jueves, 17 de octubre de 2019

A propósito de la precocidad y otras etiquetas

Escribe Javier Tourón

Vivimos en un mundo extraordinariamente nominalista, donde a todo se le quiere colocar una etiqueta, un nombre; a veces, con cierta frivolidad, no se repara en que poner una etiqueta es definir, en cierto modo, lo etiquetado.

En el campo educativo vivimos rodeados de términos y etiquetas que no siempre se utilizan para referirse apropiadamente a lo que significan. O bien se usan determinados términos pero no se cambian las acciones que en ellos se deberían ver implicadas. Me explico, hemos hablado de evaluación, incluso evaluación formativa, pero para muchos la evaluación sigue siendo solo examinar. Hablamos de educación basada en competencias, pero muchos profesores tendrían dificultades para distinguir un objetivo de una competencia, definir un objetivo con arreglo a una operación cognitiva dada, o saber relacionar la educación basada en competencias con el aprendizaje personalizado, por ejemplo. Así, cambiamos lo collares, pero el perro es el mismo. Cambiamos los nombres, pero no los procesos; modificamos la terminología pero los resultados no cambian, y así sucesivamente.
Esto viene al término precocidad, talento (simple, complejo), alta capacidad (o capacidades), superdotación, etc. Todos ellos utilizados profusamente por muchos, e incrustados en la legislación y en los llamados "protocolos de identificación" de muchas comunidades que no dejan de defraudar una y otra vez.
Las palabras tienen un significado. Los nombres que ponemos a las cosas o procesos tienen implicaciones. No digamos si se trata de "etiquetas" que empleamos con las personas.
Además, es curioso que, más allá de los términos "superdotado", "talento simple o complejo" o precoz, no parece que lleven a muchos al fondo, a lo sustantivo, y se quedan con lo simple: "es o no es"; "tiene o no tiene"; "lo veo o no lo veo". Tratar de esta manera simplista los fenómenos complejos es un dislate, que se convierte en tragedia al tratarse de personas.
Ya me he pronunciado por escrito repetidamente, y en conferencias aquí y allá, de lo inapropiado del término "superdotado" y "superdotación"; ya he explicado la distinción de Gagné sobre dotación y talento en múltiples ocasiones. También sobre la conveniencia de hablar de capacidad o capacidades en sustitución de los términos anteriores. ¿Por qué? Es elemental. Si digo "superdotado" o "es superdotado", estoy poniendo una etiqueta que, lamentablemente, viene adosada al CI 130 o similar. Si digo capacidad, la pregunta será: ¿que capacidad? o ¿qué capacidades?, ¿en qué grado? Ya no es una etiqueta es una circunstancia que acontece en una persona en un momento de su vida. Las personas, algunas, no SON de alta capacidad como un estado del ser, TIENEN unas determinadas capacidades, y con arreglo a ellas (y otras muchas circunstancias) hay que planificar su educación para que su potencial se despliegue.
Para poder educar a las personas es preciso conocerlas. Es necesario poder establecer un perfil de sus fortalezas y debilidades, de sus niveles de dominio, preferencias de aprendizaje, etc. No arreglamos nada diciendo que este sí es y este no lo es. Esa es una postura, a la luz de la evidencia científica y la reflexión pedagógica más autorizadas,  superficial y simplista.
Cuando se usan estos protocolos que emplean la terminología referida, ¿se es consciente de que los percentiles que se manejan son del 75%, 80%, 90%, según los casos? ¿Existe algún lugar donde se haya determinado quiénes son los alumnos que superan estos percentiles y se les ha dado la atención educativa adecuada?
Por eso repito con frecuencia que, hasta que los protocolos, más allá de su poco y desalineado acierto terminológico con la academia, no determinen EL PROCESO y la obligatoriedad de evaluar a TODOS los alumnos de TODOS los centros con la periodicidad oportuna (las capacidades humanas no son estables en el tiempo), no servirán para casi nada. La evidencia son las cifras de alumnos identificados en España en cualquier comunidad que se considere.
Quiero terminar rescatando algunas reflexiones a propósito de la precocidad, otro término que se utiliza como excusa para no intervenir educativamente cuando es oportuno hacerlo.
El diccionario de la Real Academia nos puede ayudar. Dicho de un proceso, significa que aparece antes de lo habitual.
Dicho de una persona, significa que desarrolla algunas cualidades o capacidades antes de lo normal.
¿Recordáis aquella entrada titulada: "No se preocupe señora, con el tiempo se normalizará"?
La precocidad puede entenderse como una definición operativa del talento. Así lo considera el SMPY del que ya hemos hablado mucho, no en vano es el modelo de identificación e intervención con más investigación a sus espaldas y que apoya a más cientos de miles de alumnos anualmente, como ya sabes. Puedes ver una colección de entradas del blog sobre el tema desde aquí. Rescato, para aclarar este concepto si puedo, unos párrafos del libro sobre el desarrollo del talento que ya conocéis.
a) En primer lugar es necesario afirmar que el SMPY centra su trabajo en los alumnos que son precoces en las áreas matemática y verbal. Esto no implica el reconocimiento de estas áreas como las únicas posibles. “Reconocemos un amplio rango de talentos, pero hemos decidido limitar su búsqueda a las áreas matemática y verbal, si bien valoramos profundamente el trabajo de aquellas otras instituciones que centran su responsabilidad en otras áreas, en la medida en que contribuyen a proporcionar unos servicios completos encaminados al desarrollo de los distintos talentos” (CTY, 1995, p. V).
