el Aula

Escribe Ángel Fidalgo 

Las tendencias de innovación educativa suelen presentar las últimas novedades en tecnologías, procesos y metodologías. Algunas de ellas son tan novedosas que no contemplamos la posibilidad de utilizarlas en nuestras aulas (bien por complejas, caras, o porque pensamos que son modas pasajeras).
Hay un proceso que nos a ayuda a seleccionar las tendencias de innovación más adecuadas a nuestras necesidades. El proceso consiste en aplicar un conjunto de filtros:
  • El primero es elegir las tendencias de innovación que han nacido en el aula. Este tipo de tendencias tendrán muchas posibilidades de ser utilizadas.
  • El segundo filtro se basa en elegir las tendencias en base a la problemática que queremos resolver con la innovación.
  • El tercer filtro se basa en, una vez elegida la tendencia, descomponerla en actividades, herramientas y tecnologías. De esta forma comprenderemos cómo aplicarla en el aula y así tener una idea del esfuerzo que nos llevará aplicarla.
Lo anterior es un resumen de la charla “Últimas tendencias en innovación docente ¿cómo aplicarlas en el aula?” impartida en el marco de la IX Jornada de Innovación Docente y Calidad de la Universidad de Deusto.
Acceso al material “enriquecido” utilizado en la presentación.
Tomado de Innovación educativa con permiso de su autor

viernes, 6 de diciembre de 2019

El inexistente alumnado estándar

Escribe José Blas García

Sobre el término «promedio»

Es curioso como la ciencia, a veces, sirve para legitimar acciones, apoyándose en la validación de hipótesis, reafirmación de teorías o incluso establecimiento de postulados, que no soportan la realidad palpable pero que resisten perfectamente el el modelo generado desde el análisis estadístico. Tood Rose, en su libro Se acabó el promedio aplicado a personas, explica cómo el término ‘promedio’, hace referencia a individuos que no existen. Estas dos reflexiones nos inspiran hoy para que hablemos de un tópico extendido: el estándar como modelo de aprendizaje y defendamos la idea deI inexistente alumnado estándar.
En el citado libro, Tood Rose, nos narra cómo en 2002 Michael Miller, investigador de la UC Santa Bárbara, llevaba a cabo un estudio sobre la memoria verbal mediante resonancia magnética.

El experimento de Miller

La imagen por resonancia magnética funcional (FMRI) es el método más extendido para estudiar el esfuerzo que realiza una región determinada del cerebro cuando se le asigna una tarea. En este caso, la memoria verbal. La imagen de una resonancia magnética detecta –gracias al oxígeno que transporta– qué zonas del cerebro reclaman más energía de flujo sanguíneo  para hacer su función. Y, en base a eso se colorean en diferentes tintadas.
Desde esta explicación (de carácter divulgativo) para los neófitos en el tema es sencillo comprender el resultado de “las fotografías” realizadas. Se tarta de  esos mapas de “la materia gris” donde hay unas zonas más  iluminadas que otras. A buen seguro, hemos visto en muchísimas ocasiones en la red, en libros o en póster de algún congreso estos mapas de los que hablamos, muy parecidos al que mostramos como imagen 1. Sirva de ejemplo éste que mostramos referido a “los mapas cerebrales” que se crean cuando se le ofrecen en distintos momentos a un grupo de estudiantes ejercicios relativos al análisis matemático, al álgebra, a la geometría y a la topología.
inexistente alumnado estándar
Imagen1: Tomada de La Razón 
El experimento que realizó Miller fue parecido: consistía en que a dieciséis voluntarios tomados de uno en uno, se les mostraba sucesivamente un conjunto de palabras, a modo de «bit de vocabulario», mientras se sometían a una resonancia magnética funcional.  Durante estas acciones, se recogían imágenes que se iban guardando para poder ser analizadas posteriormente.
Después de un periodo de descanso, se les mostraba a los mismos participantes otra serie de palabras. En esta ocasión, los voluntarios debían presionar un botón cada vez que reconocían una palabra que pertenecía a la primera serieMientras que cada participante tomaba decisiones de presionar el botón cuando había leído alguna palabra de la primera serie, el escáner  fotografiaba el mapa de su actividad cerebral  marcando la zona que requería mayor aporte de energía. Una vez finalizado el experimento, Miller, promedió los mapas cerebrales individuales de todos los sujetos para crear un mapa que revelase los circuitos neuronales implicados en la memoria verbal de un cerebro humano sin disfuncionalidad, según narra Rose en su libro. Una vez tuvo Miller los resultados de los 16 mapas individuales, realizó la intersección de todos ellos para encontrar el mapa cerebral promedio. Siguió así la Teoría de Conjuntos que dice que la intersección de dos conjuntos está formada por todos los elementos que estén, a la vez, en ambos conjuntos.
Al igual que vemos en la imagen 1, Miller observó rápidamente que, en realidad, solo un par de las 16 imágenes individuales se parecían un poco a la imagen establecida como modelo, promedio o estándar. “Quizá si  entrecerraba los ojos, un par mapas individuales se parecían al mapa promedio. Pero la mayoría, nada” – declaraba Miller. Todo apuntaba hacia la «inexistencia del cerebro típico”, esa relación que, equivocadamente, nos hace establecer los “parecidos a norma”. Es más, cuando se detuvo un poco más, Miller observó algo mucho más revelador:
«No solo la imagen del cerebro de cada uno de los 16 voluntarios era diferente al cerebro determinado promedio, sino que también eran diferentes entre sí».
Es decir, no existía ningún cerebro que actuara igual que el establecido como promedioPrimera reflexión educativa que nos lleva a la idea del inexistente alumnado estándar: no hay un “cerebro norma” sino todo lo contrario, la norma es que todos los cerebros humanos sean diferentes.