Los motivos por los cuales el SMPY se centra en las áreas verbal y matemática son los siguientes (CTY, 1995):
  • Se trata del conjunto de capacidades centrales para la mayoría de las áreas de aprendizaje y rendimiento.
  • Representan los talentos esenciales para el éxito en la mayoría de los aprendizajes, tanto escolares como de la vida diaria.
  • Son más fáciles de identificar que otros tipos de talentos.
b) En segundo lugar, es importante reseñar que el SMPY no emplea el término “gifted” para hacer referencia a los alumnos con los que trabaja. La palabra gifted, afirman, “debería reservarse para aquellas personas que han hecho contribuciones significativas para el avance del conocimiento y la práctica” (CTY, 1995, p. VI).
c) Finalmente, si no se emplea el término gifted, y las áreas en las que se centran son la matemática y la verbal, cabe preguntarse, ¿qué término se emplea?, y ¿en qué se centra el SMPY a la hora de identificar y de intervenir?
Keating (1976a) afirma que el SMPY se centra en la precocidad cuantitativa, y no sólo en la aptitud cuantitativa. Precocidad, afirma, “significa alcanzar algún estado de desarrollo antes de lo esperado, esto es, el estado actual de desarrollo de un individuo es más propio de una persona mayor que él. La 'precocidad cuantitativa' supone, por tanto, el haber alcanzado un estado de desarrollo cognitivo en el área cuantitativa que equivale al de una persona varios años mayor”.
La precocidad matemática, junto con la verbal, es uno de los conceptos esenciales en este modelo. Benbow (1986) señala que, si bien es usual que los nuevos investigadores definan y conceptualicen la giftedness cuando comienzan a trabajar en esta área, el SMPY no se ha centrado excesivamente en las concepciones de la giftedness. Las razones son de tipo práctico. Parece más efectivo, a tenor de los resultados obtenidos en sus años de investigación, la opción de identificar a aquellos estudiantes que son brillantes en matemáticas, o en otra área, y organizar el medio entorno para ayudarles a aprender tan bien como sea posible, que la opción de evitar cualquier tipo de intervención hasta que el concepto esté claramente definido.
En este sentido, Keating y Stanley (1972) afirman, refiriéndose al área matemática-científica, que el objetivo del SMPY no es localizar a cada uno de los estudiantes brillantes y “empujarlos” hacia las matemáticas o las ciencias para hacer de ellos unos “científicos”. Primero, “es improbable que fuera posible hacer eso aunque uno quisiera. Segundo, el interés del proyecto reside en ayudar y atender el talento, empleando para ello los tests en los procesos de identificación”. Por otra parte, no se trata de crear un conjunto de programas únicos para los alumnos excepcionalmente brillantes, sino de aprovechar los recursos ya disponibles, pero teniendo en cuenta que la flexibilización y la individualización son los principios que deben guiar el trabajo con estos alumnos. En este mismo sentido, Stanley y George (1978) afirman también que el modelo del SMPY es longitudinal y en desarrollo, pero no es “genético”. No indaga en los orígenes de la alta capacidad que se posee a los 12/13 años, pero en cambio, hace un gran esfuerzo para sacar partido al desarrollo precoz actual del alumno, a través de la intervención educativa adecuada.
Por tanto, la definición operacional de talento que ya desde sus orígenes utiliza el SMPY es alta puntuación en el SAT (School Assessment Test) a una edad temprana. Teniendo en cuenta que el SAT es un test que se utiliza para la identificación pero por encima de nivel, esto supone que el SMPY ve la dotación como sinónimo de precocidad (Benbow, 1991), basándose para ello en múltiples investigaciones al respecto (Jackson y Butterfield, 1986; Keating y Schaefer, 1975). Además, el propósito del SMPY no es sólo el de la identificación, sino que busca proporcionar las ayudas educativas más adecuadas no sólo al tipo de talento, sino también a su rango o nivel. “La identificación y la descripción eran insuficientes. Debíamos ayudar a los jóvenes precoces a desarrollar al máximo sus habilidades. Los estudiantes identificados necesitaban ser ayudados” (Stanley, 1991).
En suma, que más allá de las etiquetas, se debe pensar en conocer en las dimensiones relevantes para el aprendizaje y el desarrollo personal a cada alumno y a partir de ahí, planificar su itinerario educativo.
Esto significa que cualquier alumno debe ser atendido como convenga a su situación personal en cada momento del tiempo: le llamemos precoz, digamos que tiene un talento simple, complejo, etc. Etiquetar es una acción incorrecta con las personas, particularmente porque estamos en proceso de desarrollo permanente, máxime los estudiantes jóvenes. En fin, entiendo que he explicado mi posición, o mejor aún, la posición que se desprende de la investigación y la reflexión pedagógica en este tema.
Espero que estas reflexiones ayuden a poner un poco de claridad en un área de trabajo tan maltrecha en nuestro país, y a reconocer que hasta que los procesos de actuación no sean censales no estaremos tomándonos en serio el desarrollo del talento ni el aprendizaje personalizado, por más que hablemos de educación basada en competencias.
P.D. Si tienes tiempo y ganas de profundizar te recomiendo el libro: Academic Precocity: Aspects of its Development by Professor Camilla Persson Benbow and Professor Julian C. Stanley
Tomado de javier Tourón 