Hipótesis de normalidad

Otro elemento matemático que nos ha llevado (sin pretenderlo) a la idea cultural de la estandarización es  la denominada Campana de Gauss (en honor a Carl Friedrich Gauss que formuló la ecuación de la curva) o de Distribución normal de datos que había sido reconocida, unos años antes, por el francés Abraham de Moivre.
La demostración gausiana establece una curva estándar que se determina en función de la relación entre dos parámetros: su media y su desviación estándar –o típica–.
Es condición sine qua non  en cualquier investigación, la necesidad de la verificación de la hipótesis de normalidad para poder aplicar posteriormente los procedimientos estadísticos que, habitualmente, se manejan y que ayudan a su análisis. Pero esto no se hace como un reflejo exacto de la realidad, ya sabemos que la estadística solo es una ciencia que utiliza conjuntos de datos numéricos para obtener, a partir de ellos, inferencias basadas en el cálculo de probabilidades.
inexistente alumnado estándar
Intentaremos explicarlo con otro estudio encontrado como ejemplo, en este caso realizado por Unidad de Epidemiología Clínica y BioestadísticaComplexo Hospitalario Universitario de A Coruña, sobre una muestra de 100 mujeres de las que se determinó su peso. La distribución normal de los datos se asemeja bastante a la de una distribución normal –en el sentido matemático de la expresión–, lo que nos podría llevar adoptar la campana como la distribución normal y llevarnos a una idea equivocada de lo que es la «normalidad».
Sin embargo, si observamos con atención, el peso «estándar» de una mujer, estaría fijado en 61,5 kg. Lejos de lo que «cabría esperar», no se encuentra ninguna mujer en la muestra que se ajuste a ese «estándar» puesto que el peso de la mayoría de las mujeres es muy diferente a éste que fue determinado tras el análisis matemático.