miércoles, 16 de octubre de 2019

El ranking de la FECYT frente a las revistas con Sello de Calidad: una herramienta en la dirección equivocada

Por Marta Ruíz Corbella* y Arturo Galán**
 *Editora de Aula Magna 2.0. Editora Jefe de Educación XX1
**Editor de Aula Magna 2.0. Editor Jefe de Bordón. Revista de Pedagogía.
 Facultad de Educación (UNED).
 Hace unos meses corrió un rumor sobre la existencia de un nuevo ranking de revistas científicas españolas que estaba manejando la ANECA en la evaluación del profesorado universitario (tanto para los sexenios como para las acreditaciones). Hace años que se viene oyendo que la CNEAI utiliza listados secretos, haciendo gala de una opacidad inexplicable que ya hemos criticado tanto en este blog como en artículos (Galán y Zych, 2011, Galán 2017a, 2017b, 2018). Como en España somos muy dados a la rumorología y nadie facilitaba este presunto listado, los editores de revistas no dimos mayor importancia a este asunto y sí a continuar trabajando en la mejora de nuestras revistas. 
Sin embargo, el 22 de julio, ya con un pie en las vacaciones, Rafael Repiso publicó en su blog una entrada que desvelaba la existencia real de ese documento: El Ranking Secreto de Revistas FECYT que utiliza ANECARepiso respalda lo que expone con un documento Excel que pone sobre la mesa una realidad: FECYT ha elaborado un ranking de revistas españolas con el fin de que ANECA evalúe la investigación del profesorado universitario. Y no habla de un futurible, sino de que ya se está evaluando la calidad de los artículos en las diferentes convocatorias a las que concurrimos.
Tras el receso vacacional de agosto, las sorpresas continuaron: el 5 de septiembre, en el acto de entrega de certificados de la VI Convocatoria de Evaluación de la Calidad Editorial y Científica, la directora general de la FECYT y el director general de ANECA anunciaron la publicación del ranking de revistas científicas españolas con Sello de Calidad y la metodología con la que se había elaborado. Se cumplía así el manido dicho: cuando el río suena, agua lleva…
A partir de ese momento, las críticas a este ranking y, en especial, a su metodología, no han hecho más que crecer. Podemos suscribir muchas de ellas, pero no somos especialistas en análisis bibliométrico, por lo que no entramos a valorar el análisis metodológico expuesto en estas críticas[1]. Ahora bien, como editores de revistas científicas involucrados de forma activa en su mejora en nuestro campo, sí que tenemos algo que decir para contribuir a generar publicaciones competitivas y de calidad y luchar por su reconocimiento.
En primer lugar, debemos recordar que durante todos estos años como editores al frente de una revista científica –en nuestro caso superamos ya la década–, hemos reconocido, en todos los escenarios y foros en los que hemos participado, la excelente tarea que FECYT ha desempeñado en favor de la calidad de las publicaciones científicas españolas. Desde que FECYT inició esta línea de trabajo, en el 2006, nuestros equipos editoriales han podido seguir las orientaciones de sus guías de trabajo y las iniciativas que ha puesto en marcha para lograr la mejora de la edición de las revistas y lograr acceder a las mejores bases de datos selectivas internacionales como WoS y Scopus. Creemos que nadie cuestiona los resultados obtenidos y el enorme salto cualitativo que se ha dado en este sentido, y de un modo especialmente reseñable, en las revistas de Educación. Prueba de ello es la paulatina y constante incorporación de nuevas revistas españolas a estas bases. Sin embargo, no todas las revistas mejor situadas en los rankings han concurrido a las convocatorias del Sello de Calidad. Ha habido diferentes razones para ello, entre las que destacamos la voluntariedad y la falta de necesidad (por ser revistas con sobrada reputación por estar incluidas en bases de datos internacionales selectivas).
Una de sus acciones estrella fue, y continua siendo, el Proyecto ARCE, que promueve la  Convocatoria de evaluación de la calidad editorial y científica que evalúa, por áreas de conocimiento, la calidad editorial y científica de las revistas españolas. Se trata de convocatorias a las que las publicaciones acceden de forma voluntaria, que se dirigen a valorar aspectos formales y de impacto, no de contenido, por el que se obtiene el Sello de Calidad FECYT como distinción de un trabajo excelente. Si atendemos a los datos que la FECYT maneja, estamos ante una población de 1.810 revistas científicas que se editan en nuestro país. En las 6 ediciones convocadas han participado más de 1700 revistas. De estas, solamente 396, el 21%, ostentan el Sello de Calidad de FECYT. Además, todas las que poseen este Sello deben superar periódicamente otra evaluación para verificar si se mantiene o si debe ser retirado. No hacen falta más datos para evidenciar el nivel de exigencia y rigor del Sello.
Pero a la vez que reconocemos este trabajo de FECYT, también hemos denunciado, y lo seguimos haciendo, el escaso reconocimiento que ha tenido el Sello de Calidad por parte de la Administración. En concreto, nos referimos a las instituciones que evalúan la investigación del personal docente-investigador: CNEAI y ANECA. El ejemplo más palpable lo tenemos en la evaluación de los sexenios que en los campos de Ingenierías, Ciencias y Ciencias de la Salud, el Sello de FECYT nunca fue incluido entre los criterios de calidad, mientras que en el campo de las Ciencias Sociales y Jurídicas fue un criterio que fue eliminado en las últimas convocatorias del sexenio, manteniéndose únicamente en el de Humanidades. Si los procesos de evaluación para obtener el Sello de Calidad FECYT son tan exigentes, ¿cómo es que no se reconoce como criterio de calidad para valorar las aportaciones de los investigadores? Si la Administración gasta importantes recursos económicos y personales para destacar y hacer visibles para la comunidad científica las revistas de calidad españolas mediante este Sello, ¿cómo es posible que dicho Sello no sea reconocido por las agencias de evaluación dependientes de la misma Administración? Entonces, ¿para qué sirve?
Si escuchamos a los responsables de la FECYT, estos afirman que ofrecen este nuevo ranking con un doble objetivo: en primer lugar, responder a las demandas de las revistas acreditadas con el Sello FECYT que tradicionalmente han reclamado un mayor reconocimiento como mérito investigador. Y, en segundo lugar, para atender las peticiones de muchas de estas agencias de evaluación que han planteado la necesidad de contar con un sistema público que avale la calidad de los trabajos publicados por los investigadores de Ciencias Sociales y Humanas. Según FECYT, precisamente para que el Sello de Calidad sirviese a este fin, estas agencias piden un ranking de revistas.
Sinceramente, creemos que se equivocan. Efectivamente, llevamos años reclamando un mayor reconocimiento de este Sello por parte de las agencias de evaluación. El Sello FECYT tuvo una orientación clara, dicotómica: SÍ/NO, APTO/NO APTO. Superando un estándar elevado de exigencia, se accedía al Sello. Con este planteamiento, no tiene mucho sentido un ranking entre estas mismas revistas; para eso, ya tenemos otros rankings y herramientas, algunos recogidos por las agencias de evaluación como SSCI (JCR de la WoS), el SJR y pronto el CiteScore de Scopus o, en España, la iniciativa, aún en pruebas, de DIALNET, como respuesta al vacío dejado por el añorado y más que útil IN-RECS. Lo que hemos defendido siempre es que el Sello de Calidad FECYT sea reconocido al menos con la puntuación mínima necesaria para superar una evaluación (por ejemplo, asignarle un 6 en la evaluación de los tramos de investigación), y que el aumento de esa puntuación dependa de otros rankings o herramientas selectivos, propuesta que Aula Magna 2.0 hizo llegar en su momento al responsable de la ANECA (Aula Magna 2.0, 2017). Esto habría sido más que suficiente para poner en valor el Sello y aumentar su interés para los editores y los usuarios. Además, no podemos pasar por alto que con este ranking de FECYT puedes ser, a la vez, muy bueno porque tienes el Sello y muy malo porque estás a la cola del ranking. ¿Qué valor tiene entonces el Sello para un evaluador?
¿Qué debería haber hecho y aún podría hacer FECYT? Reclamar y conseguir, con el apoyo de la Administración que la financia y de las revistas científicas españolas, que las agencias de evaluación del PDI acepten que la lista de revistas con Sello de Calidad, si no están aún indizadas en WoS o en SCOPUS, sean obligatoriamente consideradas con el valor mínimo de calidad para superar una evaluación de la producción científica en una convocatoria pública (aunque pueda ser en combinación con otros criterios sobre otras publicaciones de un candidato)