inexistente alumnado estándar
Ejemplo de un gráfico de probabilidad normal

La función básica de este gráfico “normalizador” de probabilidades consiste en representar, en una misma imagen, los datos empíricos observados frente a los datos que se obtendrían en una «distribución normal» teórica. Si la distribución de la variable es ‘normal’ –en el sentido matemático de la expresión–, los puntos quedarán cerca de una línea recta. 
Así, fijándonos en el análisis realizado, podríamos decir –sin ser rigurosamente cierto–, que el 68% de la media, a pesar de no ser igual al estándar, se podría considerar dentro de la «distribución normal» –en el sentido matemático de la expresión–. También podríamos decir que existe, como observamos es la misma gráfica, una mayor variabilidad (separación) en los extremos . Un 32% de datos que no se ajusta a la norma y que desechamos en beneficio de aplicar estadísticas sin que se nos distorsione esta distribución que demuestra el modelo matemático de Gauss.
Todo correcto. En cálculos matemáticos, no pasa nada. Son datos. Pero, en la realidad –y en la escuela– esos 32 valores de cada 100, se corresponden directamente con personas con nombres, apellidos y vida.
Segunda reflexión que nos lleva a la idea del inexistente alumnado estándar: la generación científica de estadísticas promedio han creado (sin ser su objetivo) en la sociedad (incluso científica) la idea falsa de que el promedio es lo normal, lo típico y lo estándar; y anidó, no solo como ciencia, sino también como creencia.
Las cosas como decimos las cosas es como las vemos. Y como las vemos, es dentro del error que supone contemplar la planificación de la enseñanza basándonos en una educación dirigida al inexistente alumnado estándar.

Los estereotipos se validaron en todas las ramas de conocimiento

Así los estereotipos se validaron en todas las ramas del conocimiento. En Psicología y Pedagogía, Jean Piaget hizo numerosos estudios de la infancia en niños, y la dividió en etapas o estadios que cumplían el promedio de los datos. De esta manera, la ciencia comenzó a comparar el desarrollo real de cada niño o niña con las «etapas del desarrollo en niños» con las que Piaget había definido tras sus investigaciones que han servido a la educación  para establecer cuánto se desviaban los datos del desarrollo real de cada individuo entre 0 y 12 años con respecto a los datos que ofrecía el trabajo de Piaget –los cuales se habían validado como «normales»–.


Esta clasificación puso en alerta a pediatras, educadores padres y madres quienes se mostraban preocupados si sus hijos, pacientes, alumnos… se desviaban de los valores propios del «desarrollo promedio», marcado como “el estándar” por la ciencia. Olvidando que no había un correlato en la realidad del ser promedio, y olvidándose del  inexistente alumnado estándarDe la misma forma, los psicólogos franceses Alfred Binet y Théodore Simon desarrollaron, a principios de siglo, un test para determinar la Edad Mental de un individuo. La puntuación en la escala de esta prueba de Binet-Simon ha revelado hasta hoy la edad mental del niño y con ella la medida de la inteligencia, dividiendo la edad mental entre la edad cronológica y multiplicando el resultado por 100. Este algoritmo  da como resultado el conocido Cociente IntelectualMás tarde, el psicólogo estadounidense Lewis Terman, de la Universidad de Stanford, revisó el test de Binet-Simon, y se modificó con el nombre por Escala de Inteligencia Stanford-Binet (1916) convirtiéndose en  la prueba más popular en los Estados Unidos durante décadas, la que aprovechó William Stern, un psicólogo alemán, en 1912, para medir el conocimiento, en base a la Escala de Inteligencia de Alfred Binet y Théodore Simon, entre un grupo de niños con la misma edad para poder compararlos entre sí. Basándose en el análisis matemático proporcionado  por la curva de Gauss y en la concepción cultural y científica del término promedio, clasificó a las personas según su inteligencia y creando un sistema de conocimiento dirigido al promedio y a lo falsamente denominado como «normal».

En el «desarrollo normalizado» de la escuela, los legisladores han tomado siempre decisiones sobre la organización de la escuela, la inversión que hay que realizar en ella y el modelo curricular para atender a  las necesidades de los estudiantes basándose en el error de un alumnado promedio o estándar inexistente.
Independientemente de la argumentación –más o menos exacta de este post–, y basándonos en la realidad diaria de la experiencia, los currículos y los estándares de aprendizaje, la clasificación de alumnado por programas, la distribución de aulas por edades, la balcanización de la asignaturas… son elementos de un sistema educativo que nos atenaza; elementos que han sido creados en el ideario colectivo docente desde una concepción que, humildemente, creemos que es errónea: Determinar las necesidades de aprendizaje de todo el alumnado, en base a las necesidades de aprendizaje de una «persona promedio» que no existe –es decir, del inexistente alumnado estándar–; y, de este modo, planificar la enseñanza bajo un único y erróneo parámetro: la «normalidad».

Normales somos todos…

o nadie.

Tomado de INED 21 con permiso de su autor