Antes de finalizar, queremos mencionar un problema muy repetido: la clasificación de ciertas revistas en el amplio campo de las Ciencias de la Educación. De las 66 revistas con Sello de Calidad, 11 pertenecen a las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, y algunas de estas con contenidos claramente enmarcados en el área de Ciencias de la Salud. ¿Por qué son incorporadas a nuestro campo? Algo similar puede decirse respecto a 2 revistas de Logopedia y una de Artes Marciales Asiáticas. Consideramos que, si somos rigurosos en la evaluación de la calidad, debemos serlo también en la asignación del área de conocimiento a la que la FECYT adscribe cada una de las revistas evaluadas.
¿Cómo puede ayudar la FECYT a los editores de las revistas con Sello de Calidad?
Esto es lo que verdaderamente nos interesa y en lo que creemos que deberían utilizarse los fondos públicos que se pierden en otro tipo de acciones. Las revistas de educación españolas, ya lo hemos probado en otros artículos (Ruiz-Corbella, Galán, y Diestro, 2014), han hecho un trabajo excelente para competir en el panorama internacional, sin medios, sin recursos, sin dinero, sin reconocimiento alguno. En Scopus, en Educación, somos el 6º país (de 217) por número de artículos (por encima de Alemania, Francia, Países Bajos o Italia) y el 4º país por número de revistas (sólo superados por Reino Unido, Estados Unidos y Holanda). Atención, que tenemos 35 revistas (más que Canadá, Australia, Brasil, Francia…), cuando hace 10 años nuestra presencia era menos que testimonial. Para seguir compitiendo y subir en los rankings necesitamos ayuda, y es aquí donde la FECYT podría desempeñar un papel esencial. Estamos hablando de la calidad formal de las publicaciones científicas, que en estos momentos está viviendo un cambio cualitativo sumamente relevante: el paso a la ciencia 2.0. Nos están exigiendo la incorporación de nuevos requerimientos técnicos sobre los que tenemos escasa información y formación. Por ello, pedimos a los responsables de FECYT recuperar el sentido inicial de su proyecto y que se dediquen a formar y preparar a los editores para el nuevo ámbito de la Ciencia en Abierto en un entorno 3.0 que está ya liderando la comunicación científica a nivel mundial. Después de todo lo logrado, no nos quedemos atrás. Dejemos a otras instancias la preocupación por los rankings y la evaluación de las diferentes métricas (Web of Science y SCOPUS a nivel internacional, sin dejar de lado las diferentes altmetricas, y las que se están desarrollando a nivel local desde diferentes proyectos como CIRC o Dialnet Metrics, Webometrics o MIAR).
En definitiva, como editores del consorcio de revistas científicas de educación Aula Magna 2.0, solicitamos a FECYT que defienda y haga valer su Sello actual en las agencias evaluadoras y que lidere el paso de nuestras revistas a la ciencia en abierto, a su profesionalización y al impulso de su competitividad internacional. Igualmente, que facilite el apoyo y los recursos necesarios para la publicación en bilingüe español/inglés y para la mejora de la herramienta OJS que facilita a los editores.
Referencias bibliográficas:
Aula Magna 2.0 (2017). Aula Magna escribe a ANECA. Aula Magna 2.0. [Blog].
Galán, A. (2017a). Sobre sexenios y acreditaciones: un nuevo retroceso. Aula Magna 2.0. [Blog]. Recuperado de: http://cuedespyd.hypotheses.org/2577
Galán, A. (2017b). Carbón de sexenios por Navidad: Aula Magna 2.0 ha hablado con los Reyes Magos de la ANECA. Aula Magna 2.0. [Blog]. Recuperado de: http://cuedespyd.hypotheses.org/3317
Galán, A. (2018). El Tribunal Supremo asesta un nuevo golpe a la CNEAI. Aula Magna 2.0. [Blog]. Recuperado de: http://cuedespyd.hypotheses.org/4373
Galán, A. y Zych, I. (2011). Análisis de los criterios de la comisión nacional evaluadora de la actividad investigadora (CNEAI) para la concesión de los tramos de investigación en educación. Bordón, 63 (2), 117-139.
Ruiz-Corbella, M., Galán, A. y Diestro, A. (2014). Las revistas científicas de Educación en España: evolución y perspectivas de futuro. RELIEVE-Revista Electrónica de Investigación y Evaluación Educativa, 20(2).
Cómo citar esta entrada:
Ruíz Corbella, M. y Galán, A. (2019). El ranking de la FECYT frente a las revistas con Sello de Calidad: una herramienta en la dirección equivocada[Blog]. Recuperado de: http://cuedespyd.hypotheses.org/6551
Tomado de Aula Magna 2.0 con permiso de sus editores

martes, 15 de octubre de 2019

Potencializando el poder de las bibliotecas

Por Paulette Delgado

Para los estudiantes universitarios, la biblioteca es más que un lugar para estudiar, es un espacio comunitario dentro del campus.


Más allá de las dificultades académicas, muchas veces los estudiantes deben aprender a balancear sus responsabilidades, su vida personal y sus finanzas. Además, deben enfrentar problemas como la falta de acceso a tecnología y otros recursos para completar sus estudios.
Aunque en la mayoría de las universidades existen distintos programas de apoyo, en ocasiones son poco accesibles debido a que los estudiantes no saben de su existencia, no tienen tiempo para ir a los departamentos a pedir ayuda o simplemente les da vergüenza ir.
En un estudio realizado por Ithaka S+R y el Northern Virginia Community College, se entrevistó a más de 10,800 estudiantes de siete colegios comunitarios para conocer sus necesidades y cuáles servicios y programas de apoyo necesitan para abordar sus desafíos y objetivos de aprendizaje. 

Reinventando las bibliotecas

El estudio busca motivar a las universidades a considerar reinventar sus bibliotecas para que ofrezcan enfoques personalizados de servicios para los alumnos. De acuerdo con el estudio, los estudiantes ven en las bibliotecas no sólo un recurso de conocimiento y un lugar para estudiar, sino también como un espacio comunitario dentro del campus. Aquellas bibliotecas que sólo están enfocadas en su rol académico están desaprovechando su potencial de servir a los alumnos de manera más integral. 
El uso fundamental que se le da a las bibliotecas es ser un centro de investigación y de referencia que ayude a los estudiantes a enriquecer sus objetivos. Alia Wong explica que incluso las nuevas generaciones “digitales” siguen buscando activamente los libros tradicionales, impresos en papel. Uno de los campus del Northern Virginia Community College, así como la Webster University, en Washington, reportan que el uso de recursos digitales no ha despegado tanto como se esperaba y que los recursos que normalmente están disponibles en una biblioteca siguen siendo los más populares.
Por otro lado, la biblioteca también es vista como un centro de orientación para distintos trámites que engloban la vida universitaria. No solo acuden a ella los estudiantes para hacer sus investigaciones, sino también para encontrar tutores, registrarse en distintos cursos e incluso aplicar para alguna beca que cubra el costo de la matrícula. El uso de dispositivos tecnológicos como impresoras 3D y equipo de realidad virtual, aunque forman parte importante del futuro de la educación, siguen estando por debajo del uso de libros fìsicos y la búsqueda de una buena conexión a internet, explica Wong.
Las bibliotecas tienen el potencial de impactar directamente al éxito estudiantil pero esto muchas veces se pierde cuando la administración no visualiza su contribución en la vida del alumno y no se percata de más que un repositorio de libros, es un centro de orientación. 
Según el estudio de Ithaka S+R, la biblioteca podría volverse un punto de contacto para apoyar a los alumnos durante toda su vida universitaria, desde inscripción a clases, solicitud de ayuda financiera, tutorías, entre otros.  Para hacerlo posible, se necesita equipar este espacio con recursos suficientes como programas de apoyo, tecnología, personal de ayuda y trabajadores sociales, lo que puede resultar complicado para algunas instituciones, ya que una adaptación de este tipo representa una reestructuración del campus y, en ocasiones, se requiere reasignar y reubicar a varios departamentos a la biblioteca, además del costo que esto podría representar. 
El 75 % de los estudiantes que contestaron la encuesta, señalaron que valorarían mucho contar con todas las herramientas mencionadas en un solo lugar.  Las siete instituciones que participaron en el estudio decidieron comprometerse y colaborar de manera interdisciplinaria para centrar los servicios en sus bibliotecas basándose en los resultados de las necesidades principales de sus estudiantes. Por su parte, Ithaka S+R y el Northern Virginia Community College estarán vigilando atentamente la reinvención de las bibliotecas participantes para poder medir su impacto y reportar los datos en un próximo informe.

Tomado del Observatorio de Innovación educativa del Tec de Monterrey.

viernes, 11 de octubre de 2019

Un buen ejemplo de lo que significa renovar las metodologías

Escribe Ángel Fidalgo


Uno de los principales objetivos de la innovación educativa es renovar las metodologías para conseguir mejores resultados, pero no incrementando el esfuerzo para conseguirlos. Es lo que se denomina eficiencia de la innovación educativa (innovar sí, pero no a costa de trabajar más).
El siguiente ejemplo nos sirve para mostrar lo que significa la eficiencia, que además nos sirve para la renovación metodológica.
 Recientemente, en unas jornadas sobre innovación educativa, un ponente nos mostraba vídeos que había realizado el alumnado divulgando conceptos propios de su asignatura.
Entre las conclusiones destacan las siguientes:  
  • Que los videos eran efectivos para transmitir a la sociedad conceptos de una asignatura.
  • Que el alumnado había aprendido dichos conceptos a través de la elaboración del video.
  • Que la elaboración de esos videos suponía una carga extra para el alumnado.
Varias personas expresaron que si en todas las asignaturas el alumnado realizase videos, no tendrían tiempo para estudiar o hacer otras actividades. La mayoría del profesorado participante estaba de acuerdo en ese punto.
El planteamiento de los asistentes fue que la renovación metodológica consistía en hacer el video y esto se hacía añadiendo un tiempo extra a la carga docente de la asignatura. Es decir, si la asignatura tiene una duración de 60 horas magistrales, se tendría que añadir el tiempo empleado por el alumnado para realizar el video (supongamos que ese tiempo sea de dos horas). Así pues, para  cursar la asignatura el alumno necesitaría las 60 lecciones magistrales +2 las dos horas de elaboración del video.
Realmente la renovación metodológica no radica en hacer el video. Renovación podría ser  sustituir las dos horas de clase magistral, a las que el alumnado tendría que asistir para aprender un determinado concepto, por el aprendizaje de ese mismo concepto durante las dos horas de realización del video.
De esta forma la carga del trabajo del alumnado serían las 58 h, donde no he renovado la metodología, + las dos horas en las que he renovado la metodología (la realización del video divulgativo). Por consiguiente la carga docente sería la misma antes y después de hacer la renovación.
Por otra parte, la renovación metodológica tendría que conseguir una serie de mejoras respecto al aprendizaje adquirido sin aplicarla. Por ejemplo, si el aprendizaje es exactamente el mismo asistiendo a dos lecciones magistrales que a través de la realización del video ¿dónde está la ventaja de la innovación? En este caso la ventaja sería evidente, el alumnado ha participado de forma activa adquiriendo competencias adicionales, seguramente ha aprendido más profundamente el concepto y ha generado un valor social con su acción.
Por el mismo precio ¿Qué opción tomaría usted?
Tomado de Innovación educativa con permiso de su autor

jueves, 10 de octubre de 2019

Sobre la oferta formativa en las universidades regionales

Escribe Enrique Diez Barra

“It should teach students the skills necessary to attack problems that do not even exist as problems when the students are being taught.” George M. Whitesides (Harvard University)
La opinión de este químico originario de Louisville (Kentucky, USA) eleva el listón de la función docente a cotas difíciles de alcanzar, insiste en el debate conocimiento frente a capacidades y no deja indiferentes a los docentes que mantienen una actitud reflexiva sobre su labor profesional.
Lo que sí queda fuera del debate es la necesidad de poner atención a cuál es la oferta que se hace a los estudiantes y cómo ésta debe mantener un alto grado de adaptación a la evolución del conocimiento se hable de la rama de que se hable: arte y humanidades, ciencias, ciencias de la salud, ciencias sociales y jurídicas, o ingeniería y arquitectura.
Las universidades, y sus docentes, han de cuidar que su oferta formativa aúne el rigor del conocimiento bien establecido, necesario para construir el nuevo, con la incorporación de las nuevas disciplinas que van tomando carta de naturaleza de forma rápida en la sociedad del siglo XXI. La aparición de nuevas profesiones, generalmente fruto de la formación interdisciplinar, es utilizada para pedir a las universidades una modificación de su oferta. Estas demandas no pueden despreciarse como si fueran una intromisión en la tarea encomendada a las universidades, alimentando esa clásica imagen de la torre de marfil. Tampoco pueden ser asumidas automáticamente transformando una institución, basada en la creación del conocimiento y su transmisión, en una entidad de respuesta inmediata a las demandas del mercado, cual una actividad económica más. La oferta formativa requiere de una reflexión profunda.
En universidades especialmente asociadas al territorio donde ejercen su función la oferta académica juega aún algún papel más que en aquellas universidades con largo recorrido histórico y ubicadas en zonas del país donde son siempre una institución importante pero una institución más entre otras. Estas universidades, que pueden calificarse como regionales, representan la ocasión para propiciar formación universitaria a muchos ciudadanos que de otro modo lo tendrían difícil; son también una conexión con lo internacional, junto con un instrumento imprescindible para el progreso cultural, científico y tecnológico, pero no sólo de los ciudadanos a título individual, si no también como núcleos donde pueden cristalizar iniciativas empresariales que incidan en el desarrollo social colectivo. Recae en estas universidades una responsabilidad social añadida a todas aquellas funciones que hacen a las universidades recibir este nombre. La naturaleza regional no puede ser una excusa para no estar en los mejores niveles de calidad docente, de calidad investigadora, de soporte a la innovación. La importante inversión financiera de las CCAA en ellas les requiere un compromiso específico en la promoción cultural y profesional de la ciudadanía, en especial, aunque no exclusivamente, de la más joven y, por tanto, deben ser un foco de atracción de alumnos y al tiempo un faro que sume sus capacidades a la actividad cultural del entorno.
La actividad universitaria debe, al tiempo que atiende a las antedichas necesidades de la ciudadanía, reforzar el prestigio de la institución, aumentar su valoración social, ser reconocida por la ciudadanía como algo propio, algo que les hace sentir orgullosos de su existencia y de su implicación en los intereses colectivos. Pero entre todas ellas la más relevante es que su oferta formativa sea atractiva para los nuevos estudiantes.
No es fácil acertar. Hay muchos factores que influyen en la decisión de la elección de la propuesta de titulaciones que no dependen de la voluntad de los equipos de gobierno de las universidades y de las comunidades autónomas, instituciones ambas responsables de la oferta formativa, si no que responden a otro tipo de parámetros: atracción de territorios limítrofes, capacidad financiera del sistema u oferta necesariamente incompleta. Sin embargo, es fácil confundirse. Mantener la rutina, reducir o reproducir la oferta, apuntarse a la última estrella emergente, o mirar más hacia dentro que hacia afuera son garantías de error.
El análisis real de las propias capacidades, de la posibilidad de incorporar nuevas personas que amplíen el campo de saber de las actuales, de qué poder formular combinando recursos existentes, de cómo construir multidisciplinareidad, de cómo corregir aquello que ha podido quedar obsoleto desde que se puso en marcha un título, puede conducir a propuestas viables. Si además se produce la interacción con el marco institucional, con el sistema productivo, con las iniciativas más innovadoras, la tasa de éxito crecerá.
En un mundo más abierto, más conectado, con formación online cada día más potente, las universidades regionales se juegan mucho. Mejor dicho, las sociedades que albergan estas universidades se la juegan aún más. Es necesario que la institución universitaria y la que tiene la responsabilidad de gobernar el territorio definan la estrategia y las tácticas necesarias para afrontar un futuro difícil.
Tomado del Blog de Studia XXI con permiso de sus editores